Muere, monstruo, muere. Una poética del exceso

Muere, monstruo, muere. Una poética del exceso
Fotograma de la película Muere, monstruo muere foto: cortesía del festival de cannes

Se presentó en la sección Una cierta mirada la segunda película del director argentino Alejandro Fadel, Muere, monstruo, muere, guionista habitual de una parte del cine argentino y en particular de Pablo Trapero. Estábamos a la expectativa después de habernos gustado su primer largometraje Los Salvajes, historia de un grupo de jóvenes delincuentes perdidos en las montañas de Córdoba, una variación onírica y contemporánea del western crepuscular.
Muere, monstruo, muere retoma la evocación de la violencia presente en su anterior película, pero dándole un giro hacia el género fantástico y el cine de terror. La primera secuencia introduce abruptamente al espectador en la estética gore, mostrando de manera gráfica la primera de las decapitaciones que van a dar pie a la trama: la investigación de una serie de asesinatos de mujeres por parte de un grupo de la policía rural en la región montañosa de Mendoza. Pronto, las pesquisas policiales dejan paso a la evocación de un triángulo de amor imposible entre una de las víctimas, su marido acusado del crimen y presuntamente alienado, y el policía que se ocupa de investigar el caso. La locura, como en todo relato fantástico, sugiere la presencia de un presunto monstruo, quien sería el auténtico responsable de los asesinatos.
A partir de ahí, la película va abriendo presuntas pistas sobre la existencia del monstruo y la autoría de los asesinatos, pero también entre la coexistencia entre la realidad y lo sobrenatural. A la manera del Andrej Zulawski de Posesión, utiliza al monstruo para reflexionar sobre la complejidad de las pulsiones que se ocultan en la psique de cada uno de los personajes, y atribuirle un cuerpo en la pantalla. Además, pretende utilizar ese tema para desmontar el género y reflexionar sobre la propia naturaleza de la imagen y de la palabra. Multiplicando los tonos y los géneros, los recursos y los hilos narrativos, las especulaciones estéticas y psíquicas, Fadel apunta en muchas direcciones y probablemente acabe perdiendo no sólo al espectador, sino a su propio relato. Una propuesta ambiciosa que acaba pecando por su exceso.

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