‘La noche devoró al mundo’: el desencanto por el exterior

‘La noche devoró al mundo’: el desencanto por el exterior

La Gualdra 351/ Cine

Basada en la novela homónima de Pit Agramen, La noche devoró al mundo (La nuit a dévoré le monde, 2018) inicia con una secuencia que toma lugar en una fiesta. Ahí conocemos a Sam (Anders Danielsen Lie), una persona solitaria que claramente desea estar en cualquier otro lado, pero que necesita recoger algunas de sus pertenencias en la casa de la anfitriona, su exnovia Fanny (Sigrid Bouaziz). Hay algo de caos y confusión con el resto de los invitados, y en la espera Sam decide entrar en una habitación oscura y silenciosa, donde termina por quedarse dormido. A la mañana siguiente, Sam despierta sólo para descubrir que el apartamento fue invadido y varios de los invitados fueron atacados; el edificio se encuentra abandonado y las calles están repletas de muertos vivientes, listos para atacarlo.

Con un arranque que evoca a 28 Days Later (2002), se vuelve claro que, si bien el filme de Dominique Rocher realmente no aporta nada nuevo al subgénero zombi, eso no presenta un problema pues la historia no es sobre muertos vivientes, sino sobre la soledad y el desencanto por el mundo exterior. A medida que el tiempo avanza y se ralentiza, Sam rápidamente comienza a sentir aburrimiento. Sin tener otra persona con quien comunicarse, el supuesto último hombre en toda la Tierra crea música con electrodomésticos y entabla amistad con un zombi (Denis Lavant) que ha quedado atrapado en el ascensor del edificio. La desesperación por mantenerse ocupado y de entablar comunicación con el mundo exterior solo se vuelve más intensa a partir de ahí, y que evidencia un anhelo y necesidad por una conexión humana.

Por su parte, el aburrimiento y la monotonía del protagonista se encuentran lejos de afectar al espectador. Rocher deposita con ritmo y movimiento tareas y acciones a lo largo del relato; algo siempre está tomando acción en pantalla, así sean eventos mundanos, cotidianos o de poca importancia. De esa manera el público es testigo de un hombre que experimenta una angustia mental enorme como resultado de un aislamiento y una separación total con el resto del mundo.

El discurso visual de la cinta se enfoca en la apatía y la naturaleza solitaria de su protagonista, simbolizadas hasta los extremos. La casa donde se refugia y que se niega a abandonar es una metáfora de la relación fallida con su expareja, la horda de zombies hambrientos representa la norma de la cual Sam no desea formar parte, la enorme fiesta de sangre y vísceras en la que no quiere estar, pero bajo la cual se debe esconder para poder sobrevivir.

La condición alienante de Sam entra en contradicción con su propio sentido de supervivencia, del mismo modo en el que las personas que se encierran en sí mismas después de terminar una relación deciden avanzar hacia adelante dando un salto de fe sin saber lo que les espera en el exterior. Esto se aborda en el filme de manera verosímil y sincera, sin maniqueísmos ni exageraciones del género, y que termina por mostrarnos a un hombre con deseos de vivir, pero que al mismo tiempo es consciente de que más allá de las cuatro paredes en las que se refugia puede que no encuentre esperanza.


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