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Alegres, muy alegres todos

Alegres, muy alegres todos

La Gualdra 345 / Especial Elecciones 2018

 

 

Para Mariana y Andrea

 

Zócalo, zócalo, zócalo…

Siempre gritábamos así.

Eran los primeros años ochenta.

Dejados atrás el 68 y el 71, los que atisbo siendo un niño, la fiebre democrática y de izquierda subía en el termómetro de la vida nacional.

Estaba en puerta una reforma política, agotada la llamada apertura echeverrista, que colocaría a las principales fuerzas de izquierda en la legalidad. Y es que habrá que recordar, hasta entonces ser de izquierda era sinónimo de ser perseguido, minimizado, señalado, ignorado.

Zócalo, zócalo, zócalo…

Grito de atrevimiento que instaba a la manifestación en cuestión a rebasar los límites del entonces llamado San Juan de Letrán, y adentrarse por las calles del Centro Histórico teniendo como parada, ilusoria, el centro mismo de todo el país. A un ladito del recién escarbado Templo Mayor. Los rumbos de la Prepa de San Ildefonso, las tortas Colón, el billar, las librerías, los primeros amores.

(No recuerdo bien cuándo se rompió esa frontera. Antes las marchas de los comunistas terminaban siempre en la Plaza de Santo Domingo).

Pero llegó el día, la tarde lluviosa, en que la columna de miles de inconformes llegó al zócalo. Signo en sí de nuevos tiempos. Recuperación del espacio donde, tras las marchas sesentayocheras, El Búho habló de lo dulce de la libertad.

Recuerdo más, caprichos de la memoria, una fecha exacta. La noche del 20 de septiembre de 1985, la de la réplica del terremoto de un día antes, cuando miles de capitalinos comenzaron a caminar rumbo al zócalo. Así, de repente, y sin que nadie se los dijera, tan solo empujados por el miedo, la incertidumbre y el dolor de la tragedia a piel abierta. Muy abierta.

Los tiempos cambiaron. Llegar al zócalo formó parte de nuestra normalidad democrática. Tan rentable que en el mismo sitio confluyeron sindicalistas, estudiantes en huelga, maestros democráticos, mujeres en rebeldía, indígenas, lgttbxyz … grandes tocadas, ferias del libro, exposiciones gastronómicas, circos de tres pistas, inviernos artificiales y mucho más.

Adónde si no, ahora que tras acumulados años de esfuerzos de millones de personas el país acaba de elegir su primer gobierno de izquierda, verdaderamente popular, venciendo simulaciones, mentiras y todo tipo de triquiñuelas.

Pues al zócalo.

Donde la noche del pasado domingo, mucho de fiesta hubo ahí para recibir a Andrés Manuel López Obrador, el abrumador ganador de la elección presidencial.

Histórica elección que alcanzó niveles de participación inéditos que rondan el 63 por ciento del total de electores.

Elección en la que habría obtenido un 53 por ciento, muy por encima de sus contrincantes (Ricardo Anaya, 22 por ciento), José Antonio Meade (15), El Bronco (5).

Día histórico. Noche memorable. Los del inicio de la cuarta transformación de nuestro país.

Alegres, muy pero muy alegres todos.

Zócalo, zócalo, zócalo…

Con los retos de la reconciliación, los cambios profundos, el combate a la corrupción y la impunidad.

Para trabajar e insistir en ser felices.

Como neceamos para serlo cada día, cada hora, desde hace ya muchos años.

 

 

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