El debate: sin novedad

El debate: sin novedad

Los mexicanos ya conocemos esta película, horas antes del debate, los principales candidatos colocaban –algunos con seres humanos, otros con bots- mensajes de apoyo para cada uno de ellos en redes sociales; luego a la hora del debate, análisis y debates, para después intentar hacer ver cada uno a su candidato como el ganador.
Pero decir quién ganó el debate es una pregunta de respuesta imposible en un simple nombre. Todo depende de qué tuviera qué ganar cada uno y qué tuviera qué perder.
En una elección reñida, cada palabra tiene la intención de subir un punto, una décima cuando menos; para quienes van abajo, sin la posibilidad de ganar, a veces el triunfo consiste en salvar el registro de sus partidos, para quien se inscribe para jugar al francotirador, la victoria está en descalabrar al objetivo.
Pero en esta elección, en la que la diferencia entre el primer y segundo lugar es de 22 puntos porcentuales (según la encuesta más reciente), no hay forma de declararse ganador de este debate más que con un indiscutible knock out que no ocurrió.
Las predicciones se cumplieron, los cuatro candidatos restantes se dedicaron a buscar trenzarse con Andrés Manuel López Obrador, quien con la arrogancia o comodidad (según se vea) de ser el puntero, dejó pasar más de un ataque sin darle juego al retador.
Con la cómoda ventaja que mantiene, dedicó su tiempo a reiterar lo que ya ha expuesto en muchas otras ocasiones: que los ladrones son “niños de pecho” comparado con los ladrones “de arriba”; que la corrupción es el mal más importante del país y que eliminarla permitiría usar recursos públicos para los más desfavorecidos; que ésto se logrará –según su decir- debido a que él no es corrupto y eso servirá como primer paso para eliminar la corrupción, etcétera.
Servida la ocasión por sus contrincantes, detalló la propuesta de Ley de Amnistía, aunque no explicó el ABC de qué sucedería si ésta se aplicara, sino que se centró en cómo se llegaría a ella, entre otras cosas, con la realización de foros en los que invita a participar hasta al Papa Francisco.
A los ataques viejos, los dejó pasar. Siendo ésta su tercera campaña se esperaría que no se usaran las armas de otros años que de alguna manera –dado que su fuerza política está en crecimiento- han mostrado ineficacia. Le mencionaron lo de siempre, que si estuvo afiliado al PRI, que si Ponce y Bejarano, de qué vive, etcétera. A todo eso, López Obrador no dedicó tiempo ni atención.
Respondió sin embargo a la acusación de José Antonio Meade de tener tres departamentos no declarados en su 3 de 3, y lo hizo ofreciéndoselos de regalo si lograba probárselos, y dado que no se presentaban escrituras, fotografías o evidencia física de ellos, la acusación quedó como una estridencia de un lejano tercer lugar.
En ello el candidato priista juega con fuego, pues habiendo sido ex secretario de Hacienda, toda acusación al tabasqueño en cuanto a su patrimonio y situación financiera, es cuando menos una confesión de omisión o negligencia, pues si alguien podría tener “los pelos de la burra en la mano” tendría que ser José Antonio Meade.
Ricardo Anaya también enfiló sus palabras y cartulinas contra López Obrador, colocando dos tibios golpes: a) la atención sobre la polémica amnistía, y b) la mención de actuales colaboradores de AMLO como antiguos adversarios del tabasqueño.
Ninguno de los dos temas es novedad, y aunque dado su condición polémica pueden generar antipatía por el tabasqueño, esa ya está contabilizada en las encuestas. Es decir, a quien esas dos cosas le desaniman a votar por López Obrador, ya lo habían desanimado antes del debate.
Otros golpes también ya vistos son los que se dieron entre el resto del TUCAM (Todos Unidos Contra Andrés Manuel), Meade y Anaya volvieron a hacerse acusaciones mutuas de corrupción y complicidad; Margarita Zavala volvió a atacar a Anaya, y el Bronco a todos en esa generalización simplista que hace de los partidos.
El ánimo bélico fue constante. De acuerdo al sitio Verificado que llevó un conteo de los ataques de un candidato a otro, Meade lo hizo en 13 ocasiones, Anaya y El Bronco lo hicieron 12 veces; 8 Margarita Zavala, y una sola de López Obrador, aunque este último fue el que más ataques recibió.
Y sin embargo, sin novedad. No hubo en los ataques nada que sorprendiera, que sacudiera, y por tanto, que pueda suponer un punto de quiebre que cuando menos acorte la diferencia entre el primero y el segundo en las encuestas.
No obstante es pronto para decirlo, no sólo porque los efectos del debate tardan en hacerse notar, sino porque nos quedan dos más por delante. Hasta ahora, las preferencias electorales parecen seguir igual que hace una semana.

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