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La violencia de género en la UPN 321: ¿problema de visibilidad o de antivalores tácitos comunes?

La violencia de género en la UPN 321: ¿problema  de visibilidad o de antivalores tácitos comunes?

Relata un famoso cuento tradicional sobre un rey que, timado por unos charlatanes, se presentó ante sus súbditos completamente desnudo, creyendo que portaba el más vistoso de los trajes imaginables. Sólo un niño tuvo la osadía de gritar a voz en cuello la desnudez del monarca. Y, aunque muchos intentaron acallarlo, finalmente le dieron la razón al infante y el rey no tuvo más opción que correr a ocultar avergonzado sus miserias.
Aprovecho como analogía tan aleccionador relato para exponer algunas reflexiones en torno al reciente conflicto suscitado en la Universidad Pedagógica Nacional Unidad 321, mismo que al parecer, ya se solucionó con el consecuente final feliz de nuestros cuentos infantiles.
La maestra Teresa Cabral Fernández, hoy ex directora de dicho centro, cometió la herejía de denunciar una realidad que contrasta con esa imagen institucional detrás de la cual se esconden añejas prácticas políticas y laborales que nada tienen que ver con los principios y valores que sustentan dicha institución.
Sin menoscabo de las denuncias de corrupción, nepotismo, acoso laboral, de suyo ya graves, quiero enfocar mi mirada en una que resulta a todas luces preocupante: la violencia de género. La maestra Cabral declaró a la opinión pública el constante acoso de quien en los hechos se ostenta como dueño, no sólo de la institución, sino del control del discurso que ahí circula y, todavía más, de la vida y destinos de quienes comparten tal espacio laboral. Esto ya sea por la vía del clientelismo, ya sea por la amenaza velada o directa. Lo uno y lo otro, al parecer siguen siendo sus herramientas más que efectivas.
Seguramente no todos ni todas comparten dichas prácticas y antivalores, pero en estos casos, el silencio es la medida que otorga seguridad, que permite sobrevivir.
Resulta paradójico que una institución que cuenta con un programa de Estudios de Género sea la muestra más patética de lo que hace la aplanadora de un poder patriarcal que se superpone a cualquier posibilidad de modificar un determinado estado de cosas. Un prominente académico de dicho centro me comentó que la maestra estaba muy mal encaminada porque la asesoraban las “feministas”, como si el feminismo fuese algún tipo de peste medieval, algo de lo cual hay que tomar distancia personal y académica.
Resulta también interesante analizar el papel de las docentes y trabajadoras de la institución. Salvo el apoyo decidido de unas pocas, el rol que jugaron algunas fue el de constituirse en oponentes abiertas de la maestra Cabral, al punto de agredir físicamente a una compañera de 69 años que trabajaba allí sin percibir salario alguno, para impedirle el paso a las instalaciones. Seguramente serán ampliamente recompensadas por tan heroica hazaña. El resto de las congéneres guardó silencio. Esto es un indicador claro de que los esencialismos no tienen razón de ser en esta materia y que la afiliación de género no se da en automático. Muchas veces nuestras principales detractoras son otras mujeres.
No fue suficiente acudir a las autoridades educativas y civiles, ni la puesta en marcha de una auditoría para transparentar y dar cuenta de la situación imperante en la UPN 321. Tampoco bastó que se emprendieran denuncias ante organismos estatales que se abocan a la defensoría de la mujer. Y es que, al parecer, para que se documente de manera fehaciente la violencia de género se requiere que la víctima presente marcas visibles, tangibles. Lo otro, como lo dijese el acusado en cuestión, es locura, “exceso de imaginación de la señora”. Para ello no se requieren instrumentos legales, lo que se requiere es un especialista en problemas de la conducta que atienda a la enferma.
No dudo que se hayan llegado a efectuar diligencias para indagar sobre el asunto. El recurso más común es preguntar a los posibles testigos de lo acontecido y, seguramente, nadie sabe nada. Eso es propio de los espacios silenciados, como denomina Eduardo Remedi a aquellas instituciones donde el flujo de la comunicación se congela a través del control.
Hasta ahí las cosas. A diferencia de El traje nuevo del emperador, aquí la historia termina de manera diferente: el grito de ¡El emperador va desnudo! sí fue acallado…

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