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Crónica de la celebración a San Juan de Dios, patrono de los pirotécnicos. Fiesta y la violencia en la Capital de la Pirotecnia

Crónica de la celebración a San Juan de Dios, patrono de los pirotécnicos. Fiesta y la violencia en la Capital de la Pirotecnia

La Gualdra 334 / Tradiciones / Crónica

 

El 8 de marzo de 2018 Tultepec (Estado de México) se transformó, como cada año, en un receptáculo de miles de almas que son convocadas por una serie de conexiones ideológicas y síquicas que tienen en común una dirección clara, mostrar las cualidades del pueblo por festejar. Las calles a temprana hora fueron cerradas en diversos puntos de la urbe, las personas que llegaban a “La Capital de la Pirotecnia”, tenían que recorrer a pie las vías que llevaban al centro del pueblo, en donde los bomberos estaban listos para actuar por si era necesario. Mientras tanto, otros asistentes atravesaban, en contraflujo, las avenidas para alcanzar al cortejo que ya se encontraba recorriendo las calles principales. Y es que los organizadores de dicho festejo se reúnen en la casa del mayordomo en donde se realizan una serie de acciones religiosas como simbolismo que da inicio al recorrido de los toros pirotécnicos.

La mayor parte de los asistentes portaban botellas y latas con bebidas alcohólicas mientras los patios de las casas aledañas se transfiguraban en sanitarios públicos o bares improvisados en donde se podían leer cartulinas fosforescentes incitando a los espectadores ha comprar lo necesario para su recorrido por el pueblo de la pirotecnia. Con el transcurso de las horas, las calles se transformaron en verdaderos ríos de gente que reía, gritaba y mostraba su mejor atuendo, entre los puestos de alitas al carbón, carnitas, micheladas y todas las posibilidades de antojitos mexicanos.

Los toros pirotécnicos monumentales, eran arrastrados por los grupos de participantes que gritaban consignas en apoyo a su cofradía. Toros construidos con estructuras metálicas que son cubiertas por capas de papel, engrudo y pintura para generar la imagen deseada y ataviados con centenares de explosivos y fuegos pirotécnicos. Algunos con dos cabezas, otros con elementos orgánicos provenientes de un estudio minuciosos de las cactáceas mexicanas, como enciclopedia sobre ilustración científica; algunos más con incisiones de la cultura popular mexicana y con signos de culturas extranjeras como los cómics, el cine o la música de rock. Toros construidos mediante circuitos electrónicos, que bien se iluminaban, arrojaban humo de colores o se convertían en equipos de sonido móviles. También toros exvotos, dedicados a personas que murieron recientemente, ya sea por accidentes relacionados con la pólvora o por otras causas. Dispositivos festivos con lonas o pintas que contenían mensajes como “En homenaje a…“ o “A la memoria de…”.

Poco a poco la cantidad de asistentes comenzaba a ser mayor, sólo se percibían masas acumuladas que se movían en diferentes direcciones y por momentos chocaban entre ellas, presagio de lo que ocurriría más adelante. La cantidad de espectadores era tanta y los conjuntos de jóvenes en su mayoría, que arrastraban las cartonerías pirotécnicas, desquiciaron el flujo de aquel festejo; se fue tensando el ambiente.

Todo se acercó a su normalidad cuando un grupo, que viajaba en una camioneta de carga, se incorporó a la senda. Este contingente rompía con todas las formas que, habitualmente, se habían presentado en el recorrido pagano-religioso. Bajaron de la parte trasera del vehículo una serie de quince a veinte personas, en su mayoría mujeres transexuales o transgénero y jóvenes homosexuales que portaban orgullosos collares en alusión al cromatismo del arcoíris, emblema, adoptado por un gran número de miembros de dicha comunidad, que representa el orgullo por las diferencias sexuales. Colocaron bocinas, comenzó la música y aquel grupo se transformó en un “ballet” que presentó una serie de coreografías, mismas que recordaban los bailes callejeros de Tepito.

