‘Leer la realidad, leer lo cotidiano’, la poesía en Ángel Vargas

‘Leer la realidad, leer lo cotidiano’, la poesía en Ángel Vargas
Ángel Vargas. Foto de Fernando Delgado

La Gualdra 339 / Entrevistas / Poesía

 

 

El ciclo de entrevistas a poetas arriba a las costas del estado de Guerrero, y rememora el curso del río Balsas, las montañas, y la tierra caliente, en una zona donde el color, la música y la poesía son calor, ritmo y vida. Lo dice Ángel Vargas (Acapulco, 1989): “La infancia que viví estuvo plagada de sonido, música, historias y el espectáculo de la naturaleza”. La poesía es la suma de experiencias que construyen desde el lenguaje, las formas que dan sentido a nuestras interpretaciones, y la manera de nombrarlas, desde la realidad y desde la cotidianidad.

 

Armando Salgado: Ángel, ¿de qué manera ha influido la cultura guerrerense en tu formación como poeta, sabiendo que Guerrero tiene distintas regiones, y un folklor que históricamente ha sido parte del mosaico de la multiculturalidad de México?

Ángel Vargas: Crecí en un lugar medianamente alejado de la infraestructura turística y cultural de Acapulco. En mi casa no había libros, aunque no por eso el ambiente era menos estimulante. La infancia que viví estuvo plagada de sonido, música, historias y el espectáculo de la naturaleza. Creo que casi todos los recuerdos de aquellos años están estrechamente vinculados con texturas, olores y sensaciones particulares. Crecí en la costa. Para mí, por ejemplo, un huracán no es sólo un fenómeno meteorológico, sino un conjunto de experiencias humanas orbitando el hecho climático. La formación, no sólo como escritor sino, simplemente, como alguien que atiende sensiblemente a la realidad, tiene que ver con la voz y con lo que la voz es capaz de contar; eso que llamamos tradición oral y que pienso es importantísimo para la historia (y actualidad) de la poesía. Guerrero me dio la capacidad de atender al detalle, observar la minucia en la naturaleza y en lo humano. Creo que eso es importante para quienes escriben poesía. Al mismo tiempo, mi propio estado me orilló a distanciarme geográficamente, pero creo, como el poeta venezolano Eugenio Montejo, que las distancias son necesarias (“adora a tu ciudad, pero no mucho tiempo”). Creí importante alejarme para mirar de lejos. No mejor ni peor, sino de una forma distinta. Mirar como los extranjeros, para que ese mundo en el que crecí volviera a ser nuevo ante mis ojos.

 

AS: ¿Qué representa escribir poesía en un contexto violento como el del estado de Guerrero?, ¿un poeta debe observar los climas sociales y reflejarlos de alguna manera en lo que escribe, o son otras las intenciones estéticas que consideras en la escritura de poemas?

AV: Creo que la violencia se manifiesta de muchas formas. Yo me fui de Guerrero hace más de 10 años y aunque en aquel momento el terror relacionado con el narcotráfico no tenía las dimensiones ni la visibilidad de ahora. Es cierto que en el estado han existido otras formas de violencia desde tiempo atrás: machismo, injusticia socio-económica, impunidad, difícil acceso a los derechos culturales, no reconocimiento de ciertas identidades, etc. Creo que el aspecto social no tiene que ser ignorado ni por los poetas ni por los artistas en general, pero tampoco tendría que ser una norma ni requisito a la hora de valorar los productos estéticos. La responsabilidad social y cívica es algo que le compete al artista en tanto es un ciudadano como cualquier otro. La misma responsabilidad le corresponde a un ingeniero, un contador, un médico, un policía. De manera personal, observo no sólo mi contexto inmediato, sino lo que acontece en otras partes del mundo. Creo que en el espejeo de situaciones puede ser más fácil darse cuenta de lo que pasa en lo doméstico. En mi escritura, el tratamiento de la violencia ha sido quizá de manera tangencial, o más bien, transversal. No he escrito libros sobre la violencia que atraviesa mi estado, pero sí he acotado otros temas, que de manera más o menos directa tienen que ver con una historia reiterada de injusticia, pobreza o discriminación. En el fondo de la violencia más plástica hay situaciones cotidianas que la poesía es capaz de revelar, para recordarnos que el mundo funciona de una forma que ya no somos capaces de discernir.

 

AS: Si pudieras compartirle un decálogo a quien apenas desea escribir poesía, ¿qué recomendaciones sugerirías?

