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Las prisiones y el fracaso de la reinserción

Las prisiones y el fracaso de la reinserción

Las evaluaciones de las prisiones tienen varios fines. Uno es ver si cumplen con sus funciones u objetivos, y otro es revisar si la vida interna es digna y respeta los derechos humanos. El objetivo de las instituciones penitenciarias es (como su nombre lo dice) readaptar a los delincuentes a la sociedad. Es decir, el delito es una forma de romper con el pacto social, y por ello al autor del mismo se le retira de la sociedad para corregirlo y regrese integrado a la misma. Hacer esto significa librar a la sociedad de delincuentes. Si no logra este objetivo, entonces la institución penitenciaria le está inyectando delincuentes entrenados a la sociedad. Y la medición que se hizo respecto a la dimensión de reinserción social de 2007 a 2014 se obtuvo el siguiente resultado: en 2007 había mil 400 reincidencias, y para 2014 subieron a 10 mil 900. Es decir, hubo un aumento de 634 por ciento en la reincidencia documentada. Tal vez la reincidencia sin documentar sea aún mayor.
Si las prisiones no respetan la dignidad de los presos, y no les ofrece la posibilidad de habilitarse para el trabajo o el estudio, entonces menos cumplirá con su objetivo último. Las condiciones adecuadas de reclusión son factores que ayudan al logro de su objetivo, aun así, son condiciones necesarias pero no suficientes para reintegrar los presos a la sociedad. Lo que observamos es que el modelo penitenciario que tenemos no da para el objetivo que se marca. Ante esto, se convierte en finalidad retórica. Proponerse la reinserción o la llamada ‘prevención terciaria’ en centros dominados por los grupos del crimen organizado que justo ahí reclutan militantes, resulta una quimera.
Se debe cambiar todo el modelo. Todo. Una de las condiciones para reintegrar a los presos, es que antes éstos corten las antiguas relaciones, para que se puedan plantear nuevas expectativas para su vida. Pero si llegan a la prisión y continúan en los mismos grupos de pertenencia, eso nunca será realidad. Serán parte de un ecosistema insular de la delincuencia. ¿Por qué no pensar en una modelo que permita, antes que nada, romper con esos lazos? Y así como se pasó de la prisión tipo calabozo que castigaba el cuerpo como venganza por haber violado el orden del Rey en la edad media, al panóptico de la modernidad que normaliza el alma; ahora debemos pensar en dar otro salto: a la reestructuración de la identidad de cada infractor. Y para eso, después de romper con los lazos anteriores, deberán darle las condiciones para que se enfrente a decisiones vitales que lo lleven a nuevas expectativas. Por lo mismo las arquitecturas cerradas y encerradas ya no sirven para eso. Ni la vigilancia panóptica, ni la concentración de todos los reos en un solo lugar. Es mejor concebir ecosistemas abiertos y dispersos. Si no se empieza a pensar e implementar otros modelos, las prisiones seguirán regresando delincuentes a la sociedad.

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