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De analogías y poco más

De analogías y poco más

Podemos pensar el núcleo ideológico del neoliberalismo como una serie de procedimientos de política económica destinados a manejar el tipo de problemas que surgieron en el mundo en la década de los 1970 del siglo XX. En tres puntos, todos de difícil manejo técnico, puede condensarse: 1.- libertad de mercado, 2.- Estado mínimo, 3.- estabilidad de precios. Este último punto tiene particular interés porque es con el intento de controlar la inflación que los otros dos elementos se integran para formar una arquitectura conceptual. Como es bien sabido a partir de los 1980 comenzó en México un proceso inflacionario que llegó a tener valores de tres dígitos en 1983, estabilizándose en 1 digito a partir del año 2000. Aquí sí son importantes las diferencias de enfoque en el asunto del origen de la inflación porque no es lo mismo suponer que su génesis está en el volumen del dinero que, pongamos por caso, ubicarlo en los conflictos sociales. En el año 1972 México tenía una inflación media de 4.94%, mientras que en 1973 era de 12%, y creció sin cesar hasta alcanzar un pico en 1983 con 104.15% y otro más en 1987 con 159.17%, para 1988 Miguel De la Madrid lanzó un “Pacto para la Estabilidad y el Crecimiento Económico” entre el Estado, que no subiría los precios de los monopolios estatales (e.g. electricidad), los empresarios (que no subirían los precios de sus productos), y los sindicatos que se abstendrían de exigir incrementos salariales por encima de la inflación, además se devaluaría la moneda en un 22% y se incrementaría el salario mínimo un 42%. Esto, junto a otras medidas de política económica funcionó: la inflación se controló y para 1989 hubo un crecimiento económico del 2%. (véase Cuauhtémoc Calderón Villareal, Víctor M. Cuevas Ahumada “Macroeconomía abierta en América Latina: teoría y evidencia empírica” UAM-EON (2012) p. 42). Las hipótesis económicas con las que se manejó la crisis fueron de carácter monetario: el déficit fiscal se origina en el uso de la creación de dinero para financiarlo, resultado de las políticas populistas de los 1970. Después de eso la persistencia de la inflación se explica por el concepto de “inflación inercial” de Rudinger Dornsbusch. Este éxito pasajero generó las condiciones de la siguiente crisis importante: la de 1994. ¿Cuáles fueron esas condiciones?: las contradicciones entre el plan de estabilización, el crecimiento sostenido por las exportaciones y la apertura a la globalización del sistema bancario. Es decir, se abrió demasiado la economía. Sin embargo, el control que llevó a cabo Ernesto Zedillo de la crisis tuvo por punto de partida el descarte del plan de estabilización basado en pactos e impuso una estrategia ortodoxa que deprimió aún más el consumo interno. Para fines prácticos, el Estado se redujo aún más, o, por decirlo en términos del nacionalismo revolucionario: “abandono sus responsabilidades sociales”. Lo anterior es un esquema que quiere ilustrar un punto: la introducción del neoliberalismo en México se realizó a partir de planes de manejo de las crisis de la economía nacional, por lo tanto, concibiendo el transcurrir histórico como contingente, si hubiera habido actores capaces de tomar el timón y dirigir el barco a otras aguas quizá el neoliberalismo no se hubiera vuelto política de Estado, pero no los hubo con esa capacidad a la vez técnica y política. Hubo consecuencias a todo lo largo del país que tuvieron su origen en esas políticas económicas, el ejemplo que nos gustaría examinar es el de la UAZ. ¿Cuál es el origen de su déficit financiero? Lanzan los “nacionalistas revolucionarios” locales la hipótesis de que nace de la contracción estatal producto del neoliberalismo, así que recetan utilizar medios políticos de presión, o atisbar coyunturas favorables, para lograr un incremento directo al presupuesto ordinario de la UAZ. Otros, nuestros “neoliberales locales”, creen que tiene su origen en la excesiva contratación de personal producto de un rectorado populista que creció la universidad sin justificación social (i.e. sin que haya habido un incremento efectivo de la matrícula), y aseguran que la manera de cerrar brechas es incentivando al personal para que se jubile, reduciendo el crecimiento de la universidad, intensificando el trabajo de los universitarios, cancelando prestaciones a jubilados y personal en activo (modificar el contrato colectivo de manera unilateral es una política de corte zedillista: una imposición, no un pacto) y un largo etcétera. Quienes creen en la primera hipótesis no tienen un ambiente propicio para el desarrollo de sus ideas, que se reducen a dos: esperar la coyuntura y pedir dinero al Estado “porque es su responsabilidad”, mientras que los fieles de la segunda hipótesis sí tienen un ambiente propicio porque, nos guste o no, son políticas de corte neoliberal que buscan controlar un déficit por intermedio de la austeridad (disciplina financiera) y en el proceso reducen las funciones de la universidad. Queda la duda, sin embargo: ¿existe algún otro enfoque para resolver los problemas financieros de la universidad? Creen algunos, los investigadores encumbrados, que colocar la calidad académica por delante es una tercera vía que podría allegarle recursos a la universidad, insisten que eso es una “visión amplia” que trasciende la denuncia y los coloca como actores del cambio. ¿Será?

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