Ante el saqueo y abandono del campo, ¡Zapata vive!

Ante el saqueo y abandono del campo, ¡Zapata vive!

A principios de los años 90 se emprende una estrategia para eliminar la estructura agraria que surgió de la Revolución Mexicana: el ejido. El argumento fue la improductividad de la economía campesina, una forma de producción basada en los círculos familiares donde la tierra se hereda de padres a hijos y la misma producción se hace con mano de obra consanguínea, además de cultivar la rusticidad de la forma de vida. Para ‘superar’ esta forma económica se quiso ‘modernizar’ al campo, transitar a una producción capitalista, donde hubiera un patrón y venta de fuerza de trabajo, se tomara como criterio de producción la rentabilidad financiera de los cultivos y la mirada de mercado se orientara a la exportación. El siguiente paso fue presionar la economía agrícola (capitalista y campesina) a competir con Estados Unidos. Así, por efecto de las ventajas comparativas, los menos competitivos irían desapareciendo y los productivos crecerían. Resultado prometido: crecimiento económico.
La realidad fue otra. El desastre. Se creó un programa para apoyar a los agricultores a ponerse al nivel de sus pares norteamericanos, el Procampo. Al principio se diseñó para productores de 20 hectáreas, con lo cual incluían a un margen considerable con niveles de ingresos modestos. Pero luego se decidió subir la unidad de apoyo a 100 hectáreas, con lo cual se concentró el apoyo a los productores más ricos al grado tal que terminó siendo uno de los programas gubernamentales más regresivos. Con el agravante de que la política comercial llevó a dejar de producir aquello que era más barato en el mercado internacional. Así las cosas, resulta que México ya no produce semillas ni fertilizante, y disminuyó la producción de productos estratégicos como el maíz. Al contrario de muchos países, donde (ante el cambio climático) le dan prioridad a una seguridad alimentaria no dependiente de otros países. Por ello, Rusia vende poco trigo al mercado mundial y Vietnam concentra su producción de arroz. Por poner dos ejemplos. En suma, tenemos un campo que no asegura la alimentación de su población, y además, mayoritariamente empobrecido. La llegada de los neo-porfiristas al gobierno nacional ha regresado al país a la desigualdad de finales del siglo XIX, pero lo hacen (paradójicamente) hablando de progreso y futuro. En este contexto, es relevante el símbolo de la figura de Emiliano Zapata: el espíritu de la comunidad, la vida campesina preocupada por la justicia, la salud de la tierra y la mirada centrada en lo local. El espíritu de Zapata puede servir para sacudirnos la maliciosa ilusión de los espejitos de una modernidad que sólo ha enriquecido a élites de patrones, extranjeros y nuevos finqueros. La herencia del nuevo Guajardo (salinismo) que volvió a disparar por la espalda a Zapata: organiza el despojo de los campesinos bajo la promesa de ‘seguridad jurídica de sus tierras’. El porfirista sigue predicando ‘orden y progreso’, pero ahora bajo la bandera de la modernización. Con el espíritu de Zapata podemos tejer organización para vitalizar el campo de alimentos y justicia para todos. Por ello, debemos seguir voceando a coro… ¡Zapata Vive!

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