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Seis observaciones políticamente incorrectas sobre la OTAN (Parte 1 de 2)

Seis observaciones políticamente incorrectas sobre la OTAN (Parte 1 de 2)

Salvo personajes como Donald Trump, ningún jefe de Estado implicado en una invasión militar a otras naciones suele relacionarla con un interés material: ¿matar a cerca de dos millones de niños, jóvenes y ancianos iraquíes por ocupar su estratégico país y llevarse su petróleo? Sí, con la condición de hacerla bajo una bandera humanitaria: Salvar a “las mujeres afganas”, a las “niñas secuestradas nigerianas”, o a la “civilización de la barbarie del terrorismo islámico”, etc. ¿Pueden tener intenciones altruistas los fabricantes de juguetes-bomba, o la banca que desahucia a los ancianos por el impago de una letra?
La propaganda ha conseguido incluso engañar a un sector de izquierda occidental y arrástrale a defender el bombardeo de un país y matar y destrozar la vida de miles de civiles por una causa supuestamente suprema. La OTAN, que es como un martillo a la que todo le parece un clavo, en su “Nuevo Concepto Estratégico” se otorga la autorización de agredir a un país incluso por el cambio climático, la sequía, el terremoto: en el sismo que sacudió a Haití en 2010 y mató a 316,000 personas y dejó a 1.5 millones de personas sin hogar, EEUU tras impedir el uso del aeropuerto por las ONG, envió 4,000 soldados al país, no para salvar vidas sino para instalar una base militar justo en frente de Cuba.

La OTAN no tiene razón de ser
La disolución del Pacto de Varsovia en 1991 fue una oportunidad para poner fin a la OTAN, y destinar el ingente gasto militar a resolver el principal problema de la humanidad: la pobreza que sufren 1,200 millones y cada día mata a 100,000 personas de hambre, más que la suma de los muertos en las guerras, por el terrorismo o en los accidentes de tráfico.
Sin embargo, la OTAN (1949) no nació con el Pacto de Varsovia (1955) para morir con él. Los países socialistas decidieron unirse en un pacto militar sólo después de la brutal agresión de EEUU a Corea del Norte (vecino de la Unión Soviética y China) que mató a 3 millones de personas, el 20% de la población.
El “el peligro Rojo” ya no era excusa: si no tienes enemigos, inventártelos. La fiesta del militarismo debería continuar, y la OTAN se hizo “bombero pirómano”: fabricó la “amenaza del terrorismo islámico”, que incluso era más rentable que la “amenaza comunista”, ya que afirmaban que al igual que los fantasmas los “yihadistas” eran invisibles, indetectables y aterradores. Su capacidad de aparecer en cualquier parte del mundo le permitía a la Alianza intervenir en tierras lejanas como Afganistán -el país más estratégico del mundo-, y sin la autorización de la ONU, para “salvar al mundo de los bárbaros”. El negocio del miedo hará que los ciudadanos paguen con gusto a las empresas militares para que les “protejan”: Los “yihadistas” harán de buldócer en Yugoslavia, Afganistán, Irak, Libia y Siria, allanando el camino para que entren las tropas de la OTAN. Hoy, EEUU cuenta con unas 1,000 bases militares en 156 países del mundo.

La OTAN es un instrumento del militarismo de EEUU
En vez de tratarles como vasallos, Donald Trump debería agradecerles a sus socios europeos por la cobertura política y legitimidad “democrática” que otorgan a sus invasiones. Es por ello que el jefe oficial de la OTAN es siempre un europeo, aunque es el Pentágono quien manda. La mera presencia de los europeos en la Alianza ha salvado a EEUU del aislamiento mundial, por ejemplo, durante los mandatos de Bush o Trump. Además, la invención del concepto “Comunidad internacional” que es usado – no para referirse a un conjunto de países que incluyan a gigantes como China, India, Rusia o Brasil, sino-, casi exclusivamente para referirse a una iniciativa política de EEUU, respaldada por Europa, le otorga una imagen de democrática.
EEUU ha mantenido a la OTAN por:
El afán de ocupar las regiones estratégicas del mundo una vez que el bloque socialista dejo de ser una barrea, y así garantizar su hegemonía mundial.
El negocio que representa la propia guerra para el complejo militar-industrial. Hace 57 años, el presidente Dwight D. Eisenhower advirtió sobre el peligro de la creciente influencia de este sector económico sobre las políticas de EEUU: hoy Washington está dirigido por el Triángulo de Hierro: una alianza entre las empresas privadas militares, el Congreso, y los departamentos o agencias del Gobierno como los de Defensa, Energía, Seguridad o la NASA, y ninguno relacionado con las necesidades básicas de la población. Las guerras son un negocio, en el que los inversores invierten en invasiones: Venden armas, se deshacen del “stock”, prueban los nuevos artefactos en los laboratorios de las guerras, y también generan negocios paralelos relacionados como el tráfico de droga (encuentren puntos comunes entre Colombia y Afganistán) y la trata de seres humanos, sobre todos mujeres: Donald Trump, un presidente belicista que ha desmantelado la diplomacia y está vinculado con la industria de sexo comercial.
Permitirle la posibilidad de participar en los propios asuntos intraeuropeos. Mediante bases militares, y cooperación “anti terrorista”, el Pentágono y la CIA controlan los ejércitos y los servicios de inteligencia de sus aliados, para conseguir la obediencia de sus políticos. ■

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