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Tierra libre

Tierra libre

“Estos malos gobiernos que tenemos todavía se están creyendo que pudieron asesinarlo a usted en esa tarde de abril de 1919. No saben que usted no se murió, que simplemente usted se hizo nosotros.”
-Subcomandante Insurgente Marcos

 

Si quisiéramos pensar en el sexenio salinista, probablemente empezaríamos enunciando que fue el suscriptor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, o el que remató Teléfonos de México, o el que llevó a Lupita Jones a ganar la corona como la mujer más bella del universo.

Pero más allá de ello; más allá de los hechos superficiales, a Salinas hay que reconocerle que su mayor herencia al pueblo mexicano fue la inserción de un chip pro neoliberalismo; la aversión hacia los principios de corte social que dieron espíritu progresista y demócrata a nuestro texto constitucional de 1917. Gracias a Salinas, los mexicanos soñamos con el sueño americano. El modus vivendi de rechazo hacia la ideología que pugnaba por la democracia social como antónimo del liberalismo salvaje; la aspiración gabacha se instaló en el psique colectivo como un máximo a perseguir.

¿Por qué de pronto, en el mundo salinista, la izquierda significa fracaso político y económico?

La idea de que todo lo que sea de corte social tiene un irremediable destino condenado al fiasco, es resultado de las políticas educativas, económicas y sociales a cargo de los que han combatido la izquierda hasta con su vida; los que son incapaces de concebir un mundo de ayuda y cooperación.

Y el problema en México es que el numeral 27 del texto fundamental, se ha vendido como un verdadero triunfo revolucionario, el estandarte contra los latifundistas opresores, la victoria del caudillo del sur: tierra y libertad. Aun cuando al día de hoy, este artículo tiene más del triple de palabras que originalmente contenía y que con la reforma de 1992, se le dio un giro de 180 grados al espíritu de dicho numeral. El mayor retroceso constitucional y revolucionario en México lo propuso Carlos Salinas de Gortari, dando cabida legal y procesal a la privatización del agro mexicano.

Nos convertimos en la sociedad de la incongruencia: nos aterra la palabra comunismo como si fuera altisonancia, pero al mismo tiempo contamos pesito a pesito para pagar todo. Nos provocan lástima los hermanos de la isla por no tener lujos y también nos sentimos apenados por los hermanos del norte cuya vida está esclavizada al consumo.

Queremos darle vida a nuestro campo, queremos cultivar y cosechar, pero seguimos importando la mitad de los alimentos que consumimos. Queremos una renegociación del TLCAN, pero dejamos que el oligopolio empresarial, sea la voz del capítulo agrario del tratado.

Queremos tortillas, pero de maíz transgénico, ese que está prohibido sembrar pero no está vedado importar. A esa lógica se reduce nuestra cadena de consumo y nuestra perspectiva agrícola nacional. Con esas trampas jurídicas hemos desprotegido la lucha revolucionaria que costó muchas vidas y muchos años.

Mientras aplaudimos la destrucción del ejido mexicano, nombramos nuestras calles en honor al General Zapata. Queremos héroes, pero nos deslindamos del legado. Queremos tierra, pero no estamos seguros de querer la libertad.

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