El territorio conquistado de Baudelio Camarillo

El territorio conquistado de Baudelio Camarillo

La Gualdra 340 / Libros

En su célebre libro, Las raíces del romanticismo, Isaiah Berlin escribe que los ideales no se descubren, sino que se inventan y desarrollan como un organismo a lo largo del tiempo. En memoria del reino (Valparaíso México, 2016), de Baudelio Camarillo, es vasija de esas preocupaciones románticas, donde ha desarrollado un universo propio y bien reconocible, arraigado en cosmovisiones míticas que retoman la experiencia infantil. “Fuimos alguna vez niños que jugaban bajo la luz del sol y no distinguíamos entre la libertad y la necesidad, entre la pasión y la razón”, dice Berlin, recordando que los tiempos infantiles son tiempos de plenitud, de inocencia no perecedera, libre de responsabilidades, sumergida en el gozo.

El universo de Camarillo está habitado por una fuerza que se desborda. En los poemas sobre el Río Guayalejo, el tiempo es una imagen donde “La luz que entra en sus aguas olvida pronto el cielo”. El río es umbral y camino hacia otra orilla, otro cielo y otra cumbre en donde el misterio encarna y todo lo imanta, porque todo lo prefigura: La felicidad plena del niño que vivió con ojos asombrados sus diversas maravillas; el joven que en sus aguas encontró “la más hermosa ninfa”; el adulto que recuerda el sitio más secreto como un remanso donde “la luna y una rosa [no] serían cosas distintas”. A la vuelta de los años, o a la vuelta del río, símbolos semejantes en el universo de En memoria del reino, el misterio también es ese reino de la infancia: “hoy que se sientan en el patio bajo la luna llena/ y conversan de cosas opacas y aburridas/ y fuman largamente/ mientras sus hijos juegan”.

“Todo está destinado a fenecer, pero la infancia es lo único que no ha de ser vencido por la muerte”, escribe Benjamín Valdivia; la nostalgia se funda en el hecho –piensa Berlin a propósito del romanticismo alemán– de que intentamos comprender el infinito, abrazar lo inabarcable, asir lo inasible, no como un salto hacia adelante, sino hacia atrás, a lo que no puede ser vencido porque está compuesto aún de sombra pretérita. El hombre, por eso mismo, camina a tumbos en su intento de retornar a casa, al hogar que abandonó no sabiendo que lo hacía, pensando que en otro sitio hallaría su espacio, y no en ese lugar donde se halla la primera y acaso única dicha conocida.

            Para Valdivia, “el abandono de la infancia física nos sitúa en la infancia estética”, en la fundación de una inocencia carente de responsabilidades; labrada en el misterio encarnado en la figura femenina. En “Arpegios”, por ejemplo, sección central de En memoria del reino, el poeta elabora esta variación a su mitología para, acaso, purificar la realidad siempre impura. Se dice que los mitos expresan lo inexpresable, que encapsulan lo oscuro, lo irracional, la pulsión que no se doma bajo el látigo de la razón. El mito aquí es Orfeo abriéndose paso en “una noche [donde] tus muslos o tu libro o tu música/ se abrirán para mí”. El mito es pronunciar el nombre de la amada “como si se saboreara un fruto de seis letras”. El mito es la mirada constante hacia una realidad siempre en fuga, “una luz [que] abre puertas/ y descorre cortinas”; porque sólo el mito refunda la existencia del hombre salvándolo de las monotonías de la vida, de esa oscuridad bajo el yugo de una civilización que vive a espaldas de su origen, oprimida quizás por la noche donde cada quien anda “como por una ciudad/ desconocida”. Para Baudelio Camarillo darle la espalda al misterio también es caminar entre escombros, entre las ruinas urbanas que muestran rostros difuntos, ventanas con gruesas barras de hierro y cristales rompiéndose en los brazos. El hombre que se entrevé en las páginas de En memoria del reino, sin embargo, mantiene una esperanza en la materialidad de la mujer, en la palabra viva, sin importar demasiado la conciencia de lo terrible, que a veces lo sacude: “Salí del sueño a una limpia mañana, / pero la lluvia se quedó dentro de mí/ y aún no cesa”.

            Sólo la recreación del reino, la infancia o el erotismo más puro, recupera al hombre, sólo “La casa del poeta es tibia/ y aroma sus estancias la piel de la Diosa venerada”, sólo la palabra encuentra ahí su sentido más pleno, porque la poesía, para Camarillo, revela sus posibilidades a quien la persigue con veneración. En la casa del poeta – sacerdote “todo […] son altares donde la luz oficia plenitud” bajo la mirada del padre de todos, Homero, quien “mendigó nimios soles a las puertas de múltiples ciudades”. En esta casa, la casa del poeta, todo es imagen de lo que fue para entrever lo que vendrá, quizá otro reino, quizá otra memoria, quizá una palabra capaz de oficiar la plenitud de una infancia ya perdida.


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