Entre los odios

Entre los odios

Hace unos pocos meses, de hecho el 19 de septiembre del año anterior, cuando se hacían conmemoraciones del incidente ocurrido treinta y dos años atrás, se dejó sentir en buena parte del sur del país y en la misma Ciudad de México una serie de terremotos que volvieron a acarrear tragedia y muerte entre la población y la conciencia nacional se volvió a sensibilizar ante los episodios desastrosos; se revivió la esperanza de recuperar la hermandad y la solidaridad que normalmente ante las tragedias priva entre los ciudadanos de este país y buena parte de la geografía mundial. Incluso, hubo muestras espontáneas de apoyo de paisanos que viven fuera del país y de gobiernos que siempre han sido solidarios ante las desgracias que acarrea la Madre Naturaleza cuando se pone jacarandosa.
Lo rescatable y grato fue la respuesta de una gran parte de la población que salió a las calles y a los caminos a buscar algún paliativo o alivio para los damnificados o ayudar a rescatar heridos o víctimas mortales de entre los escombros. Lo mismo ha sucedido cuando hay otro tipo de cataclismos: es gratísimo ver la respuesta de la gente dando auxilio a los que fueron tocados por los vientos de la desgracia.
Pero lo que mueve al análisis que se trata en esta ocasión es que, indistintamente, a medida que se diluye el efusivo entusiasmo amoroso por el prójimo, empiezan a aflorar los resentimientos, rencores y odios que parecen estar latentes a lo largo de los siglos. El primer round de este último episodio se dio cuando se discutió sobre los presupuestos de campaña que iban a ejercer los partidos y que a la luz de los trágicos hechos pintaron de cuerpo entero a toda la clase política que sin mirar la magnitud de la tragedia siguió argumentando que lo caído, caído y que esos presupuestos eran intocables. Después de muchos argumentos vanos y pañuelazos de lágrimas, todos dijeron que el dinero de las campañas se destinaría casi íntegramente a resarcir las carencias de los damnificados. A fin de cuentas, no fue más que uno más de los tantos engaños sustentados por promesas vanas que sólo sirvieron para amainar el vendaval de la crítica social; se encendieron los ánimos y afloraron todos los odios casi genéticos que padece la población.
Como un vendaval histórico parecen desfilar las imágenes de la conquista, cuando los europeos se aprovecharon de la enemistad entre las diferentes etnias del país especialmente las de los tlaxcaltecas y tecpanecas, principalmente, en contra de los mexicas y promovieron auténticas masacres entre ellos en su beneficio para luego consolidar así la caída de los diversos imperios y darle entrada al virreinato de la Nueva España. En este período, fue notorio el odio creciente y acumulativo entre peninsulares y criollos, y estos a su vez contra los mestizos, mulatos, negros y más que nada, hacia la población indígena. Durante los siguientes tres siglos, hubo diversos movimientos infructuosos que trataron de consolidar los derechos de los nacidos en el territorio americano, pero los peninsulares siempre se las ingeniaron para sofocar y castigar severamente cualquier intento, sobresaliendo a la de la rebelión de Don Martín Cortés, Marqués del Valle de Oaxaca.
El único movimiento exitoso en este período, paradójicamente, fue el de los esclavos negros encabezados por Yanga en Veracruz y que fue reconocido por la corona, debido a las incalculables pérdidas que ocasionaba a la corona la “banda” encabezada por este caudillo presuntamente gabonés allá por el año 1610 y que fue reconocido por el movimiento que se dio dos siglos después con la Guerra de Independencia.
La característica principal del movimiento libertario es que este se dio principalmente entre los nacidos en México. Criollos, mestizos, mulatos y demás productos de la cruza entre razas combatieron despiadadamente entre sí para defender los derechos de la corona española, es decir, mexicanos contra mexicanos. El defensor más brutal del imperio español fue un tal Agustín de Iturbide, nacido en el Bajío. No en balde su primera acción política importante fue autoproclamarse emperador. Con el apoyo de muchos que pensaban que sólo sus intereses debían prevalecer.
Y la historia de este país así ha continuado desde entonces: liberales contra conservadores, imperialistas contra republicanos, juaristas contra los del segundo imperio, porfiristas contra anarquistas, federales contra revolucionarios, cristeros contra estatistas, izquierdistas contra neoliberales y demás aberraciones.
La respuesta ante todos estos antagonismos siempre ha sido la violencia, el odio, la destrucción en detrimento de la paz, la convivencia y el diálogo. ¿Será que este país está condenado a seguir arrastrando las cadenas de la imbecilidad que se manifiesta en esquemas permanentes de odio? ¿O ya va siendo hora de que se empiece a diseñar un nuevo futuro basado en la paz y la convivencia? …ese estúpido sentimiento que algunos insisten en llamar amor al prójimo. ■

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