Guillermo, el pingüinito juguetón*

Guillermo, el pingüinito juguetón*

La Gualdra 336 / Día del Niño / Río de palabras

 

Guillermo era un pingüinito juguetón que vivía en una casa congelada del Polo Norte. Junto a él dormían sus hermanitos Genaro, Gilberto y Gerardo. Don Miguel y Doña Regina, papás de los pingüinos, les contaban historias de geranios y jilgueros en jardines que habían conocido cuando eran jóvenes.

Guillermo era tan juguetón que hasta en sus sueños hacía travesuras. Estando dormido buscaba imágenes y las encontraba con mucho ingenio. Se imaginaba en una agencia de gendarmes o un cuartel de guerreros. Se imaginaba también como ángel o guitarrista famoso. Imaginaba a sus hermanos como ingenieros o gitanos. Cuando despertaba, Guillermo reunía a sus hermanitos para contarles sus sueños.

Un día Guillermo propuso un juego nuevo: prepararían gelatinas, merengues y agüitas de sabores. “Será fácil. Todo es cuestión de ingeniárselas para ser ágiles y terminar en menos de tres giros”. Doña Regina dejó de peinar su cabellera güera y, por poner atención a su hijo, casi tumba el enjuague. “Pero deben cuidar que las agüitas no se congelen”, aconsejó. Los pingüinitos, emocionados, prometieron a su mamá limpiar la cocina cuando terminaran de guisar.

Guillermo parecía general dando órdenes a sargentos. Mandaba a Genaro por una charola; a Gilberto por una batidora; a Gerardo por un recogedor. “¿Para qué quieres un recogedor, hijito?”, preguntó don Miguel. “Es que el azúcar se me cayó y formó un círculo gigante”.

Media hora después los pingüinitos se pusieron de mal genio. El merengue no esponjaba, las gelatinas no temblaban y las agüitas estaban congelándose. “Mami, mami -gimió Guillermito-: Ayúdanos a cocinar esto”. Cuando Doña Regina llegó, los otros pingüinos gemían también. “Mami, mami: este juego ya no es divertido”.

Parecía que en la cocina había terminado una guerra. Por todas partes había azúcar, colorantes y cucharas. Doña Regina hacía gestos mientras giraba con la escoba: a la derecha, a la izquierda. Mientras tanto Don Miguel pedía a sus hijitos que ayudaran a recoger las cosas que estaban en el piso.

Terminaron cansados, pero felices. Don Miguel pidió a su esposa que descansara, y entonces él mismo preparó una gelatina de naranja para todos. Al final del día los seis pingüinos se fueron a sus camas muy contentos. Guillermo, el pingüinito juguetón, pensó que para el día siguiente jugaría a algo menos complicado. Lo que entonces llegó a su ingenio es parte de una historia que contaré otro día…

 

 

* Nota para profesores y papás: Este cuento ayuda a la identificación

y dominio de palabras con sílabas ge, gi, gue, gui, güe y güi.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-336

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