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La poesía puede tener una función social en la difusión de problemáticas

La poesía puede tener una función social en la difusión de problemáticas
Aspecto de la mesa de diálogo, realizada en el festival del folclor FOTO: LA JORNADA ZACATECAS

Escritoras participan en la mesa de diálogo “Migración y literatura indígena mexicana”

El Estado mexicano no ha difundido ni promovido la multiculturalidad del país, coinciden

 

De vuelta a sus comunidades, tras haber migrado hace años, encuentran que éstas han cambiado como ellas, y la adaptación se hace difícil, pero también que su gente entiende que el arte, en este caso la poesía, puede tener una función social en la difusión de problemáticas que la afectan, como la amenaza del extractivismo, la migración misma, o la pérdida de raíces que significa la transculturización, en algún caso, religiosa.

Ayer dentro del programa del Festival Zacatecas del Folclor Internacional “Gustavo Vaquera Contreras”, se llevó a cabo la mesa de diálogo “Migración y literatura indígena mexicana”, que tuvo como moderadora a Xóchitl Marentes, subdirectora de Enseñanza e Investigación del Instituto Zacatecano de Cultura, y en que participaron las poetas tzotzil, Enriqueta Lunez; zoque, Mikeas Sánchez; y zapoteca, Irma Pineda.

Enriqueta Lunez abrió las intervenciones manifestando que escribir en una lengua originaria es una gran responsabilidad “porque a través de mi voz yo quiero darle voz a todos los hombres y las mujeres de una comunidad”, San Juan Chamula, Chiapas, de donde es originaria.

Relató una experiencia ocurrida en Sinaloa, durante un evento cultural que implicaba visitar varios municipios, en el que al hacer una lectura en su lengua, los niños, un público que no esperaba, empezaron a reír al escuchar el sonido de la lengua tzotzil.

“No por ofender sino porque les sonó muy distinto”. La situación llegó a un límite en que no pudo proseguir más, pero al día siguiente dos de las niñas que habían estado presentes la buscaron para ofrecerle disculpas por la actitud de sus compañeros y manifestarle su interés por conocer su idioma.

“Una disculpa que el Estado Mexicano debería ofrecer”, dijo, porque no ha difundido ni promovido la multiculturalidad del país en sus programas educativos.
“Estamos aquí, no estamos en los museos, y aunque allí está parte de nuestra historia, tampoco somos un folclor”.

Por su parte, Mikeas Sánchez compartió con la audiencia concentrada en la Cineteca Zacatecas, su primera migración, apenas al año y medio de edad, ocasionada por la erupción del volcán Chichonal en 1982.

“Los zoques hemos sido migrantes desde entonces”, y han trascendido incluso la frontera hacia los Estados Unidos.

Dijo que se tardó en entender porque aunque incluso el gobierno difundió que era peligroso volver, los zoques que habitaban el entorno del volcán volvieron años después a sus tierras, que también refirió, han habitado por más de 2 mil 500 años; habló así de terquedad, identidad y arraigo.

Mencionó que después se darían cuenta que desde 1970 las autoridades e inversores sabían ya que en esos territorios había zonas petroleras, y no esperaban que la gente volviera.

Cuando salió a los 14 años por segunda ocasión de su comunidad, huyendo de las manifestaciones que su cultura asigna a las mujeres campesinas, arduas labores del hogar y extenuantes jornadas en los sembradíos o la pizca, y tuvo la oportunidad de estudiar incluso en el extranjero, valoró la forma de vida de los zoques y ha vuelto a vivir a Chapultenango, Chiapas, para defender su territorio con los suyos del extractivismo que significan las grandes trasnacionales que instalan o pretenden hacerlo, presas hidroeléctricas, mineras y petroleras.

Las tres, Enriqueta Lunez, Mikeas Sánchez e Irma Pineda, comparten como experiencia la migración en busca de seguir sus estudios, lo que manifiesta intrínsecamente la marginación a que son sometidas las comunidades indígenas, en las que dijeron, se podía estudiar hasta primaria o más, la secundaria.

Tienen en común también, una inquietud que a partir de algunas oportunidades que les abrieron la lectura o la tradición oral de sus propias culturas a otros mundos, no les permitió aceptar que su destino era casarse, tener un marido e hijos.

Han trascendido la barrera del idioma, manifiesta en el relato de Enriqueta Lunez, quien mencionó que había que hablarlo en voz queda para no ser motivo de burla o de rechazo en las ciudades, o en lo que compartió Irma Pineda, quien teniendo la oportunidad de estudiar en Toluca con una paisana a cambio de hacer trabajo doméstico en su casa, refirió que no tenía a nadie con quien hablar el zapoteco, pues su paisana incluso le advirtió que no debía hablarlo en aquel lugar, por lo que la escritura se convirtió en el medio para mantener el vínculo con su lugar de origen y su lengua.

Cuando regresó a Juchitán, Oaxaca, su gente estaba saliendo, migrando para buscar trabajo, en los campos de cultivo en el norte del país o fuera de la frontera con los Estados Unidos, así en su poesía plasmó la esperanza, el miedo y el dolor de la separación de las familias zapotecas, que quedaron manifiestos en su libro La nostalgia no se marcha como el agua de los ríos.

