Aparece de nuevo el talante antidemocrático de la élite del poder

Aparece de nuevo el talante antidemocrático de la élite del poder

El discurso político dominante en las últimas cuatro semanas de campaña se originó de la decisión de la cúpula de las cúpulas empresariales, el Consejo Mexicano (de Hombres) de Negocios y el Consejo Coordinador Empresarial, de subirse al ring para enfrentar las críticas de las reformas estructurales planteadas por el candidato puntero en las encuestas, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), lo que ha puesto de relieve no solo que la élite del poder económico ha decidido hacer política electoral corporativa para defender las mencionadas reformas, sino la existencia de una dislocación mayor del sistema político-económico construido por los neoliberales a partir de 1982, sin asumir que paralelamente emergió un fuerte pluralismo político. Lo que ocurrió fue que la fusión de ambos procesos derivó en: un debilitamiento de las instituciones heredadas del autoritarismo y la construcción de un orden democrático simulado, que no evita la circulación de dinero ilegal en las campañas electorales, y mantiene un sistema monolítico de medios de comunicación masiva que siempre cierran filas para defender a la élite del poder.

La conclusión es evidente: los que verdaderamente mandan en México están mostrando una vez más su talante antidemocrático y anuncian que, por las buenas o por las malas, no dejarán que AMLO llegue a la Presidencia de la República. No tienen la voluntad de reconocer que la corrupción y la impunidad han irritado profundamente a la gente, que el desempeño económico ha sido socialmente insatisfactorio por partida doble pues ni se generaron nuevos empleos de calidad para la mayoría ocupada, ni se pudo contar con los excedentes necesarios y suficientes para garantizar la vigencia de los derechos de todos y, en consecuencia, el incremento del bienestar. Obnubilados por la riqueza acumulada no atendieron las alertas sobre la fragilidad del Estado, como lo demanda la compleja realidad social, política y del poder de México. En lugar de buscar el mayor consenso posible se embarcaron en más reformas estructurales con el Pacto por México. De aquí la crisis de estatalidad, ahora exacerbada por la violencia criminal que asuela a varias regiones de México. Ven la tempestad y no se hincan.

Una de las formulaciones del discurso de AMLO que más preocupan a la élite es la que se refiere a que tomaría en cuenta los principios que sustentaron el llamado desarrollo estabilizador aplicado por los gobiernos que siguieron al del General Cárdenas, que, en lo esencial, fueron conservados para dirigir la economía por parte del presidencialismo autoritario implantado como régimen entre la década de los años cuarenta y fines de los setenta, propiciando un crecimiento de PIB superior al 6% anual. Ese modelo económico fue revisado drásticamente a partir de 1985, bajo el imperio de la tesis que veía en el Estado el origen de los problemas más que la solución. Los neoliberales adoptaron el Estado mínimo como objetivo fundamental e iniciaron el desmantelamiento de las estructuras e instituciones dedicadas a facilitar y fortalecer la economía mixta, que alcanzó su mayor velocidad a partir del fraude de 1988 y se profundizó entre 1995 y el año 2000 cuando ocurrió la alternancia en el poder del Estado, mientras tenía lugar un profundo cambio estructural para propiciar la globalización del país por medio de una economía abierta y de mercado.

Todo este conjunto de transformaciones avanzó a varias velocidades y ha rendido frutos diversos, pero configuró un contexto político, económico e institucional en el que según las visiones hegemónicas del bloque dominante no tendrían cabida ni la mencionada economía mixta ni el presidencialismo económico. El insatisfactorio desempeño económico de las últimas tres décadas, junto con el registrado después de la erupción de la Gran recesión en 2008, deberían ser argumentos de primera mano en favor de una nueva revisión del régimen económico resultante de las reformas neoliberales y provocara en una mayor fragilidad de la economía y una descomposición ominosa de la cohesión social mexicana.

No se trata de regresar al pasado, pero sí de revisitar nuestras experiencias en el gobierno de la economía con un propósito bien definido: combinar la estabilidad financiera con un crecimiento de por lo menos el doble del registrado en lo que va del siglo, asumiendo con seriedad que el desarrollo exige redistribuir y conformar nuevas y diferentes capacidades. En un cambio de rumbo como el sugerido por AMLO los agentes privados tal vez podrían descubrir nuevas fuentes para iniciativas políticas y económicas innovadoras, que lleven su narrativa y acción más allá de la nueva campaña del miedo y las amenazas de provocar una nueva fuga de capitales, contra el candidato puntero. Como bien señala Rolando Cordera, “hasta podrían reencontrarse con las virtudes de una economía mixta como la que le urge (re) construir a México. Para desarrollarse y dejar atrás el regodeo con un crecimiento que sólo puede satisfacer las ansias modernizantes de una elite sin sustento ni consenso”.

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