Perspectivas de un nuevo régimen

Perspectivas de un nuevo régimen

La Gualdra 345 / Especial Elecciones 2018

 

 

Debo comenzar confesando mi perenne escepticismo por el hombre y por la historia; debo añadir que, en el ámbito de las ideas políticas, mis entusiasmos apenas sobrepasan a los que una lectura minuciosa de Historia y Utopía de E. M. Cioran implica. Descreo de la idea de progreso, sin la cual las ilusiones políticas palidecen. Sé que incluso los más grandes movimientos de la historia tuercen con regularidad sus caminos y se convierten en los antagonistas de sus propias raíces.

Sin embargo, creo en y soy proclive a la empatía, y la empatía tiene como consecuencia irremediable la justicia. Creo también que la figura del político no puede reducirse a la del administrador o del gerente. El pueblo desea ver en un líder su propio espejo, la figura condensada de su espíritu. Ésa es la primera vocación que debe encomendarse a quien se confía la dirección de una nación. Cuando prevalece la distancia entre el modo de vida del líder y el del pueblo se incrementa la enajenación que ambos padecen. No es bueno que los políticos tengan ambiciones económicas, pero tampoco podemos creer que un político carezca de ambiciones: el reconocimiento y el amor legítimo del pueblo.

Andrés Manuel López Obrador es quien ha logrado cristalizar (y así lo subrayó en su discurso de cierre de campaña) los esfuerzos de la izquierda mexicana, a través de una encomienda central: dejar de usar el poder público en beneficio particular, como lo han hecho de manera descarada un sector de políticos y empresarios a lo largo de las últimas décadas. Numerosos gestos me son afines. Cito uno: cuando yo era apenas un adolescente de doce años, recuerdo el terrible dejo de amargura que experimenté hacia lo que sentía como una injusticia humillante para todos: el fraude electoral de 1988. Recuerdo que, al no haber cumplido la edad para votar, discutía ingenuamente con mi padre persuadiéndolo de votar por Cuauhtémoc Cárdenas, pues era el candidato de izquierda visiblemente triunfador; él afirmaba que votaría por quien consideraba la candidata más auténtica desde 1982. Esta semana, treinta años después (los mismos años que duró el Porfiriato), escuché a Andrés Manuel López Obrador afirmar dos veces que él votaría, en un gesto de homenaje, por ella. Consciente de la tradición más pujante de la izquierda, lo mismo que de la más profunda, López Obrador comprende cabalmente el destino de quien desea encabezar la vida pública: cohesionar las diversas voces que la investidura representa.

Se cierra un ciclo importante en la política del país. El fin de un régimen que llevó hasta sus últimas consecuencias el cinismo, la frivolidad y la vulgar ambición pecuniaria. Al menos, la elección de un candidato de izquierda, que me era pensada como imposible, ha tenido lugar. El tiempo dejará ver si el liderazgo de López Obrador, logra resarcir la moral política y social del país, que por la imposición de gobernantes de paja ha dado origen, en su caída, a la severa crisis de diversos órdenes que lastiman el país. Al menos un respiro, dentro de un régimen que parecía inamovible.

Sólo precisaría una observación: López Obrador ha hablado de una cuarta transformación del país. Afirma que ella se ha logrado, a diferencia de las anteriores, sin violencia. Pero no hay que olvidar toda la sangre que desde hace cincuenta años han derramado miles de mexicanos, no sólo por causas directamente atribuibles al activismo político, sino al crimen generalizado que se apoderó del país al amparo del régimen que ahora esperamos que sucumba.

Afirmaba Lao-Tsé que: “Cuando los gobernantes aman las mercaderías costosas/ dirigen un pueblo de bandoleros”. Es momento de que la moral de nuestro país se reivindique y ésta es, sin duda, al menos la única oportunidad que hemos encontrado en el camino.

 

 

* Ensayista y académico de la Universidad Autónoma de Zacatecas.

 

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