La enseñanza: el olvido de la vida y el mundo circundante

La enseñanza: el olvido de la vida y el mundo circundante

¿Qué se enseña en las escuelas y universidades? La escuela, dijo Paulo Freire, se ha olvidado de la vida. La enseñanza de las ciencias va dirigida al uso de la técnica: construir puentes, reparar computadoras, curar síntomas de algún órgano dañado o hacer producir una hectárea de riego. Pero la formación para ser padres, saber nutrirse o resolver conflictos cercanos, es decir, los saberes que al apropiarse de ellos elevan de inmediato la calidad de vida, están ausentes. En los bachilleres los planes de estudio se construyen con algunos conocimientos avanzados de matemáticas, por ejemplo, llegan al cálculo infinitesimal o temas básicos de bioquímica, contenidos que vuelven a repetirse en las tiras de materias en las licenciaturas; sin embargo, no se les enseña cómo llevar los noviazgos, habilidades emocionales para el manejo de crisis o el enorme problema de la vocación: la clave misma de la felicidad. Las universidades al pensar la ciencia como sierva de la técnica confunden vocación con orientación profesional. La vocación no se reduce a la profesión: es la guía de toda una vida, valores, rutas existenciales y el principio-fundamento que da sentido a la biografía. Para un joven de los 15 a 18 años es lo esencial, mucho más importante que saber derivar o conocer la combinación de bases nitrogenadas en la herencia. La escuela hiper-técnica se ha olvidado de la vida.
También se ha olvidado del mundo: el entorno no es cosa de expertos en economía o ciencia política. Tener bases para ejercer la ciudadanía es deber de toda persona educada. Las universidades forman ‘especialistas bárbaros’ (dijo Ortega y Gasset): profesionales que saben mucho de una muy pequeña parte del cosmos e ignora las cosas más elementales de su mundo. La obligación de la educación es formar personas cultas, lo cual no significa que sepan de música clásica o identifiquen un cuadro de Kandinsky, sino que tengan la información esencial en los conocimientos básicos de su mundo: economía, historia, análisis de su realidad nacional y ciencias. La escuela se ha olvidado del mundo social. Ingenieros buenos en resistencia de materiales y sin pisca de comprensión de la realidad de su municipio.
Así las cosas, debemos apercibir a los educadores que vuelvan a los saberes para la vida y el mundo con su entorno. Formen jóvenes cultos y no sólo bárbaros con especialidad. Si así lo hacemos nuestra calidad de vida será infinitamente mejor: haremos funcionales a las familias, mejoraremos la salud y tendremos una democracia real. El hecho de que el problema más significativo de salud pública sea la proliferación de las llamadas enfermedades culturales (que se originan por malos hábitos), y que los procesos electorales sean una farsa por la enorme manipulación de los ‘ciudadanos’, indica que el déficit educativo es la causa de muchos de nuestros males (casi de todos). Y esto es lo que deben preguntar para guiar las reformas educativas, no torpezas que reprimen a los profesores como instrumentos para crear una ‘calidad’ en realidad mediocre. Los profesores son muy importantes: sin ellos no hay civilización posible, pero enseñando lo adecuado.

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