Jóvenes y violencia extrema, entre la banalidad del mal y gobiernos-trampa

Jóvenes y violencia extrema, entre la banalidad del mal y gobiernos-trampa

Nos hemos conmocionado los mexicanos ante casos donde los jóvenes estudiantes normalistas estuvieron capturados por criminales (entre las cuales había autoridades del Estado) y, según la versión oficial, fueron desintegrados con fuego. Ahora nos enteramos de jóvenes universitarios que son desintegrados en ácido. ¿Ante qué modalidad del mal nos encontramos? En la Segunda Guerra Mundial la pensadora Hannah Arendt meditó sobre el mal en los campos de exterminio. Se sorprendió que Eichmann (a quien juzgaban por crimines contra la humanidad), el cual había sido administrador de un campo de concentración, no era el esperado ‘monstruo’ lleno de furia e inteligencia maligna. Nada de eso, lo que le sorprende y horroriza a la profesora Arendt (en ese momento en actividad periodística) es que el sujeto que juzgan es un burócrata común y ordinario, que cumplía con su trabajo y obedecía las ordenes al pie de la letra. Y descubrió en él otro rasgo: no había reflexión sobre las propias acciones. Nula capacidad de pensar y de crítica. En otra referencia, vimos a “El Benni” en la película de El Infierno, donde era un común migrante que llega a su terruño, y al poco tiempo estaba descuartizando personas y haciendo los actos que eran inimaginables pocos meses antes.
Ahora que vemos a jóvenes que se integran a organizaciones criminales y al poco tiempo son transformados en bestias que exterminan y desintegran a otros jóvenes por la instrucción de alguien. No nacieron monstruos, eran jóvenes comunes y corrientes. Ordinarios. Y luego hubo algo que los transformó en bestias sanguinarias e insensibles. Pero lo que más debe llamar a la reflexión es la reacción social a esos eventos. Todo mundo aprieta los dientes y levanta los hombros y sigue como si nada ocurriera. La ‘banalización’ del mal de que habla Arendt, donde un hombre común y corriente realiza actos atroces como un dispositivo más del mecanismo burocrático, pasa ahora a una ‘normalización del mal’, donde los ciudadanos nos adaptamos a observar crueldades como-un-caso-más. La banalización ética en los jóvenes está dando lugar a la bestialización de una parte de las nuevas generaciones. Pero como un efecto de una sociedad dopada. Las condiciones: sin oportunidades, sin utopías, sin empleos, sin educación, y sin y sin y sin.
Sin duda la cosa seria distinta si los jóvenes tuvieran la oportunidad de un sistema de educación efectivo. Sólo el 2 por ciento de los delincuentes encarcelados tiene estudios universitarios, lo que significa que hay algo en los estudios superiores que aleja la criminalidad. Y el costo de un preso es de mil pesos por día (de una de las cárceles distritales de Zacatecas) y de 146 pesos es el costo de un alumno de la universidad. ¿Y las autoridades dónde orientan el gasto? Lo cual indica que las autoridades han sido responsables de reproducir las condiciones que están bestializando a los jóvenes que siguen los pasos del crimen. Tenemos gobiernos que son algo peor que una basura, son una trampa: producen el mal que dicen combatir. La banalidad nos inunda y asfixia, mientras el Estado se hace parte de lo mismo.

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