¿Y el ambiente?

¿Y el ambiente?

En 1997 fue firmado el Protocolo de Kioto el cual se dio dentro de la Convención del Marco de de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y en el que se llegó a un acuerdo internacional cuyo objetivo era reducir las emisiones de efecto invernadero. Antes, en Río de Janeiro (1992) en la Declaración de Río Sobre Medio Ambiente y aún antes, en la Cumbre de Estocolmo (1972), se habían sentado las bases que hubieran permitido el despertar de la conciencia ambiental en todos los países del mundo; pero por desgracia, los intereses de los países ricos, encabezados por los estados Unidos y China, principalmente se opusieron si no en forma verbal sí en su manera de operar sus planes de desarrollo. George Bush hijo declaró palabras más, palabras menos, que ningún acuerdo era más importante que el modo de vida de los pobladores de sus gobernados y, lejos de incorporarse a dichos acuerdos, se enredó en sendas guerras que culminaron con las invasiones a Afganistán e Irak con las consecuencias nefastas que todos sabemos. Con este protocolo se pretendía reducir en al menos el 5 % de emisiones de los los perfluorocarbonos (PFC) y el hexafluoruro de azufre (SF6). El compromiso global fue intentado por algunos países en especial Inglaterra y Francia, pero al no tener el eco de las grandes potencias, muchos de los otros países del resto del planeta echaron en saco roto estos compromisos y el mundo ha seguido deteriorándose sin que poblaciones y gobiernos le den la importancia que se merece este fenómeno por lo que muchas de las prácticas que tienen que ver con la destrucción del ambiente y las formas de vida que ahí se desarrollan han visto como la desaparición de especias y los entornos y los microclimas que se han desarrollado a lo largo de la vida del planeta han ido desapareciendo alarmantemente. Entre esos países omisos, se encuentra nuestro querido México.
Sin embargo, no es facultad de este modesto escrito enjuiciar a los ultra poderosos por su consistente negativa para incorporarse a los acuerdos mundiales para salvar lo que queda de este sufrido planeta. Más bien, se puede comentar que hay un montón de cosas que usted, estimado lector y un servidor podemos hacer para evitar el deterioro de nuestro ambiente. Antes que nada, y principalmente, hay que cooperar en lo que esté en sus manos para evitar la explosión demográfica. No hay razón alguna para pensar que este mundo, continente, país, estado, municipio, barrio u hogar, necesitan más seres vivos que estén dispuestos a vivir más que como seres humanos, como consumidores de un mundo cuya mayor enfermedad es la sobreproducción y sobre todo, el sobre consumo. Para decirlo de un modo llano, no se necesitan más seres vivos cuyo único propósito de existencia sea el de acumular bienes, sin importar no tanto la economía, sino el respeto a la vida de los demás y de las otras formas de vida que pueblan el mundo. Hoy día, se ha perdido la cuenta de las especies animales y vegetales que han desaparecido sin que a nadie le importe. Esto ha ido acompañado de la erosión, la desertificación de espacios donde antes proliferaba la vida y hoy día la catástrofe ambiental manifiesta que significa la contaminación de los mares y la sobreexplotación de las especies marinas.
Lo anterior se suma a las malas prácticas que han desarrollado los explotadores del mundo con calamidades entre las que destacan la minería a cielo abierto, el fracking, la agricultura artificial, los alimentos sobre procesados artificialmente, la explotación irracional de los mantos freáticos, de los cuerpos de agua, de la producción de productos para las prácticas de vida doméstica y de algunas otras calamidades de cuyos nombres no quiero ni acordarme.
Pero no se le puede echar toda la culpa a los inconscientes ricachones dueños del funcionamiento de la economía mundial. Todos podemos aprender a adoptar costumbres sanas que sean amables con el ambiente. Usted y yo podemos cambiar un poco nuestras prácticas cotidianas para contrarrestar el deterioro ambiental. Se puede prescindir del uso obsceno de tanto aparato hedonista que a nada contribuye al desarrollo personal. Se puede tener un solo vehículo y mantenerlo por muchos años en buen estado. No siempre hay que estar consumiendo las efímeras modas. Hay que convivir con la parte humana de las familias, amigos y el resto de la sociedad. Se puede prescindir de los productos enlatados y muchísimos productos de envoltura plástica y el uso de productos desechables altamente contaminantes. Si usted empieza a reconstruir su vida y la de su familia en una forma sostenible estará dando el paso más importante para rescatar al mundo de su deterioro. Solo es cuestión de proponérselo. Ah, y el método para lograrlo se llama, adivinó usted, lector, Educación.
Así que, no todo está perdido, el futuro sano está al alcance de todos y empieza en cada uno de nosotros. Dele una celosa vista a su espejo diario. ■

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