La sofisticación de las Juanitas

La sofisticación de las Juanitas

El sábado pasado el Tribunal de Justicia Electoral del Estado de Zacatecas (TRIJEZ) modificó el reparto de las diputaciones en la próxima Legislatura.
Una curul que había sido asignada al Partido de la Revolución Democrática (PRD) se le otorgó a Morena. En ambos casos la representación caía sobre una mujer.
Pero fue más fácil quitarle una diputación de representación proporcional al partido que hace apenas ocho años gobernaba y que ganó dos distritos, que modificar la asignación basada en las políticas de equidad de género que dejó fuera al panista Pedro Martínez que iba en primer lugar de la lista de plurinominales de su partido, pese a que éste argumentaba que se trataba un acto de discriminación por discapacidad, según el boletín emitido por el TRIJEZ.
Así sucedió en otros partidos de cuyas listas sólo se tomaron en cuenta a las mujeres con el fin de aumentar la representatividad de ellas en el Congreso del Estado y ponerla en equilibrio con los varones. Es decir, que resultaran 15 legisladores de sexo masculino y 15 del femenino.
Desde hace años, se han tomado medidas cada vez mayores para garantizar el noble objetivo de que la mujer participe en política. Lamentablemente en cada paso que se avanza ha quedado de manifiesto las fallas que obligan a la modificación más estricta de estos controles.
Comenzaron obligando a los partidos políticos a que postularan una proporción de 30/70 de cada género (en el orden que fuera), sin embargo las mujeres siempre terminaban como suplentes de los varones. Luego se obligó a que fueran titulares, y entonces lo fueron, pero un amplio porcentaje de ellas, apenas llegar al cargo en cuestión, renunciaron para que sus suplentes, varones, tomaran posesión, las famosas “Juanitas”. En muchos de estos casos se trataba de parejas, hijos, padres, esposos, etcétera.
Hoy se obliga a que al menos la mitad de las candidaturas sean para mujeres, y que además los suplentes sean del mismo sexo que el titular. Pero la cuestión no ha mejorado.
Hoy los partidos políticos priorizan los municipios de mayor importancia electoral para postular al más competitivo, sea del género que sea, y deja los municipios y distritos electoralmente menos rentables como margen de maniobra para imponer ahí a quien se requiera, hombre o mujer, para cumplir con la ley que busca la equidad.
En el colmo del absurdo, esta elección supimos que en Oaxaca al menos 16 hombres se registraron como mujeres transgéneros para evadir el candado que les imposibilitaba contender por las políticas de equidad de género.
Pese a ello, gracias a estas medidas impulsadas por colectivos feministas hemos logrado ver en cargos de importancia a mujeres preparadas y con fuerte liderazgo. Pero no son todas. Quizá incluso son minoría.
En esos cargos y por esas vías es común ver llegar a mujeres que están ahí no ya por su mérito político, por la calidad de sus propuestas, o por el compromiso ideológico con la causa que representan, sino por su relación familiar o sentimental con un hombre de poder que ante la imposibilidad de ser él mismo el emblema visible, hace las gestiones necesarias para que alguna incondicional llegue al espacio que le estuvo vedado a él.
En justificación de esto los líderes de partidos políticos suelen argumentar que no encuentran mujeres con deseo y disposición de participar en la política. Es curioso, porque son precisamente ellas, con frecuencia, las que encabezan los comités de participación social, presiden las colonias, están en las mesas directivas de las escuelas de sus hijos, etcétera.
Pero más allá de esos espacios, una vez que pretenden integrarse en cargos de mayor responsabilidad que implica reuniones en la tarde o en la noche, largos trayectos a veces fuera de la ciudad, e incluso mudanzas, son casi siempre las cuestiones domésticas las que las frenan: son los hijos que no tendrán quien los cuide; los esposos celosos que cuestionarán sus compañías masculinas; son los “qué dirán” de la sociedad sobre una mujer que está fuera de su casa, y son hasta las voces dentro de ella misma que le dirán que está dejando sus principales funciones por deseos egoístas. ¿Qué porcentaje de cuotas en las candidaturas y cargos de elección será necesario para que cambie todo esto?
La participación política de la mujer acorde mínimamente a la proporción poblacional es una meta de nobleza indiscutible. No obstante, los métodos con los que se busca que hoy se le alcance no solamente está generando la radicalización del machismo que ya de por sí existía y el costo democrático de priorizar el género por encima de cualquier otro factor, también está perpetuando que sean unas cuantas las que tengan acceso a esto por tener el privilegio de estar relacionada con un varón de poder. ■

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