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Las reglas no escritas en Morena

Las reglas no escritas en Morena

La reunión que hace unos días sostuviera Andrés Manuel López Obrador en la Ciudad de México con presidentes municipales y legisladores locales de distintos estados, es un episodio insoslayable.
El lenguaje moralizante del líder único en el partido, y los trazos éticos que confeccionó para los nuevos servidores públicos, hablan de que al interior del Movimiento de Regeneración Nacional las normas no escritas tienen un peso cualitativo más importante que incluso los propios estatutos.
Andrés Manuel no pudo ser más claro con sus correligionarios: “no vayan a salir con sus tonterías porque la gente se los va a reprochar”, pues desde su perspectiva “la gente ya no quiere a los políticos corruptos, prepotentes, fantoches, falsos, mentirosos, que no quieren al pueblo.”
De ese tamaño es el mensaje. En Morena la cuarta transformación nacional es más bien una nueva “renovación moral” al estilo del ex presidente Miguel de la Madrid Hurtado. Todo desde la óptica del líder único, no desde las instituciones y las normas que ofrecen rutas específicas a los objetivos que persigue su partido.
“Nada de corrupción. El que se eche a perder se acaba. Perjudica a sus familiares. Mancha a su familia. Afecta al movimiento. Afecta al país. Traiciona a la patria. Cero corrupción. No es discurso, es encomienda acabar con la corrupción y actuar con austeridad republicana. Esa es la cuarta transformación: que se acabe por completo la corrupción.”
Los cómos, que también estuvieron ausentes en su campaña presidencial, simplemente no forman parte de su homilía. Podría decirse que es una forma sutil de mandar al carajo a las instituciones de la vida interna de Morena, porque López Obrador no se ha atrevido a fijar ni los límites ni las penas a los transgresores de los comportamientos que ha fijado para sus seguidores.
Para ello, según su dialéctica, está la gente, el pueblo, vigilante y a la expectativa de que el político cumpla: “La gente va a estar pendiente de todo lo que hagamos, de todo lo que se haga. Inclusive hasta nuestro comportamiento donde vivimos, van a estar pendientes nuestros vecinos, todos nos van a estar observando.”
El problema es el siguiente: más allá de que las personas adviertan (no los medios de comunicación, ni las organizaciones civiles, ni los partidos contrarios, ni nadie más) atisbos de corrupción y de abuso de poder, su mismos discurso limita el empoderamiento del “pueblo”.
Si en verdad se buscara acabar con la corrupción, los juicios éticos de López Obrador deberían de ir aparejados de los mecanismos que le den a “la gente” el poder para deponer al político corrupto, ¿o es que acaso la ciudadanía tiene que esperar a castigar con su voto en cada elección? ¿Democracia de urnas pero sin efectividad institucional? ¿Combate moral a la corrupción?
Al parecer, sí: “aún cuando se va a respetar la autonomía, la soberanía de los estados y de los municipios, vamos a estar pendientes, y cuando menos, en lo discursivo, vamos a condenar actos de corrupción. Sea quien sea: compañeros de lucha, amigos íntimos, familiares. Repito, la patria es primero.” Así es, leyó usted bien: al menos “en lo discursivo”, territorio preferido de Andrés Manuel.
Incluso de tal magnitud es la “renovación moral” de Andrés Manuel, que los servidores públicos tienen ya pautas éticas específicas de lo que no se debe de hacer si se forma parte activa de la “cuarta transformación nacional”:
“Y nada de que ya el presidente municipal se compró un carro nuevo, y ya el presidente municipal se la pasa en festejos y no trabaja. Ya el presidente municipal se volvió prepotente, ya no es el mismo que conocimos, el mismo que nos vino a ver cuando quería el voto. Ya el diputado hasta se viste de otra manera, ya se engomina el pelo, ya habla distinto, se pavonea, se cree mucho. ¡Cuidado!”
El problema de fondo sigue en el abandono: ¿cómo van a combatir, en concreto, la corrupción y las violaciones a los estatutos de Morena? La transformación cultural no exime la pluralidad de individuos que interactúan en ese partido, hay quienes son actores y actrices y se engominan el cabello, y asisten a fiestas, y otros más que son prepotentes y aún así tienen un cargo público.
Lo que preocupa del discurso de Andrés Manuel es la carga de juicios a imponer en su propio movimiento heterogéneo, evadiendo la responsabilidad institucional de generar filtros para las conductas que en realidad atentan contra la socialización que dicen rescatar con “esperanza”.
Y en Morena lo saben. Baste un tuit del diputado Luis Medina Lizalde: “Las pláticas coinciden: hay que identificar a los corruptos que se cuelen en la lucha por el cambio verdadero, para neutralizarlos y a los falsos críticos del cambio verdadero resentidos porque no lograron colarse, para ignorarlos”. ¿Neutralizar, ignorar? El imperio de la moral, no de la ley. ■

Twitter: @GabrielConV

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