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Huele a optimismo, huele a esperanza

Huele a optimismo, huele a esperanza

No importa cuanto haya leído, analizado, estudiado o monitoreado yo, cuando usted lea estas líneas tendrá mucha más información que la que tengo en los momentos de escribirlas.
En la fotografía de este momento predomina un resultado que aunque no oficial se antoja irreversible: la victoria de Andrés Manuel López Obrador.
Así lo marca el conteo rápido del Instituto Nacional Electoral y las encuestas de salida. El primero le da 53% de la votación, 30 puntos por encima de su más cercano contendiente. En tanto, la encuesta de Mitofsky coloca al tabasqueño en primer lugar con un porcentaje entre 43 y 49 por ciento; a Ricardo Anaya con entre 22 y 26 por ciento y a José Antonio Meade con entre 22 y 26 por ciento.
Las cifras de El Financiero no distan mucho de esto, y las de Parametría pintan una ventaja mucho mayor para López Obrador, con márgenes de entre 53 y 59%.
La unanimidad de las encuestas de salida es casi la misma que las preelectorales que conocimos hasta el 27 de junio, en las que se presentaba a Andrés Manuel López Obrador como puntero indiscutible con una ventaja que fluctuaba entre los 15 y los 30 puntos porcentuales. Así iniciaron las campañas y así concluyeron.
Si acaso la polémica estaba en quien ocupaba el segundo lugar, en disputa entre José Antonio Meade y Ricardo Anaya quienes, ambos, hasta el último momento sostuvieron ser segunda fuerza y ser los únicos capaces de derrotar al tabasqueño, en un infructuoso esfuerzo por concentrar el voto anti-lopezobradorista.
La contundencia de estos ejercicios, el pulso social que se pudo leer en todo este tiempo hacía emitir triunfalistas frases como “este arroz ya se coció”, pero matizados con llamados a la prudencia, a no confiarse –desde el lado deaquel al que beneficiaban las encuestas- y sobre todo a hacer todo lo que estuviera al alcance del ciudadano para evitar el fraude electoral; desde llevar plumas o crayolas para marcar la boleta, hasta fotografiar las sábanas de las casillas para registrarlas en las múltiples plataformas que han surgido para contabilizar los votos.
El ánimo, más allá del resultado, es optimista debido al porcentaje de participación en la elección que muchos ya consideran como histórica. Se habla de un índice de votación por encima del 70%, una cifra sólo precedida por la de 1994, año de fuerte convulsión política en el país.
Hoy para México hay en lo general alegría. Para una gran parte llega la esperanza, llega la posibilidad de materializar un proyecto de izquierda que desde hace treinta años ha vivido al filo del “ya merito”.
La fiesta que inundó las calles en el 2000 por el triunfo de la derecha se deja ver hoy en las plazas públicas de todo el país entre los votantes de izquierda a quienes hasta la fecha no se les había reconocido el triunfo electoral que muchos pensamos, habían conquistado cuando menos en 1988 y 2006.
Pero incluso entre quienes no simpatizan con esta opción hay discursos optimistas. La impresionante participación ciudadana en las elecciones, y el rapidísimo reconocimiento de los candidatos perdedores del triunfo de López Obrador sorprendieron hasta a los más entusiastas.
En el mismo tenor cayeron las felicitaciones de unos y otros. Tal cual como ocurrió en la campaña en la que López Obrador supo conjuntar al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y a la Coordinadora (CNTE); a Germán Martínez y al Dr Mireles; a Gabriela Cuevas y a Nestora Salgado; así, AMLO recibió la felicitación de liderazgos mundiales tan disímiles como Donald Trump y Rafael Correa.
Aún antes del triunfo, diversos personajes de la izquierda mundial ya habían mostrado su simpatía y respaldo el fin de semana pasado. Aunque el sesgo ideológico fue marcado, quizá lo más trascendente del asunto fue hacer evidente que la mirada internacional tenía su atención puesta en México y en la elección, y con ello, una advertencia velada de que la tentación de un fraude electoral se iba a topar con la incredulidad internacional.
Tanta tolerancia, tanta democracia, no es generación espontánea. Es el resultado lógico de ganar por knockout. Es la consecuencia natural de la legitimidad imposible de regatear a quien se mantuvo como ganador de principio a fin de la campaña, a quien, aunque se diga como burla, tiene doce años de sumar votos y de resistir incluso en los muchos momentos que se le dio por muerto.
Esa misma legitimidad que todo parece indicar se reflejará en la Cámara de Diputados y de Senadores, será también el mayor compromiso que podrá tener López Obrador para dar respuesta a las enormes expectativas que carga en las espaldas.
Es temprano sin embargo para ese tenor. Hoy, hoy toca festejar varias cosas, sobre todo que la vía pacífica para que los pueblos decidan el rumbo que quieren tomar está fortalecida y cuenta con credibilidad muy a pesar de todo. ■

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