¿Dónde están los candidatos que escuchan?

¿Dónde están los candidatos que escuchan?

Puede comprenderse que para una persona determinada obtener la candidatura de su partido es toda una proeza. Y embarcarse en la campaña electoral, toda una aventura. El gran problema le comienza, sin embargo, cuando su delirio inicial no se difumina sino que permanece e incluso aumenta, al grado de que la candidata o candidato llega a creer que en efecto ella o él es el mejor del partido y del distrito, que de veras resulta indispensable para la comunidad, que todo lo sabe, que todo lo dice bien, que todo lo piensa bien, que todo puede aconsejar a la gente, que puede ganar cualquier debate, que su voz es la que debe ser escuchada, que es el alma viva de la comunidad.
José López Portillo no ha muerto, pues, y un portento de candidato en cada hijo te dio.
Empezando por la misma candidata o candidato y pasando por casi todos los integrantes de la campaña, parece entonces que la consigna se vuelve “Dejen que hable, que hable, porque lleva la voz cantante, porque su mensaje es el que nos dará los votos”. En función de eso puede programarse la organización de todo evento, los preparativos de la avanzada, las porras, las presentaciones y el mitin completo. Abran paso al cordero de Dios que quita los pecados del mundo y que con una sola palabra suya bastará para sanar toda alma.
Así, el candidato o candidata que vive en la fascinación de su propia voz y sus propios planteamientos, siempre iguales y por lo general monotemáticos, se condena a no ganar, o por lo menos no ganar a la buena. No llega frente al electorado para recoger las inquietudes de los integrantes de la colectividad, sino para dejarles su mensaje que cree infalible. No conoce la problemática real de cada comunidad que visita, no sabe cómo piensa cada hombre y mujer que lo escuchan, y lo peor es que puede salirles y salirnos con cada vacilada que Dios guarde la hora. Así empiezan ahora los trenes del mame. El problema no es la falta de humildad en sí: el problema radica en que toda falta de humildad conduce al abanderado y su equipo a un callejón sin salida.
¿Dónde están los candidatos que escuchan? En serio: en estos venturosos y complicados tiempos de alternancia, no escuchar es no ganar. El que no escucha no tiene derecho al triunfo. Insisto: el problema no es la antipatía, sino la cerrazón, la no diversificación de la oferta política. Lamento mucho la actitud de una que otra candidata a diputada que cree que por estar en la contienda ya ganó y entonces se da el lujo de darse a desear por el electorado. Vaya error. Lamento la actitud triunfalista y fatua de quien cree que lo sabe todo y cree incluso que tiene derecho a insultar y meterse en la vida personal de sus oponentes al considerarse superior a ellos. Recordemos que mano ocupada es mano perdida. Mente colmada es mente estancada.
La imagen ideal de un candidato o político que merece ganar la elección es la de alguien que realmente escucha y modifica su pensamiento. Alguien que realmente escucha y entonces de veras se comunica con sus representados o gobernados lo mismo que con sus pares, superiores o integrantes de otro poder. Tendrá que hacer tarde o temprano.
Recordemos: el ejercicio político implica negociación. La riqueza se da en el diálogo; no en el monólogo.
No escuchar es no ganar. O ganar, sí, pero para paulatinamente perder algo más que una elección; para paulatinamente perder lustre o de plano despostillarse en dos o tres escándalos, tan comunes en estos días en que cada ciudadano es portador de una captadora de audio o video o imágenes.
Recordemos: ya no estamos en la etapa del señor candidato que llegaba a la comunidad para ser aplaudido cada tres minutos, entre las aguas de jamaica y los bolillos con jamón y medio chile jalapeño. Los votantes ya no son masa, ya no son broza uniforme, ya no se plantan frente a la tele para absorber lo que diga Zabludovsky. Hemos superado eso como electorado: lo mínimo que se espera ahora es que también los candidatos y políticos superen el molde arcaico al que aplaudieron cuando eran niños. Que, como decían las abuelas, se laven los oídos, se quiten la cerilla del autoengaño y por fin comiencen a escuchar y no sólo finjan que lo hacen.

*Director General del Instituto de Selección y Capacitación
del Gobierno de Zacatecas
[email protected]

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