De “primeras damas” a primero la ciudadanía

De “primeras damas” a primero la ciudadanía

Tres cambios de los anunciados por el virtual presidente electo y su equipo generan zozobra y debate: la descentralización de las dependencias más importantes del país, la política de austeridad que reduciría casi a la mitad los ingresos de la alta burocracia, y la “eliminación” de la mal llamada “primera dama” de la escena político.
Las discusiones al respecto dicen mucho de nuestra cultura política: en el primer tema nos cuesta pensar en el funcionamiento gubernamental alejado del centro y hasta quienes viven fuera de la Ciudad de México le temen a las distancias como si ahora no las vivieran.
Con respecto a la austeridad, impresiona ver los cínicos argumentos de quienes se oponían antes a “criminalizar la pobreza”, pero que hoy advierten que un ingreso de menos de cien mil pesos mensuales casi los obliga a delinquir o corromperse.
En cuanto al tercer ejemplo citado la discusión no es menor. Se habla de Beatriz Gutiérrez Müller como la primera cónyuge del presidente que tendría doctorado, como una “primera dama” cuya imagen es “apropiada” por ser una mujer de una ocupación con aceptación social, inteligente y culta que además tiene algunos talentos como la buena pluma o la buena voz.
En ese marco, y aun estando en campaña Gutiérrez Müller anunció el fin de la figura de “primera dama”, aduciendo como otras veces se ha hecho que no habrá “damas de segunda”.
La forma, el momento, el contexto y la portavoz de esa decisión son contradictorias con el mensaje mismo. La abolición de esta figura no tendría por qué ser una graciosa concesión de quien se convertiría en ella, sino una determinación del candidato presidencial que buscaba en aquel momento el voto de la gente.
Aunque afortunado, el mensaje también llega a destiempo, pues se da luego de una activísima participación en campaña en la que incluso se grabaron vídeos musicales.
Curiosamente, durante la campaña presidencial quien tuvo una conducta más congruente con esa idea de eliminar esa figura fue Carolina Martínez, la esposa del candidato panista, Ricardo Anaya que tuvo pocas apariciones públicas y en éstas siempre mantuvo un bajo perfil que dejaba todo el protagonismo a su pareja, quien finalmente era el que se estaba postulando.
Contrastó con ello Juana Cuevas Rodríguez, la carismática esposa de José Antonio Meade a quien por momentos se le destacó tanto, que parecía opacar a su marido con el talante cálido y agradable que ella, a diferencia de él, desprendía.
Tan variada forma de manejar ese asunto puede comprenderse en función de la estrategia de campaña de cada candidato, de sus recursos, su imagen, del público objetivo a convencer, etcétera.
No lo comparto, pero entiendo que en las campañas, el anhelo de empatizar, de darse a conocer como personas confiables los haga salir en portadas de revistas de sociales, mostrar sus casas por dentro, dar cuenta de nombres, edades, aficiones y anécdotas de sus familias, etcétera. Pero hacerlo después de este momento, es decir cuando ya se es parte del gobierno, no puede estar motivado por las mismas causas.
La figura de la “primera dama” ha sido de mucha utilidad en la cultura política que hasta ahora hemos vivido. Sirve para sustituir a sus cónyuges no sólo en tiempos de campaña, sino también en actos protocolarios, en eventos sociales y en giras de trabajo.
También ha ayudado para esconder bajo las cuentas de ella las casas (blancas o de cualquier color), los terrenos, las cuentas bancarias y los indicios de riqueza mal habida.
Su eliminación no podrá librarnos de esto último, pero contribuirá a fortalecer la cultura republicana en la que aspiramos a vivir desde hace más de siglo y medio, en la cual la gente se gana los espacios de poder por el voto democrático y no por sus vínculos familiares.
En ese camino ya es avance la absorción de las funciones del Sistema DIF por parte de la Secretaría de Salud –aunque también pudo ser de desarrollo social- porque se dejará en las manos institucionales una labor que suele usarse para la promoción personal de los, y sobre todo las cónyuges de los gobernantes.
De acuerdo a nuestras leyes, esto no tendría que ser necesario si se respetara la idea de que corresponde al director general de los sistemas DIF la toma de decisiones, el manejo de presupuestos y también la rendición de informes. Lamentablemente, la cultura, la costumbre y las vanidades han rebasado la normatividad al respecto y en esas posiciones se han colocado con frecuencia incondicionales que no tienen empacho en obedecer y seguir los mandatos de quien sólo tendría que ser invitada ocasional de eventos públicos.
La eliminación de la figura de la “primera dama” será pues tan valiosa como se materialice en los hechos y éstos repercutan en el cambio de mentalidad de los que hasta ahora están dispuestos a jugar un papel de monarca, cortesano o plebeyo, y no, como corresponde a un sistema republicano en el que la costumbre sea ejercer la ciudadanía con la dignidad horizontal que por definición se obliga.

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