AV: Me siento incapaz de compartir un decálogo propio, porque no me considero una autoridad en la materia, sino todo lo contrario. Los últimos cinco años de mi vida han estado marcados por un proceso de aprendizaje constante. Hay, en cambio, un sinfín de consejos para jóvenes poetas de escritores realmente ilustres. Creo que a partir de esos decálogos, sustentados en décadas de experiencia y en obras literarias sólidas, cada quien puede tomar lo que mejor le convenga a su escritura. Al final, la poesía es una búsqueda interminable, un ensayo constante y un camino personalísimo, incapaz de replicarse. La única recomendación que daría sin titubear es que lean todo lo que puedan. Hay mucho que aprender tanto de la tradición como de la producción más reciente de poesía. Creo que la escritura generalmente nace en la no-escritura y que leer es el mejor comienzo para imaginar y adquirir herramientas para poder expresar lo que se desea. Pero leer no sólo en el sentido libresco. Leer la realidad, leer lo cotidiano.

 

AS: ¿Podrías esbozar un mapa poético del estado de Guerrero?, ¿qué poetas son referentes y sugieres leer, qué poetas jóvenes destacan?, ¿cuál es la salud de la poesía guerrerense?

AV: Una camada de poetas guerrerenses ha asumido desde hace muchos años el compromiso de escribir poesía como una actividad constante, es decir, no como un pasatiempo sino como un diálogo con la realidad; algunos lo hacen desde el ambiente local, escribiendo desde distintos espacios de Guerrero, otros desde varios estados del país. Pienso en Ángel Carlos Sánchez, Julián Herbert, Jesús Bartolo, Antonio Salinas, Brenda Ríos, Carlos F. Ortiz, Citlali Guerrero y Úlber Sánchez. A veces el origen es lo de menos, al final, la poesía traza mapas que no siempre están relacionados directamente con la geografía. Otros escritores, cercanos a mi edad, también han reafirmado su interés por la escritura poética: Yelitza Ruiz, Adriana Ventura, Zel Cabrera, Emiliano Aréstegui, Ari. J. González y Geovani de la Rosa; o quienes, mucho más jóvenes, han dado muestra de una capacidad lírica e imaginativa interesante, como Orlando Mondragón, Argentina Linares y Giovanni Rodríguez Cuevas. Desde hace varios años en Guerrero se han impartido talleres y diplomados que han despertado el interés de jóvenes y adolescentes por la literatura. Creo que esa simiente dará frutos tarde o temprano y creo también que si se trata de realizar un diagnóstico de la poesía guerrerense actual el resultado sería alentador. La poesía guerrerense es diversa y de excelente factura.

 

AS: Tu libro A pesar de la voz, publicado por Mantis Editores, en 2016, tiene una factura poética redonda, precisa y fluida. ¿Qué relación tiene este poemario con Límulo?, publicado en el Fondo Editorial Tierra Adentro en el mismo año.

AV: Esos dos libros se publicaron con tan solo unos meses de diferencia; sin embargo, escribí Límulo entre 2013 y 2014 y A pesar de la voz entre 2014 y 2015, pertenecen a momentos creativos distintos. En el primero buscaba indagar en los orígenes: la historia familiar, la infancia, la identidad sexual, Dios, a partir de la figura de un fósil viviente, el cual da título al libro. Fue el primer reto de escritura en el que me planteé un conjunto de poemas hilados (más o menos) temáticamente. Creo que al final no lo logré. En cambio, en A pesar de la voz existe la intención específica de indagar en las posibilidades poéticas del fenómeno histórico y musical de los castrati, un tema que durante mucho tiempo me ha fascinado; pensé el libro como un solo poema largo que tuviera respiros. El aire (el blanco en la página) es un elemento que creí que podría homologarse en cierta forma con el fiato, las microrespiraciones o control del diafragma en el canto operístico. También quise continuar la exploración de las inquietudes religiosas que ya había iniciado en Límulo. Quizá ése es el hilo que une ambos libros, los cuestionamientos, mis dudas en torno a lo divino.

 

AS: Acabas de publicar El viaje y lo doméstico, en editorial Praxis, ¿qué premisa nos compartes en este poemario?, ¿hay distancia entre este libro y el material con que obtuviste el Premio Estatal de Literatura Joven del Instituto Guerrerense de Cultura, en 2012?

AV: El viaje y lo doméstico es un libro pensado como un artefacto de localización. Es una especie de GPS emocional. Cada poema tiene una coordenada geográfica como título y remite objetivamente a un lugar; aunque de esos espacios no me interesaba la imagen sino la huella o carga subjetiva que dejaron en la memoria. La intención era fijar esas situaciones en un mapa, porque ya no confío en lo infalible de mis recuerdos y porque creo que la memoria siempre está cambiando. Estoy convencido de que el pasado no es algo clausurado y si la infancia es una cicatriz que cambia de lugar, dependiendo del momento en que se mire, yo quería hacer un corte de caja que me mostrara al ser humano que fui en aquellos años. El viaje y lo doméstico es deliberadamente transparente en lo personal y biográfico; en él no existe la intención de enmascararme como lo hice en mis libros anteriores. En ese sentido, es muy cercano a los textos que escribí en 2012. Los temas son los mismos: la familia, la infancia, las relaciones personales. Lo que hago, sin duda, es reelaborar sobre los mismos temas, regresar una y otra vez. Lo que cambia son las herramientas para abordar el pasado, la mirada, la perspectiva.

