Lesión a uno, lesión a todos

Lesión a uno, lesión a todos

Es cierto que la ciencia ficción proyecta a futuro las posibilidades del presente, lo que podría depararle a la humanidad en los años por venir, y en esa proyección, que no siempre resulta del todo certera, sucede un reconocimiento cruel y genuino del punto de origen, es decir, del entorno a la obra misma. Por tanto, en ese ejercicio la ciencia ficción resulta ser un experimento mental que ensaya con aquello de lo que podría pasar no en el futuro sino en el presente o en el pasado. Pienso en un relato de Ray Bradbury, El ruido de un trueno, que relata la experiencia de un safari en el tiempo, donde todas las horas apiladas en llamas desprenden un rugido ensordecedor, acaso como una premonición terrible no sólo de la mole carnívora que surgirá de un bosque de la era cretácica sino de las consecuencias finales. Sin garantías de volver vivo, el turista en el tiempo ocupa su rol de cazador no sin antes ser advertido de lo que sí puede tocar y de lo que está prohibido perturbar: tiene permiso para pegarle un tiro en la cabeza al rey tiranosaurios pero no debe pisar ningún helecho prehistórico. La cosa sale mal aunque no tan mal porque todos sobreviven. Y sin embargo las repercusiones por haber incumplido la premisa máxima se sabrán al retorno: una elección presidencial del país más poderoso del mundo se tuerce de fea manera hacia la tiranía, la xenofobia, el racismo.

En esa colindancia entre la ciencia ficción y la fantasía, existe Jack Harkness, el capitán Jack Harkness, líder de una agencia secreta del gobierno británico diseñada para contener amenazas alienígenas: Torchwood. El líder de Torchwood es un extraterrestre y sus decisiones no son para nada sencillas y, en más de una ocasión, resultan dolorosas y crueles. Su trabajo es confidencial, despreciable y necesario. En una de tantas misiones, ante un ultimátum de consternación, donde la exigencia consiste en la entrega de un regalo para una civilización que se proclama superior (el diez por ciento de los niños del mundo para las huestes de una raza interplanetaria), Harkness defiende el derecho a la vida y a la libertad como algo que es inconcebible negociar: “tenemos un dicho en la Tierra, un sabio y viejo amigo me lo enseñó: una lesión a uno es una lesión a todos”. Por esa declaratoria de guerra Harkness pierde a su primer ser amado, y para resolver el entuerto tendrá que desprenderse, en una decisión que solamente a él le compete, del vástago de su hija y con ello socorrer a la humanidad. Todas esas acciones en el campo de guerra son paralelas a la pedantería diplomática de la clase política, que desea pactar a toda costa para salvaguardar a los suyos y su patrimonio, siendo un sumario de cobardía y languidez mental.

El miedo del primer ministro del Reino Unido y el arrojo de Harkness son el anverso y el reverso de una misma naturaleza: la estupidez que vela sobre la inmensa inteligencia del hombre. Una se concibe, la otra también pero cuesta más trabajo entenderla. Así como cuesta entender la farsa mexicana que, desde hace más de una década, se padece a diario como un torbellino inconmensurable que deja muertos por doquier. Se concibe el dolor, la indignación, la rabia de un pueblo que sangra. Se concibe, pero a un ritmo más rumiante, menos digerible, que la seguridad de una élite sea a costa de la inseguridad de una mayoría. En la década de los noventa del siglo pasado centenares de asesinatos evidenciaron la imposibilidad de cumplir la ley o aplicar la justicia en nuestro país: los feminicidios de Ciudad Juárez. Aquellas omisiones de la Procuraduría de Chihuahua serían la muestra representativa de una realidad mexicana que se topó con un muro infranqueable: el discurso oficial. La corrupción, la ineficacia, la impunidad condicionaron las investigaciones. La gravedad del asunto se minimizó por conveniencia política, por defender la institucionalidad, por encubrir a los allegados al poder. Este actuar, avieso y ominoso, normalizó la barbarie solapada por la anarquía reinante. Desde entonces el mensaje de las autoridades, no sé si consciente y premeditado pero sí eficaz y conciso, ha sido el siguiente: aquél que ha violentado a una mujer, o a cualquier semejante, puede volver a hacerlo y no será castigado por tal acto de crueldad. El cinismo comienza en el discurso oficial y se consuma en el vacío de un castigo real.

En uno de tantos pasajes oscuros de su pasado, el capitán Harkness había fungido como un negociador sin escrúpulos en un intercambio escalofriante: una docena de niños por una vacuna contra una segunda gripe española, pandemia que dejó desahuciado al mundo al aniquilar el cinco por ciento de su población. Doce niños a cambio de treinta, cuarenta millones de vidas no es una mala operación, niños que además por su carácter de orfandad nadie los extrañaría, nadie preguntaría por ellos. Aun con su sabiduría milenaria de inmortal, Harkness falló en su cálculo porque una vida vale lo que un millón de vidas, porque doce infantes equivalen al diez por ciento de la niñez mundial, porque la existencia no es cuantificable, y cuando se cede ante el mal será a perpetuidad y, peor todavía, el mal es insaciable, siempre va a más. Cuando no hubo remedio para Ciudad Juárez se extendió la estandarización de la violencia. De esa urbe fronteriza siguió el resto del país y de mujeres jóvenes de la industria maquiladora se pasó a niños, a estudiantes, a empresarios, a la sociedad entera. Cuando Harkness se convenció que “una lesión a uno es una lesión a todos”, se implicó en resolver lo que él mismo había iniciado cuando consintió ante el mal, incluso sabiendo que en ello perdería a sus seres amados. Lo asumió porque sólo así puede darse lo trascendental: el inicio de un largo proceso para revalorar la vida. ν

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