Se profundiza la crisis de representación en México

Se profundiza la crisis de representación en México

El modelo neoliberal del sistema capitalista en el que vivimos desde 1982 ha contribuido a la profundización de la desigualdad, a la ruptura del tejido social y al aumento de la brecha entre las élites y el resto, al enriquecimiento de pocos y el empobrecimiento de muchos. El neoliberalismo excluye, divide, polariza, y es el gran causante de la forma injusta en la que se distribuye la riqueza en el mundo. El Papa Francisco lo ha denominado “la economía que mata”. El dinero se ha convertido en el valor supremo para satisfacer el desenfrenado consumismo que convierte todo, incluidas las personas, en mercancías producidas para consumir y desechar cada vez a mayor velocidad.
Los acontecimientos de los últimos años muestran la profundización del abismo entre los llamados “ganadores” y “perdedores” de la globalización. Dichas disparidades se manifiestan también por la ausencia de diálogo entre distintos sectores sociales, la falta de contacto real entre los partidos políticos y la sociedad. Esto se suma a los efectos de la crisis económica y financiera global de 2008 y trae como resultado un desencantamiento con la narrativa neoliberal y su promesa del efecto derrame (El enriquecimiento de los de arriba, a la larga beneficiará a los de abajo). El crecimiento mediocre de la economía nacional, la brutal pérdida de poder adquisitivo de los salarios y la precarización laboral, contradicen dicha narrativa, mostrando una situación en que la riqueza no se redistribuye, sino que se esconde en paraísos fiscales. A lo anterior se suma la desenfrenada corrupción y su vicio gemelo la impunidad. Y como consecuencia de todo lo anterior tenemos una gran desafección de la población ante las instituciones republicanas, lo que ha conducido a varios cientos de miles de mexicanos a colocarse fuera de la ley. La exclusión de millones de jóvenes del empleo y del estudio, agudizada por la incisiva propaganda que los empuja a culpabilizarse por no ser parte del exclusivo círculo de consumidores cotidianos, ha generado el ejército de reserva disponible para el crimen organizado.
La desafección de crecientes segmentos de la sociedad mexicana se hace patente con la decisión de no denunciar los delitos ante el Ministerio Público, y es más notoria cuando estudiamos sus percepciones sobre los partidos políticos y la clase política en su conjunto. Nunca como ahora han tenido tan poca credibilidad y su comportamiento en este proceso electoral no está significando un cambio para bien. La etapa recién terminada de registro de candidatos a los cargos de elección popular ha puesto de manifiesto la distancia enorme entre las militancias y los pequeños núcleos de personas con el poder de decidir las candidaturas y con el de la firma para proceder a su registro. Si bien el artículo 41 constitucional indica que los partidos deben propiciar la participación popular en la vida democrática del país, en el episodio que tenemos ante nuestros ojos ha sido lo contrario, las pequeñas cúpulas empoderadas tomaron las decisiones en la opacidad completa con la intensión evidente de excluir de ese proceso tan importante a la inmensa mayoría de afiliados. Lamentablemente, ningún partido escapa a esta dinámica de centralización de las decisiones y del consiguiente despojo a sus militantes de su derecho a participar democráticamente en el sistema de partidos. Con ello, las organizaciones partidistas han dejado de ser entidades de interés público para convertirse en facciones capturadas para promover intereses particulares, lo que conduce, junto con la compra de votos, a la descomposición total de los cimientos de la república democrática.
Está por verse y medirse la magnitud del daño al proceso electoral en curso, pero la legitimidad de las autoridades que serán electas ha sido irreversiblemente dañada por las cúpulas encargadas de propinar este golpe a la democracia partidista, entendida como un eslabón de la cadena de eventos que integran la vida democrática nacional. Tengo la impresión de que la pre y la inter campaña, así como la campaña propiamente dicha, han generado ya una dinámica de los candidatos a presidente de México que conducirá a las urnas a muchos electores, sin embargo, es evidente que una de las tareas que deberemos enfrentar el próximo gobierno y la sociedad es la de regenerar integralmente el sistema completo de partidos políticos y las reglas de la competencia electoral; el actual sistema no sirve para conducir el debate nacional, para propiciar la agregación eficaz de intereses similares y la confrontación de las ideologías correspondientes, indispensables para garantizar la cohesión partidista.
Pero la más urgente es impulsar una nueva reforma electoral que permita el empoderamiento de los militantes de los partidos políticos, para que participen en la elección directa de sus candidatos en elecciones primarias organizadas por la autoridad electoral, en una jornada nacional única. La reforma debe contener medidas para impedir el trasiego legal e ilegal de grandes cantidades de dinero, y para propiciar el debate en serio de los grandes problemas nacionales. Soñar no cuesta nada.

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