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Un niño para gobernador

Un niño para gobernador

Cómo voy a olvidar esa imagen, aunque hoy no te acuerdes ni de ella ni de mí.
La casa del virrey aún no era modificada, tenías unos 12 años y, como era sábado y no había clases, me acompañaste a esa junta tan extensa como la ingenuidad de quienes a ella asistíamos.
Se trataba, pensábamos seguramente la mayoría de los 5 o 6 presentes, de planear las acciones que responderían al compromiso moral adquirido con los ciudadanos, quienes habían votado mayoritariamente a favor del proyecto que suponíamos era de índole social, no de carácter económico para fines particulares.
Primero un buen amigo te ubicó en lo que aún era su oficina, para que te distrajeras con su computadora, mientras que tu padre y nuevos compañeros de trabajo hacían su mejor esfuerzo para parecer personas sesudas. ¿Qué tanto lo serían? Bueno, tal vez hasta la fecha podrá estar en duda la capacidad de su pensamiento, pero no su resistencia, la que sobradamente demostraron ese día.
Estuvimos aproximadamente 12 horas casi continuas sesionando, tiempo que, por supuesto, no soportaste frente a la computadora. Ya entrada la obscuridad bajaste a la, en ese entonces, austera sala de juntas, donde desparpajado te sentaste en un sillón ubicado en una cabecera de la larga mesa de trabajo.
Seguramente escuchaste tantas opiniones, propuestas y otras expresiones no todas propias de estadistas, que hubo un momento en el que decidiste participar también. Sin componer tu postura, empezaste a opinar como niño acerca de lo expuesto por los adultos, lo que, debo reconocer, no rompió el tono de la reunión.
Quizá diste así tus primeros pasos en la política, vocación por la que al parecer tenías inclinación, pues casi al empezar la junta me dijiste en tono de deslinde “nunca seré político”y a esas horas de la noche tu discurso te desdecía.
Hoy, a ocho años de que inscribiera esas imágenes en mi presunta conciencia, confirmo pudiste ser gobernador desde ese entonces, pues también sabías saludar, prometer que harías la tarea, evadir responsabilidades en casa, tener los mejores deseos y hasta comprometer la renuncia a tus juguetes cuando necesitabas conseguir algo urgente.
Sí, ese recuerdo y lo que apunta parecen estar vigentes, hijo.
En serio, aspiro a que por tu bien y el de todos los jóvenes como tú, cambie la concepción del gobernante como reina o rey de la primavera, es decir, como figura para inauguraciones, desfiles, reuniones de postín y gran hacedor de concesiones propias de su graciosa majestad, para que la sociedad deje de estar rebasada por la falta de palabra y liderazgo, factores necesarios para rescatar el respeto y el poder para el Estado.

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