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Un niño para gobernador

Un niño para gobernador

Era otra época, por lo que debes de creerme: eran miles de personas las que querían entrar a la Plaza México, muchos por los accesos que marcaban sus boletos, otros por el exclusivo para los protagonistas de la tarde, donde, claro, la entrada era gratuita.
Tu anfitrión, conciencia quizá inexistente, había viajado desde Monterrey en calidad de reportero del periódico más importante de la Sultana del Norte, para cubrir esa corrida de toros.
Sin embargo, en la década de los ochenta, el periódico al que servía, bueno, a veces, tenía como política no emitir credenciales para identificación de sus reporteros, lo que no significaba mayor problema en la ciudad donde estaba su sede, pero sí era causa de mayúsculas complicaciones en los viajes que emprendían como corresponsales.
Bueno, el punto es que, por indicaciones del diario y la cercanía de la hora de inicio del evento, debí sumarme a la decena de personas que intentaban pegarle un “pase cambiado” al portero para ingresar sin boleto al coso.
Empero, el portero estaba muy “toreado” y, rotundamente, rechazaba los argumentos de quienes le solicitaban acceso.
Cuando por fin pude pisar los terrenos del celoso guardián de la referida puerta y solicitarle a través de la reja que me permitiera el paso, por ser un periodista que cubriría el festejo, su respuesta fue áspera, pero lógica: “enséñame tu credencial”.
“No tengo”, respondí; “¡no pasas!”, respondió.
Sin duda el cuidador de la puerta era celoso de su deber, de pocas palabras y aparentemente rudo.
Tal diagnóstico pronto confirmó ser acertado.
Varias veces le expliqué que mi periódico no daba credenciales a ninguno de sus periodistas, recibiendo en cada ocasión la misma respuesta negativa.
Por fin, en una de tantas, el portero me dijo: “a ver, a ver, ¿cómo me compruebas que realmente trabajas para ese periódico? Y fue ahí donde, literalmente, empezó a caer la plaza. Para decirlo en términos menos abruptos, provocó que “se me subiera el azúcar”, pues me quedó claro que me estaba suponiendo mentiroso.
“¡Mira, no hay más comprobante que mi palabra! ¿Voy o no a pasar?”, expresé francamente molesto, no por negárseme el paso, sino porque se había puesto en duda, precisamente, mi palabra.
Un momento, conciencia fantasmal, si te estás riendo espero sea por mi ingenuidad o porque eres usada y perteneciste a algún “político”, de esos que se asumen como reinas o reyes de la primavera, es decir, excelentes para todo evento social, deseosos de la paz del mundo y desconocedores del valor de la palabra.
Pero ni te imaginas lo que sucedió tras mi expresión.
Por supuesto: sin rencor alguno, el encargado de cuidar la entrada abrió la puerta únicamente para este corresponsal norteño, ignorando muchas otras solicitudes de ingreso. Sencillamente, creyóen su palabra.
¿Sabes algo, interrogante continua e invisible?, considero que rescatar el valor de la palabra de mujer y hombre, o el concepto de “palabra de honor”, es imperativo para que la política en su sentido verdadero, no en el de quienes se asumen meras figuras decorativas merecedoras de pleitesía, recupere el gobierno, no los desfiles de la primavera, en poder de grupos fácticos.
Observemos que la delincuencia no es ya un mero asunto relacionado con la seguridad, sino con la gobernabilidad.
La falta de valor a la palabra, demostrada por quienes desvergonzadamente dijeron firmar un contrato que les haría renunciar si no deban resultados como gobernantes, es mucho más que una prueba de indignidad, pues es, sobresalientemente, un atentado contra la indispensable confianza y credibilidad que debe tener el líder de todo gobierno, para trazar rumbos y aglutinar las fuerzas sociales necesarias para seguirlos.
La palabra no debe ser un instrumento únicamente para vertebrar campañas políticas, sino, principalmente, para guiar gobiernos serios y con vergüenza.

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