 

AS: ¿Qué representa para ti ser becario en la Fundación para las Letras Mexicanas, vivir en la Ciudad de México, y a la vez, coordinar el Festival Nacional de Escritores Barco de libros del puerto de Acapulco? 

AV: La Fundación para las Letras Mexicanas es una institución muy noble. Ser becario de poesía me ha permitido socializar mi proceso creativo, intercambiar lecturas, mantener un diálogo con estéticas distintas; he entendido que la poesía es diversa y que la disciplina y el trabajo son fundamentales para el oficio; aunque al mismo tiempo me rehúso a hablar de la poesía desde una visión romantizada, acepto que en el hecho poético hay mucho de magia y de misterio, sé que algo pasa en el lenguaje de los poemas que más me apasionan. Ya lo han dicho antes, la poesía es el idioma hechizado. Esa idea no me desagrada en lo absoluto. Sin embargo, mientras llega esa revelación y misterio, las horas de trabajo y de lectura son necesarias. En otro sentido, vivir en la Ciudad de México me ha permitido rodearme, bien o mal, de un hervidero cultural muchas veces abrumador, la cantidad de estímulos latentes en una ciudad tan populosa como ésta me ha desencadenado muchos procesos creativos. Además, desde hace algunos años, trabajo junto a dos mujeres talentosas y comprometidas, Yelitza Ruíz y Azul Ramos, en la coordinación del Festival Nacional de Literatura, antes Encuentro Nacional de Escritores, Acapulco Barco de Libros. La labor es ardua en un estado cuyo presupuesto en el área de cultura sigue siendo, por mucho, inferior a las necesidades reales de la población. Pero también es satisfactorio que al menos por unos días el puerto de Acapulco se convierte en un epicentro literario y poético en el que escritores provenientes de distintas partes del país comparten su obra con los acapulqueños y se entablan diálogos que aportan a la vida cultural del estado. Creemos en ese cruce de visiones, en el “mestizaje poético” como un catalizador para la imaginación.

 

 

[19°17’23.5″N 99°08’35.2″W]

Si apagara las luces de la casa

tu nombre se quedaría encendido,

quemándose en el centro de esta mesa vacía

donde antes colocamos la cena y nuestra hambre.

Si apagara las luces

se llenarían los platos de recuerdos

y en cada cucharada

me faltarían tus señas

como falta la sal, el agua o la ternura.

No habría ningún rincón para la noche

y tu silencio

—ese animal salvaje—

me comería por dentro.

Apagaría la luz para quedarme a solas

y tu nombre sería

una piedra reventando los labios.

 

Pero todos los nombres

se apagan una vez

ante los ojos de quien los ha nombrado.

Esperaré que el tuyo se canse de mirarme

con su pequeña llama

y al compás de la noche

lo apagaré en mis dedos.

 

 

[32°46’07.5″N 117°08’50.2″W]

Mi hermana dice que se quiere morir

y no la culpo.

Comprendo que a su edad

el miedo es una talla más grande que sus ojos,

los zapatos le calzan una moda obsolente,

no repite bufandas ni sonrisas

compradas en oferta,

tiene en la cintura las miradas ceñidas

y se quiere morir     mi hermana

y no la culpo

si no sale de casa para evitar el miedo.

Me gustaría decirle

que al terminar los quince

dejarán de medirle la confianza,

pero sería mentira.

Mejor si se da cuenta

que lo frágil se viste con la ropa más cara

porque teme morirse de vacío.

 

[De El viaje y lo doméstico. Editorial Praxis/Secretaría de Cultura de Guerrero, 2017]

 

 

Ángel Vargas (Acapulco, 1989) estudió Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de Díptico (2015), A pesar de la voz (2016), Límulo (2016) y El viaje y lo doméstico (2017). Obtuvo el Premio Estatal de Literatura Joven en la categoría de poesía (Instituto Guerrerense de Cultura/CONACULTA) en 2012 y el Premio Estatal de Poesía María Luisa Ocampo en 2015. Actualmente forma parte del comité organizador del Festival Nacional de Literatura Acapulco Barco de Libros y es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía.

 

 

 

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