A su vuelta también entendió en el proceso de readaptase para aceptar una comunidad que ya había cambiado, y que esa comunidad aceptara a una mujer zapoteca que escribía poesía, “que no se puede irrumpir y cambiar las cosas, que tiene que ser un proceso”.

Se refiere a su interés de modificar la cultura zapoteca sobre el género, que ha mantenido a las mujeres de las comunidades fuera de los espacios de poder y confinadas al trabajo doméstico, relegadas a la hora de elegir en comparación con los varones, quienes deben asistir a la escuela. “He hecho mucho trabajo de diálogo”.

En Juchitán, con una tradición literaria mediante publicaciones desde 1894, el arte, también este, ha estado reservado para los varones. En este momento cuenta con cuatro mujeres escritoras que publican, entre ellas, la misma Irma Pineda, y una pintora.

Su obra también ha incluído lo que llama “el proceso de invasión” de los territorios zapotecos; habla de la llegada e intenciones de las empresas trasnacionales, de los ya famosos parques eólicos que se asientan en Oaxaca, y del saqueo del agua de las comunidades.

Esos mensajes han generado que los suyos le manifiesten aprecio y valoren lo que hace, “ahora tenemos una buena relación, se ha entendido que el arte puede tener una función social”.

Su respuesta a cómo combatir la pérdida de la riqueza lingüística de México, actualmente expresa en 69 idiomas refirió que, “México no es una sola lengua, somos 68 naciones con 364 variantes lingüísticas”, y el español, y propone cinco ámbitos de su difusión, promoción y enseñanza, la familia; la educación formal; los medios de comunicación, que dijo, deben establecer “un compromiso con su país”, y la legislación. En este último caso para que por ley se integre como obligatoria la enseñanza de las lenguas locales originarias que subsisten, sin por ello renunciar al aprendizaje del idioma inglés, que hoy se pondera por encima de éstas.

Habló también del desconocimiento de los mexicanos de la Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas, que establece justo que no hay un solo idioma oficial en el país, sino 69.

“Tengo derecho a hablar mi lengua en cualquier espacio público”, sin ser objeto de discriminación y aun si es objeto de burlas o rechazo, también el derecho de iniciar una demanda contra quien así actúe.

Enriqueta Lunez mencionó que en el pasado proceso electoral se criticó a los candidatos que no hablaban inglés cuando lo que se les debiera exigir ya que representan a todo un país, es que al menos hablen un idioma originario.

Contra los prejuicios que se esgrimen contra los pueblos indígenas, invitó a “apreciar la belleza de cualquier manifestación cultural; abrir el corazón”.

Por su parte Mikeas Sánchez, expuso lo valioso que es hablar zoque en las asambleas de su comunidad, porque toca especialmente el corazón de los más viejos, quienes, se sienten así más emocionados por luchar en defensa dela Madre Tierra contra los intereses extractivistas que la amenazan.

Enriqueta Lunez es una poeta nacida en San Juan Chamula, Chiapas, que escribe en lengua tzotzil y español, obtuvo la licenciatura en Etnopsicología por la Universidad Autónoma Indígena de México (UAIM), ha sido becaria del Fonca, la Dirección de Investigación de Cultura Regional de Sinaloa, actual Instituto Sinaloense de Cultura, entre otras instituciones.

Entre sus publicaciones destacan el poemario Yi’Beltak Ch’uletik (Raíces del alma), que fuera ganador del certamen Libros del rincón, organizado por la SEP; y Tajimol Ch’ulelaletik (Juego de naguales), que forma parte de la Colección Astrolabio. Sus poemas han sido traducidos al italiano, inglés, serbio, catalán y castellano, y aparecido en publicaciones nacionales e internacionales.

Mikeas Sánchez es originaria de Chalpultenango, Chiapas. Es poeta en lengua tzotzil y español, escritora, productora de radio, traductora y docente en la Universidad Intercultural del estado de Tabasco. Maestra en Didáctica de la Lengua y la Literatura por la Universidad Autónoma de Barcelona.

Sus poemas han aparecido en Bengal Lights, World Literature Today, The Bitter Oleander, y The Drunken Boat. Fue nominada en 2014 al Pushcart Prize, premio literario para las mejores publicaciones en Estados Unidos. Ha publicado cinco libros y sus obras han sido integradas a diversas antologías en México y el extranjero.

Irma Pineda nació en Juchitán, Oaxaca, es poeta y traductora zapoteca. Es profesora en la Universidad Pedagógica Nacional. Y licenciada en Comunicación, tiene una maestría en Educación y Diversidad Cultural. Ha participado en diversos encuentros internacionales de literatura. Fue presidenta de la Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas AC (ELIAC), de su obra se han publicado varios libros y ha aparecido en antologías, entre otras Guie’ sti’ diidxazá (La flor de la palabra, UNAM, 1999) y Los 43: Poetas por Ayotzinapa (2015).

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