El peso de la sumisión

El peso de la sumisión

Sin dudarlo prevalece una perspectiva trágica de la política que se ha convertido en mercadotecnia -sin proyecto-, alejada de los principios reglamentarios que son necesarios para la construcción de una democracia orientada al bienestar colectivo y a la resolución de los más graves conflictos que aquejan a la sociedad mexicana, sea cual fuere su desagregado territorial de frontera a frontera.
Es decir que en cualquier bastión geográfico de esta patria herida, hay una situación caótica donde imperan el desorden, el engaño, la mentira y una desacralización espiritual que transgrede las identidades y la cultura en su más extensa pluralidad, de región a región, de pueblo a pueblo y de familia a familia, bajo el yugo de la injusticia y la desconfianza generalizada.
Ante las elecciones del próximo uno de julio, desde la cultura se ha tomado la tribuna para reflexionar sobre este proceso que por un lado provoca hastío por los candidatos de siempre y las promesas incumplidas, y por el otro, por su manufactura simuladora, de choque y ofensiva ya, para el electorado de este país.
Recientemente se publicó una entrevista a Juan Villoro en su casa de Coyoacán en la Ciudad de México, y al preguntarle por las próximas elecciones, señaló que México se encontraba en un escenario muy complejo “porque la realidad nos queda a deber, dado que es una realidad muy quebrantada que deja insatisfecha a muchas personas. México enfrenta un entorno degradado y falto de ilusión, esto de algún modo es la crisis más fuerte que tenemos”.
Ante la pérdida de la candidatura de María de Jesús Patricio, Marichuy y una sucesión interminable de esperanzas canceladas, Villoro señaló que “…Los mexicanos hemos experimentado varios gobiernos posteriores a la alternancia y nos han dejado la misma sensación de insuficiencia de antes. El gran problema es que no vemos una luz al final del túnel, estamos metidos en el túnel o, para ajustarnos más a los tiempos que corren, en el socavón”.
A pregunta directa del reportero, de cómo salir de esta oscuridad, el autor de “El libro salvaje” (2008), respondió que “Necesitamos una reforma política. Los partidos encontraron que la democracia simulada que tenemos, es un enorme negocio. Somos dueños el domingo del voto de elección. Al día siguiente, nuestro voto caduca y se desatienden de nosotros los que son elegidos. Los partidos han encontrado que lo importante con los problemas no es solucionarlos, sino administrarlos, lo que permite seguir haciendo pactos y ampliar los recursos para supuestamente arreglarlos. Esta democracia le está costando muchísimo a México. Es una democracia chatarra que le da muchísimo dinero a quienes se benefician de ella. Los partidos han abdicado de sus respectivas ideologías, ya no hay demarcaciones claras de lo que unos y otros defienden, sino que se unen con fines oportunistas y electoreros para tener mayor fuerza, más allá de los principios que decían defender”.
Para muchos y para otros también, esta es la cuestión por resolver para desenmarañar la posición de ficción que ha asumido la política mexicana que se ha remitido a una serie de valores de una uniformidad de pensamiento político durante los Siglos 19 y 20 que hoy es necesario reflexionar con ética y sinceridad, para construir los estamentos de una democracia horizontal que tenga paridad con la pluralidad cultural de los mexicanos y que por supuesto, esté presta a resolver las grandes demandas sociales.
Toda buena democracia apela a un interés general, equivalente a paz social y diversidad en el marco de un orden institucional, donde la voluntad general no sea la ventaja de unos cuantos, sino que responda a aspectos comunes a todos, guiados por la razón que es una palabra ligada a la otredad.
La democracia, asimismo, constituye un método para enfrentar los problemas, ya que es una condición necesaria para enfrentar los retos en un país ya colapsado por la injusticia social y la pobreza, de proporciones muy lamentables.
Dicen algunos autores que el México de la segunda mitad del Siglo 20 era una república democrática. En 1959 Robert E. Scott en su libro “Democracia y transición” escribió que el país era guiado por un partido dominante no autoritario; más tarde en 1965, Pablo González Casanova publicó “La Democracia en México” y en sus líneas expresó que si la participación del pueblo se medía por su ingreso a la cultura y el poder, faltaba mucho para construir una verdadera democracia.
En “Democracia interrumpida” de Jo Tuckman (2015) que relata varios episodios de la política nacional – por cierto fallida-, estimativamente de 1994 a 2015 que dio lugar a una expansión incontenible de la violencia , la delincuencia y a la militarización, en forma especial se hace referencia a la parte final del prólogo escrito por Lorenzo Meyer (1942, Ciudad de México) quien concluye que prefiere pensar en la democratización de México “ como una novela cuyo hilo ha quedado empantanado a causa de sus propios argumentos secundarios… interrumpidos tal vez; perdido, acaso, pero, con certeza, no agotado”.
Frente a lo vivido, lo propicio sería no ser partidarios de la ilusión y de las “cuentas alegres” a las que se está tan acostumbrado; pero sí con certeza, convendría, una profunda transformación para convertirse en aliado de la esperanza, pensando que es posible construir un país libre determinado por la racionalidad y el derecho. Un país adulto y sensible, con veracidad.
Ánimo y fortaleza para todos. ■

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