Entre el derecho y la justicia

Entre el derecho y la justicia

La visita del Doctor José Manuel Mireles no pudo ser más oportuna. Su llegada a Zacatecas ocurrió apenas unos días después de que una madre de familia denunciara la desaparición forzada de su hijo.
Un auditorio lleno en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Zacatecas le dio la bienvenida. Estaban presentes el director de la Unidad, también el rector Antonio Guzmán Fernández y el exgobernador Arturo Romo Gutiérrez. Al día siguiente estuvo en el Teatro Calderón, flanqueado por la diputada Guadalupe Adabache, y por el doctor Miguel Moctezuma Longoria.
Después de tres años en la cárcel, la gente se le arremolina para tomarse una fotografía con él, hacen filas para que les firme sus libros, lo felicitan, lo reconocen y le agradecen.
Aprecia todo, autografía los libros, posa para las fotografías, pide que tomen algunas cuando le entregan reconocimientos, contesta las preguntas, bromea con la gente, y al mismo tiempo reitera que el camino que él eligió, el de armarse, no era el correcto… pero era el único que le quedaba.
Historias le sobran, más de 300 niñas-madres sin conocer la menstruación porque fueron violadas y embarazadas antes de siquiera saber que era la regla; su propia madre asesinada en el secuestro de su hermana la más chica, y también su primo, al tratar de impedirlo; los limoneros que intentaban hacerle saber a las autoridades lo que sucedía y aparecieron muertos; los campesinos que tenían que presenciar las violaciones a sus hijas y esposas; la familia Baldovinos que vio al nieto más pequeños, de tan sólo dos años, ser estrellado contra las paredes en escarmiento para todo el pueblo.
Ante todo esto, dice, no había más remedio. No se asume violador de la ley, se ampara en el artículo 10 constitucional que le permite a cualquiera tener armas para su seguridad y legítima defensa, y al artículo 4 que asegura que toda persona tiene el derecho a vivir de manera libre.
Pero como nada de esto llegaba y el Estado no hacía nada por conseguirlo. Hubo que luchar por ello. Admite que el miedo no se quitó hasta el día que tomaron la decisión, y quizá ni entonces, pero entendió, que como repite, “el que tiene miedo muere todos los días, el que no, muere una sola vez”.
Explica que el adversario también tenía miedo, que acostumbrado a asesinar a quien estaba amarrado y con los ojos vendados, no soportaban a hombres y adolescentes haciéndoles frente aunque fuera con machetes o con armas deportivas.
En medio de académicos, de abogados, de creyentes del derecho y las ciencias jurídicas, explica que el libro “Todos somos autodefensas”, lo escribió para que se entienda qué sucede cuando un pueblo está abandonado por sus instituciones, y apunta que si con ello se violó el derecho, bien pagado está con los tres balazos en cuerpo y los 48 tornillos de su cabeza; con el costo de sobrevivir a siete emboscadas, un avionazo, y tres años de prisión.
Si duda cabe, lo aclara citando a su maestra de preescolar: “Cuando el derecho contraviene la justicia. La justicia debe prevalecer.” Y así lo hizo buscó la justicia aún sin el apoyo del derecho.
Algo similar ocurre a doña Inés Colunga, madre de Iván Espino Colunga, joven de 18 años que según la denuncia de su familia, fue sacado de su casa a golpes la madrugada del pasado miércoles.
Se lo llevaron, cuenta doña Inés, en una patrulla de la Policía Estatal con el número 571, que respondía a las órdenes de un presunto elemento que ella identifica como el colombiano.
Con el alma destrozada, y con el valor que sólo el coraje y el amor materno puede dar, la señora Inés hizo pública su historia a los medios de comunicación dando su nombre y su rostro.
Recibió como respuesta la aparición de su hijo muerto unas horas después de su declaración, presentaba cuatro impactos de bala, estaba desnudo y tenía huellas de tortura. De la parte oficial, el superior del señalado de la desaparición forzada y homicidio, se apresuró en descartar la participación de elementos suyos en los hechos.
Al día siguiente, con más cuidado, matizó diciendo que se harían las investigaciones pertinentes, y hoy se sabe que el policía señalado se encuentra suspendido.
No hay derecho ni justicia que hayan respondido hoy a doña Inés, que ni siquiera pudo sepultar tranquilamente a su hijo porque los representantes de las instituciones sólo se dirigieron a ella para advertirle que más valía que se fuera o el resto de la familia también moriría.
En ese marco, aún hay quien piensa que es fanfarronería cuando se advierte que el tigre puede soltarse si no hay justicia ni Estado de derecho.
Incapaces de distinguir las amenazas de las advertencias, no han sabido leer que el “al diablo con sus instituciones” de hace seis años, se convirtió en el grito de guerra de aquellos que han tomado en serio eso de que el cambio está en uno mismo porque han esperado por años a que alguien más lo cambie.
Los resultados no son de su agrado, pero no son pocos los que piensan como Mireles, que si el derecho y la justicia no caminan por el mismo sendero, la justicia debe prevalecer.

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