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Sergio Pitol (1933-2018). Defenderse de uno mismo

Sergio Pitol (1933-2018). Defenderse de uno mismo

La Gualdra 334 / Literatura / In memoriam

 

 

 

Escribir ha sido para mí, si se me permite emplear la expresión de Batjín, dejar un testimonio personal de la mutación constante del mundo.

S. P.

 

Algo extraño comenzaba a enredarse en la mente de Sergio Pitol. Tal vez el vacío, que todo lo ocupa, todo lo colma silenciosa e irremediablemente. Ni los fuertes ladridos de Sacho, su histórico bearded collie, traído de la Europa Oriental, lograban aguijonearle esa mirada ausente y cristalizada, la otra declarante en una conversación entre autor y reportero, apenas iniciados los años noventa.

—¡Ya, Sacho!— casi le gritó ante la desbordada algarabía. Un talante perruno, tierno y puede que hasta sonriente, que se traducía en levantar sus grandísimas patas ante el cuerpo del visitante, pretendiendo lamerle la cara. Hasta que un segundo ya tranquilizó al bearded collie y, más, al recién llegado a la casona del Barrio de la Conchita, en Coyoacán.

Entonces, Pitol estaba a punto de dejar la Ciudad de México para volver a Xalapa, sitio donde había radicado en varios periodos de su vida, tras concluir sus labores diplomáticas que lo llevaron a asentarse, durante unos veinte años, en París, Roma, Budapest, Praga, Moscú, Barcelona. No era fácil, aun con el entusiasmo del viaje, deshacerse de un predio construido por Luis Barragán y el traslado de las pertenencias, mayormente libros, preocupación saltaba a la vista en el escritor.

Ahora, muerto Pitol, quedan los recuerdos de esa jornada y esos extraños silencios. Pero más que nada de una obra literaria (novela, cuento, ensayo, traducción) llena de memoria, viaje, fiesta, sueño y ausencia. Una miscelánea creativa (merecedora de importantes reconocimientos) que incluyó siempre el rigor y la mirada a sí misma. La defensa de sí mismo.

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Descreo de los decálogos y las recetas universales. La forma que llega a crear un escritor es resultado de toda su vida: la infancia, toda clase de experiencias, los libros preferidos, la constante intuición. Sería monstruoso que todos los escritores obedecieran las reglas de un mismo decálogo o que siguieran el camino de un único maestro. Sería la parálisis, la putrefacción.

 

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Escribir un diario es establecer un diálogo con uno mismo y, también, un conducto adecuado para eliminar toxinas venenosas.

 

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El ideal de un escritor llegado a la edad provecta, tal como lo imagino, es escribir sólo dos o tres horas al día, leer todo lo que pueda, estudiar, revisar los clásicos del cine en video, quizás dar algún breve curso universitario, ir de vez en cuando unos días a la capital para visitar a los amigos más cercanos, asomarse a las librerías y a una que otra exposición de alto nivel y al volver a casa gozar de la vida más confortable que se pueda proporcionar. ¿Viajar al extranjero? Por supuesto, pero no con frecuencia y sí con pocos compromisos. Un proyecto que se me convierte casi siempre en utopía.

 

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Al organizar una novela lo que me interesa es construir una composición que pueda permitirme utilizar algunos efectos que de antemano imagino. La estructura es lo que decide la suerte de una novela.

 

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Otra regla, la definitiva: jamás confundir redacción con escritura. La redacción no tiende a intensificar la vida; la escritura tiene como finalidad esa tarea.

 

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Defiendo la libertad para encontrar estímulos en las culturas más varias. Pero estoy convencido de que esos acercamientos sólo son fecundos donde existe una cultura nacional forjada lentamente por un idioma y unos usos determinados. Donde nada hay o hay poco, el avasallamiento es inevitable y lo único que se crea es un desierto de vulgaridad.

 

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Tanto los protagonistas de mi primera época narrativa, seres que viven a golpe con la vida e irremisiblemente mueren de mala manera, o desaparecen sin que nadie supiera a dónde se dirigieron, o en qué lugar del infierno se han acomodado, como la fauna esperpéntica que puebla mis últimas farsas, surgidas de una tensión intensa en el momento de la creación. Se trata de combate interior de dos corrientes antagónicas: el deseo de desgarrar el cordón umbilical y el placer de volver a la tibieza del seno materno.

 

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Aunque nadie lo crea me turba y hastía hablar tanto de mí y lo que hago. Por eso me permitiré cerrar esta larga monserga con unas palabras de mi amigo Carlos Monsiváis: “Sergio Pitol ha escrito libros iluminadores, eso se sabe; son un testimonio del caos, de sus rituales, su limo, sus grandezas, abyecciones, horrores, excesos y formas de liberación. Son también la crónica de un mundo rocambolesco y lúdico, delirante y macabro. Son nuestro Esperpento. Cultura y sociedad son sus dos grandes dominios. La inteligencia, el humor y la cólera han sido sus grandes consejeros”.

 

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De la única influencia de la que uno debe defenderse es la de uno mismo.

 

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—Quiere que hagamos una prueba— me dijo Pitol cuando puse la grabadora en la mesa y Sacho se disponía a otro de sus sueños de aquel día.

—No es necesario— le contesté, seguro de haber cambiado casete y pilas.

—Hacemos una prueba…

 

 

***

* @mauflos

 

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