Proceso electoral 2018. La ira se transformó en esperanza

Proceso electoral 2018. La ira se transformó en esperanza

La aplicación sin reservas de la propuesta neoliberal como fórmula de organización de la sociedad en lo económico, financiero, político, ideológico y cultural ha llevado a un debilitamiento extremo de la nación. Desde 1982, ese paradigma ha sido impulsado por los poderes fácticos, la clase política dominante y las corporaciones mediáticas, como la vía única de integración a un mundo global y luminoso. Alinear al país en ese modelo implicó el desmantelamiento de la construcción anterior asentada en la idea del desarrollo nacional, con fuerte presencia del Estado, a partir de sus potencialidades y recursos.
Nunca ha sido un proyecto de nación, sino un proyecto de entrega y subordinación a los dictados del capital financiero internacional y a la hegemonía de EE. UU., con la ilusión de integrar con ellos una misma unidad económica y política, denominada América del Norte. Su imposición ya dejó huella en México: injusticia, desigualdad, despojo, inseguridad y violencia, corrupción e impunidad. Y para colmo, el presidente Donald Trump, vocero de la mayoría blanca racista, repite en todos los tonos su rechazo a cualquier tipo de integración con nuestro país, y su propósito de desmantelar el sistema de acuerdos que han gobernado la globalización neoliberal, muy especialmente el Tratado de Libre Comercio con Canadá y México. Un rotundo fracaso de los neoliberales que condujeron al país a este callejón sin salida.
Igual que en diversos países del mundo, la sociedad mexicana ha venido mostrando su hartazgo de mil maneras, múltiples organizaciones territoriales, sectoriales, reivindicativas, han desplegado su indignación por todo el país, mientras que las instituciones gubernamentales y el sistema de partidos políticos emergido de la transición ocurrida entre los años 1988 y 2000, no han tenido la capacidad para atender sus reclamos ni para construir la democracia liberal que dicen defender, a saber: respeto de los derechos básicos de las personas y de los derechos políticos de los ciudadanos, entre ellos los de expresión e información, mediante el imperio de la ley protegida por los tribunales; separación efectiva de poderes y rendición periódica de cuentas; elecciones sustentadas en el voto efectivo; separación efectiva del poder económico del político para que las instituciones estatales siempre actúen orientadas al bienestar general. Todo ello está hoy más lejos que nunca de nuestra trágica realidad.
En este contexto ha transcurrido el proceso electoral que tendrá su momento culminante el próximo domingo 1 de julio. La esencia de la confrontación política está muy clara: por un lado, la élite del poder en defensa del estado de cosas y de sus intereses, y por otro, Morena y su candidato Andrés Manuel López Obrador (AMLO) que proponen un proceso de regeneración general mediante la denominada cuarta transformación. La estrategia de los primeros ha sido generar miedo al cambio advirtiendo que las cosas se pueden poner peor, mientras que los segundos se propusieron transformar la ira, el malestar ciudadano ante el estado de cosas, en esperanza de que vendrán tiempos mejores. El bloque defensor del estado de cosas intentó potenciar su fuerza uniendo a los distintos candidatos que coinciden en su apoyo al modelo neoliberal, pero sus errores en la operación y sus encontrados intereses personales propiciaron el fracaso de la estrategia del voto útil.
Un capitulo relevante de la campaña electoral inició cuando connotados empresarios y organizaciones irrumpieron en la campaña convocando a no votar por AMLO y operando directamente en favor del voto útil de los neoliberales a favor de Ricardo Anaya. El fracaso de sus gestiones ante José Antonio Meade y Margarita Zavala, y ante el propio presidente Peña Nieto, y la enérgica defensa por parte de AMLO de sus posiciones y narrativa, aportaron mucha claridad sobre los intereses en juego y facilitaron el crecimiento constante de la intención de voto en favor de Morena.
Los reportes publicados por las empresas encuestadoras con mayor presencia en ese mercado, así como los ejercicios de agregación más conocidos, como Oraculus, Blomberg, Cede y otros, indican que AMLO arriba a la cita electoral con una cómoda ventaja de poco más de 20% sobre su más cercano perseguidor. Todo indica que la estrategia del miedo fracasó por múltiples factores, entre los cuales destaca la evidente pérdida de influencia del sistema tradicional de medios de comunicación, debido al crecimiento de la cobertura de redes como Facebook y Twitter, así como el tesonero trabajo a ras de tierra del candidato presidencial de Morena, cuya retroalimentación diaria produjo la transformación de la ira en esperanza. Pieza clave de esta lucha ideológica fue el fracaso de la élite del poder en su propósito de ubicar a AMLO como un político corrupto igual a todos. Ello permitió que la indignación contra todos los políticos no afectara mayormente su tercer intento por arribar a la Presidencia. ■

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