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Un río metafísico

Un río metafísico

La Gualdra 340 / Libros

Había conocido algunos versos, algunos bocetos de lo que ahora es el libro de José Antonio Banda, Río interior (Ediciones Atrasalante/ISC, 2016). Aun así, la primera impresión de su libro, este pequeño objeto abismado, estuvo acompañada de mucha emoción. Ocurre que presentar un libro suele ser la apología de un autor y su obra. Pero hago a un lado eso para hablar de impresiones. Desde el fondo de mi convicción, al hablar de poesía lo más honesto es, me parece, compartir la impresión, la huella, la llaga que las palabras hacen a un lienzo personal. Lo verdaderamente importante es este empaparse de las aguas del río, meter los pies en la corriente. Río interior es un balde de imágenes donde uno sumerge las manos y va pescando un signo, una seña, una nota musical, un montón de colores intensos.

            La primera impresión corresponde al epígrafe del primer texto, Invitación al viaje. Es una línea brevísima, de una densidad increíble: “a mi padre que admiró la cauda de un cometa”. Como en varios de los poemas que conforman el libro, el primero de ellos está impregnado por una estética muy romántica. Un hombre contempla la cauda de un cometa, sigue el movimiento de la estrella, y las visiones en espiral van decantándose, desde el pasado en que ese hombre, que es el padre, admiró la cauda de un cometa, hasta el presente de otro hombre, el hijo, que abre la búsqueda ─y con ello el viaje─ de lo inefable, lo invisible, el desvanecer del mundo en el tiempo. Es una estrella distante, una noche por encima de la noche. El título del libro se presta a varios juegos: el río es el agua de la memoria, la cauda en movimiento aprisionada en la palabra, la tormenta horizontal que repta la piel de una tierra desconocida. El hombre que habla en los poemas se obsesiona con mirar atrás. Entonces el río es el tiempo. Pero el tiempo, ya se sabe, es una cosa de demonios extraños y propios. El tiempo se desdobla en dos caudas distintas ─a veces muy distintas─, en eso que genéricamente y por consuelo llamamos tiempo, relato lineal que aceptamos como lo real, y en ese otro flujo mental, tormenta de arena que transforma las dunas y el horizonte. En más de un sentido este Río interior confiesa su temblor ante esta escisión: “Soy un latido a la deriva del lenguaje, un tropo hallado con torpeza en el poema que otro escribe”. El poeta se sabe prisionero y prisión: mirar al pasado es emprender el viaje a ningún lado, perder el tiempo en el tiempo mismo. No se me malentienda: andar el laberinto de los recuerdos puede ser una droga fenomenal. Pero no es de añoranzas de lo que trata este libro, o no por completo. Aunque con mucha recurrencia los poemas buscan postales de otro tiempo ─un árbol, una baranda, un periódico abandonado─, la añoranza deviene tragedia cuando el que recuerda se descubre atrapado, porque es imposible volver al pasado, o porque en el lenguaje el brillo y la pureza del origen resultan por siempre perdidos e inefables. Dice el poeta: “El mundo es siempre lo perdido / Todo se desvanece entre sus manos / las fuentes los jardines un espejo…”, y en otra parte: “Toda la noche escribo contra la noche, […] pero mi pensamiento golpea y no avanza […] Pasa la hora de esperar la llegada del tiempo que fue, será y es siempre hoy”. Repito, la añoranza deviene drama porque el recuerdo ─artilugio raro del alma─ siempre es hoy. Siempre la vida es nada más ese instante.

            Mucho me he preguntado si estos poemas son realmente sombríos y desoladores. Y me digo que quizás por eso trasminan un sentimiento muy romántico: la melancolía supura entre página y página. Desde luego, todo ese sentimiento lastimoso es en buen sentido. No hay sentimiento más elevado que esa tristeza absoluta ─casi vintage─ del romanticismo alemán, a lo Werther. Esa capacidad de salir al mundo, de salirse de uno mismo, abrirse a la inmensidad de la existencia y sentirse poca cosa. No porque uno tenga problemas de autoestima, desde luego, ni porque hagan falta vitaminas o un buen libro de autoayuda. Más bien porque es una experiencia singular sentirse poca cosa frente al universo. ¿Quién es capaz de decirlo? ¿Quién es capaz de hablar con toda franqueza y decir, decirle al cosmos, decirle a Dios, decirle al mundo: “Sí, soy poca cosa ante la inmensidad de lo que existe, ante la eternidad del tiempo y del sueño, soy un hombre y miro el cosmos”? La tristeza que emana de algunos poemas es de esa rara especie que nace del asombro. En una época en que las emociones están completamente estandarizadas, en una época en donde el asombro se reduce a un “like”, hay libros como éste que todavía apuestan a lo grande, a la pureza de unos pensamientos nada sencillos de ubicar.

            Habiendo hecho todo este detour, Río interior es el libro de un amigo. Es la expresión cincelada de un compañero de caminos literarios. Como lector procuro descifrar los entresijos de esa expresión, sus versos los desgrano como los secretos de un amigo parsimoniosamente entregado a los demonios. No hay muchos escritores así. El río del autor es en realidad un río metafísico, un andar entre correspondencias, entre almas pontificadas como dice el Maestro.

Regreso a la misma metáfora. Igual que un río la escritura corre en busca de aquello que se ha perdido y que no deja de asediarnos. El poeta no cesa de ir de página en página tras de aquello perdido y cuyo rostro lo ha estremecido, y que ya no pertenece al mundo sino bajo la forma de pequeñas letras negras inscritas en la página. En la escritura de José Antonio Banda se manifiesta esa necesidad de nombrar el origen, la ascendencia de una herida, como una melancólica arqueología de sí mismo. De ahí tal vez que el libro concluya con la posibilidad de decir la vida de muchas maneras. Y sin embargo:

Todo es parte de nosotros,

todo nos toca con su voz de relámpago;

todo amanece como aquel incendio sobre el valle…

La totalidad a la que interpela José Antonio Banda solamente puede entenderse como una ambición desbocada. Esta visión del hombre como un ser en perpetua búsqueda también lo presenta como un ser en constante mutación. Esta mutación siempre azarosa es acaso un destino en la escritura, una búsqueda superior a nosotros mismos como individuos, una oscura necesidad de evadirse de la cotidianeidad. Uno desearía como él, lanzarse a ese viaje sin sentido, no por el viaje en sí, ni tampoco por el “aprendizaje” en el camino, sino por sentir la vida como una afrenta, como un desequilibrio inmanente que debe ser ajustado. En el poema y en el territorio nebuloso del pasado, una noche, un hombre, acaso yo mismo, admiré la cauda de un cometa, sin entender la hendidura de la noche.

* Alejandro Palizada Sánchez (Irapuato, 1982). Escritor. Autor de los libros de poesía Videns (Plataforma, 2011) y Fantasmas (Azafrán y Cinabrio, 2012). Es editor de Argonauta, revista cultural del bajío, y profesor de literatura en la Universidad de Guanajuato.

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