Hijos del neoliberalismo

Hijos del neoliberalismo

“Los usufructurarios del poder declaran abiertamente sentirse satisfechos porque el país no se les ha deshecho entre las manos.”

-Maquío

 

Sea cual sea la generación a la que pertenecemos, cualquier persona viva en México es víctima histórica de la política tecnócrata de Estado, que durante casi cien años, sólo ha cambiado de rostro y nombre, pero que se ha mantenido firme en sus ideales de permanencia y continuidad del poder. Hijos de Díaz Ordaz, de Echeverría, de Salinas, Zedillo o Peña Nieto. Hijos de diferentes padres, y todos educados de la misma forma.

Los mexicanos, como muchos otros en el mundo, somos producto de la promesa que nunca llegará: un día nos haremos ricos. Un día tendremos la casa en Las Lomas, o el coche más lujoso; un día traeremos calzado italiano y loción francesa. Un día tendremos jardín y servicio. Un día estaremos del otro lado; seremos al que le sirvan y no el que sirva.

Y el punto es que no tiene nada de malo tener poder adquisitivo, el problema es cuando se le vende esta ilusión a quien no nació en cuna sino en pesebre; a quien no tiene estudios, ni conocimientos teóricos, y que víctima de su misma pobreza, sólo tiene dos manos y la fuerza de su cuerpo para trabajar. Porque nadie a través de la historia del mundo, se hizo rico a través de vender su fuerza de trabajo nada más, ni ganando el salario mínimo, o absorbiendo los problemas actuales de la macroeconomía.

Entonces, cuando hablamos de Rusia o de Cuba, suena casi a vituperio. La palabra <<comunismo>> es ofensiva. A Marx lo leemos como una vieja referencia, Lenin fue un tirano, Fidel fue un dictador, y quien sea que defienda aunque sea mínimamente el ideal del bienestar colectivo, no es más que un vil chairo.

Así de pequeño es el criterio que las políticas de Estado nos han permitido forjar, porque aunque a través de los años -bajo el modelo neoliberal-  la miseria sólo haya aumentado, para el mexicano promedio, es mejor vivir persiguiendo un sueño cual hámster en rueda.

En otras palabras, el modelo educativo, económico, las estructuras sociales, la distribución demográfica no es casualidad ni accidente; nos diseñaron para que a través del tiempo, seamos los soldados rasos del sistema. La clase más oprimida, son los que sin saberlo, se enfilan como peones de quienes se encargan de maquinar la propia opresión.

A esta alienación social, sumemos el cúmulo de desinformación que hoy día se encuentra por ahí, circulando de manera tan rápida que ni siquiera hay que buscarla. Nos están prostituyendo la verdad histórica con manipulaciones de conceptos políticos: ni el comunismo es Cuba, ni el populismo es Venezuela.

El reconocimiento de que hay dos clases sociales enfrentadas entre sí, una arriba de otra, le suena terrible a los centro-derechistas, puesto que al admitir esto, estarían contraviniendo el discurso oficialista; el que no reconoce la pobreza como consecuencia de la política económica del último siglo. Ningún beneficiado acomodaticio del neoliberalismo ha salido a enunciar cuáles son las consecuencias del capitalismo salvaje que hemos solapado en México, y que actualmente se traduce a los 53 millones de pobres que se extienden a lo largo y ancho del país, a las 62 millones de personas cuyos ingresos están por debajo de la línea de bienestar, a los 24 millones de mexicanos que no tienen pan qué llevarse a la boca, a los 14 millones que no tienen un techo, suelo o espacio digno para vivir, a los 9 millones de compatriotas que viven en la pobreza extrema. Por ello, con la estadística en su contra, la mejor defensa de los neoliberales, ha sido el ataque contra toda forma de pensamiento que se oponga a la brutalidad del capitalismo injusto.

En la ruta del marxismo leninismo americano sólo se declaró un enemigo: la política estadounidense que ha sido el hilo conductor de la pobreza, la desigualdad, la emigración y el saqueo latinoamericano. La ideología de que el bienestar es sinónimo de acumulación, de que la felicidad se construye con riqueza, y que o somos esclavos o esclavistas. El problema más grande no es ni siquiera la lucha entre el capitalismo y el comunismo, sino las condiciones en las que se juega: no hay ni terreno ni reglas parejas para jugar a sobrevivir.

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