A la par, las imágenes religiosas de la Virgen de Guadalupe y San Juan de Dios se alzaban enérgicas sobre los lomos de algunos toros pirotécnicos y las bandas, que cada cofradía contrata para el recorrido, también sonaban con letras que hablaban del orgullo, el despecho y el amor, todo sucedía como en un cuadro de Pieter Brueghel o del Bosco, al mismo tiempo en el mismo lugar. Las emociones cambiaron cuando esas imágenes religiosas irrumpieron el transcurso lineal de los otros grupos. Personas enardecidas reclamaban, a las otras comparsas, el hecho de querer cortar el camino del recorrido y comenzaron a usar los toros como trincheras y barricadas para impedir la invasión.

Aquello giró tan rápido que nadie pudo percatarse de lo que sucedía con claridad, hombres descamisados, como alegoría de la carta de la lotería llamada “El valiente”, corrían contra otros que intentaban resguardarse entre los carros estacionados a los lados de la calle principal, mujeres trabadas a mitad de calle, tratando de arrancar el cabello de su rival, eran custodiadas y jaladas por más de diez personas quienes no podían separarlas. Alguien gritaba desde lo alto ¡sangre, sangre, sangre!, mientras otros aterrados en la banqueta exclamaban ¡lárguense de aquí!

El escenario se transfiguró tan rápido, como la pólvora al incendiarse, que la festividad a San Juan de Dios se tornó más bien una representación metafórica de la Roma antigua o una especie de guerra civil. Una mujer, que minutos antes, cantaba en un karaoke al aire libre, canciones de Laura León y Juan Gabriel, ahora compartía un discurso relacionado con la identidad, la pertenencia y la comunidad, así como la importancia de nuestras tradiciones y su conservación. Una brecha comenzó a crecer a la mitad de la avenida y después las botellas de cerveza, vacías y llenas, volaban de un lado a otro; aquello se tornó, repentinamente, en un escenario de terror. El conjunto de hombres que seguía peleando sin camisa, contra otros, que nunca lograron escapar entre los autos, comenzó a moverse sin control al lado de un puesto que vendía elotes, mismo que despareció porque aquella mole arrasó, de forma feroz, todo a su paso. Alguien, que llegó hasta los descamisados les proporcionó pistolas de toques eléctricos y así uno a uno de los adversarios comenzó a retorcerse en el suelo. Otro partidario del grupo atravesaba furiosamente la escena con un cuchillo en su mano derecha, dispuesto a usarlo en el momento necesario. Unos conductores que repartían bebidas alcohólicas lo detuvieron y desarmaron antes que pudiera llegar al lugar de la riña.

Mientras eso acontecía, las bandas no dejaban de tocar y proporcionaban a la escena un tinte extraño, de irrealidad. Más de diez minutos duró aquel suceso en donde la bestialidad manifestó sus diferentes formas de coexistir con la fiesta. Algunos espectadores llamaban desesperadamente a los números de emergencia, la policía municipal nunca llegó. Aquello se consumió lentamente cuando la energía y la furia mermaron su capacidad, lo siguiente fue el recuento visual de los acontecimientos campales, jóvenes con cabezas sangrantes y cuerpos semidesnudos eran arrastrados o llevados en hombros sobre un tapete de vidrios rotos y restos de espejos retrovisores que volaron durante la trifulca. Acto seguido la fiesta continuó como si la memoria de todos los presentes hubiera anulado aquellos minutos de su vida. Los toros siguieron su camino hacia su última morada, el fuego ritual en el centro del pueblo, que ahora se encontraba invadido por miles de personas, quienes se enfrentaban al deseo de morir y se exponían ante las explosiones festivas.

El panorama, lleno de connotaciones bizarras, ardía álgido en las rupturas de normas sociales y del “buen” comportamiento cotidiano. Las calles en su mayoría se transformaron en ríos de orines y basura y, los rincones oscuros, en lugares para el placer corporal. Allí se vivió todo lo que el mexicano es capaz de desear, resguardado por la estructura simbólica de su fe inquebrantable; arropado por la mirada amorosa de la Virgen de Guadalupe y San Juan de Dios.

 

 

 

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