Mientras algunas madres celebraban, otras marchaban exigiendo el regreso de sus hijos

Mientras algunas madres celebraban, otras marchaban exigiendo el regreso de sus hijos
Las lágrimas que dolieron más fueron las de las madres comenzaron a empapar el cubre bocas blanco con la leyenda “¿dónde estás?” y a enjugar el grito de “Nada que celebrar” foto: andrés sánchez

Se les arrebató la sensación con las garras de la injusticia que viste de negro al país

La celebración a este sector, más allá de ser especial, fue una estrategia propagandística

 

A la misma hora en que los restaurantes se abarrotaban para el desayuno de las madres, que engalanadas disfrutaban de la compañía de los hijos y de la infaltable canción de la brasileña Denise de Kalafe, en ese mismo momento por las principales calles de la ciudad, otro grupo de madres marchaba exigiendo justicia, o mejor, que sus hijos regresen con vida a su lado.

Al mismo tiempo en que las madres aplaudían el baile de sus “criaturas” en la primaria y derramaban lágrimas dulces que más o menos estropearon el rímel, en ese mismo instante otras inundaban el recuerdo con lágrimas saladas cuando gritaban el nombre de sus hijos desaparecidos en un pase de lista que unió a los marchantes, cimbró los cogotes y volvió a agrietar los corazones.

¡Qué injustas son a veces las coincidencias! Porque en uno de los días más importantes para la cultura mexicana, el dedicado a la figura en la que el ser nacional deposita toda su devoción, algunas madres son festejadas por el hecho de serlo mientras que a otras se les ha arrebatado la sensación con las garras de la injusticia que viste de negro al país.

Pero a pesar del dolor que aqueja al territorio de las desgracias, parece que el show sigue. “Amor eterno” de Juan Gabriel se repite de manera incansable en los sonidos en cada negocio de la ciudad que de pronto también se convirtió en un jardín de cemento con flores sembradas en cada esquina, a 30 pesos el ramo de rosas rojas, a 50 el surtido.

Y no faltó también la mercantilización de la fecha, el festín abigarrado del kitsch que se aprovecha del fervor consumista para demostrar respeto y amor a la “madrecita santa”, que merece, quizá, una nueva batería para la cocina, o mejor un perfume de procedencia ilegítima, o un San Judas de 60 pesos para la sala o mejor la virgencita para que cubra al pueblo mexicano con su manto, porque si hay una madre a quien hay que celebrar el día, además de la carne y hueso que dio la vida, es a la Virgen de Guadalupe.

Aparecieron también las rosas blancas, la pureza hecha flor para la mujer más pura que el día de ayer fueron entregadas de mano a mano en la calle por individuos de cuello blanco también, porque si hay alguien que sabe de frivolidad y oportunismo, esos son los políticos que además la exacerban en tiempos electorales, como Rodrigo Román, el“Ro”, que desde la noche anterior su voz se escuchó por los callejones de la ciudad casi queriendo cantar serenata.

La devoción hacia la madre en México se acrecentó con la institucionalización del “Día de la Madre” en 1922. Que más allá de nacer como una fecha especial de celebración, fue una estrategia propagandística y política para combatir las manifestaciones feministas de ese año en Yucatán.

Lo festejaba el pueblo desde 1911 pero gracias a la convocatoria que realizó el periódico Excélsior mediante el periodista Rafael Alducín, quien se inspiró en la celebración que se llevaba a cabo en Estados Unidos y con ayuda de José Vasconcelos, secretario de educación en aquel entonces, el Arzobispado de México, la Cruz Roja y la Cámara de Comercio, quedó institucionalizado en 1922.

La idea de Alducín era para homenajear a la madre como persona insustituible en la vida, ya que consideraba que el sacrificio de ésta era demasiado grande y porque no había mejor manera de poder “aquilatar con certeza la profundidad y el alcance del amor materno”. De este modo, para institucionalizar el día, el propio periódico Excélsior lanzó en sus páginas una convocatoria el 13 de abril de 1922 para seleccionar la fecha. Como consecuencia, el 10 de mayo de ese mismo año se celebró el primer Día de las Madres en México.

Fue el mismo periódico Excélsior quien promovió la construcción de un monumento a la madre en 1927, pero el proyecto se inauguró, después de varias intentonas, hasta 1949 con Miguel Alemán gobernando el país. El monumento tenía como lema “A la que nos amó antes de conocernos”, con esto, aseguran los estudiosos, las protestas feministas que habían surgido temprano en el país quedaban enterradas bajo la ola propagandística que exaltaba a la mujer sacrificada y de amor incondicional.

Pero tal parece que hoy, a diferencia de aquel Estado que las consolidó como la figura omnipresente para festejarle su amor incondicional, en este tiempo se les enfrenta como el principal enemigo, el que no brinda justicia aun y cuando tiene la potestad, el que se enmascara bajo la impunidad y se esconde tras los escritorios cuando las madres salen a marchar exigiendo la justicia para sus hijos.

Ayer, en Zacatecas y seguramente en México, el 10 de mayo, a pesar de su sempiterna festividad, ha dejado de tener el mismo brillo, porque si hay algo que al mexicano le produzca el máximo encono, es que esa figura inmarcesible de la madre sea lastimada. Y las lágrimas brotaron, sí, dulces y saladas de acuerdo con la ciencia, sin embargo, las segundas fueron las que dolieron más cuando comenzaron a empapar el cubre bocas blanco con la leyenda “¿dónde estás?” y a enjugar el grito de “Nada que celebrar”.

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