La existencia cristiana: creación de nuevos tiempos

La existencia cristiana: creación de nuevos tiempos

El cristianismo le debe todo a las comunidades paulinas. Los primeros textos que tenemos son justo las cartas de Pablo, la primera de ellas (la dirigida a Tesalónica) es de un poco más de 20 años después de muerto Jesús, mientras el primer evangelio (el de Marcos) es del 80 dC. Y lo más importante es la construcción de las iglesias o comunidades que inició el propio Pablo en su carrera por una de las creencias que hace rasgo común con el Jesús histórico: la teología de la restauración de Israel. Son muchos los estudios muestran sus diferencias, pero una cosa que comparten es la creencia apocalíptica militante en que al final de los tiempos acontecería la restauración de las 12 tribus o la totalidad del pueblo de Israel, perdido desde el siglo VII aC por efecto de la invasión Asiria (la cual presenció Isaías, el profeta preferido de los cristianos). En ese contexto, la conversión de personas de otros pueblos era esencial para que la palabra fuera cumplida. Por esa razón Pablo trabajaba frenéticamente, convirtiendo al mayor número de ‘gentiles’ al pueblo de Israel, a través de una de sus sectas (los nazarenos). Si logaba hacerlo, iba a hacer posible que el Reino de Dios llegara y el tiempo mesiánico se cumpliera. Lo cual, además, iba a reivindicar el papel del mesías esperado de Jesús, hace unos años asesinado por Roma. Así las cosas, pretende conseguir dos objetivos simultáneos: el regreso de Jesús (a terminar su obra mesiánica inconclusa por su muerte atroz) y la restauración del pueblo de Israel, como signos terminales del tiempo de la historia.
Pues bien, estos acontecimientos marcarán la esencia del sentido del tiempo del cristianismo: la espera. El propio Heidegger resume las primeras cartas paulinas bajo la mirada de su sentido del tiempo, en una consigna: “haber llegado a ser” (hijos de Dios). Todo su modo de existencia se edifica en una manera determinada de vivir el tiempo: el regreso del mesías a concluir su obra. Que al paso del tiempo sufrió modificaciones, pero con la misma forma: el principio de existencia del espíritu. En Pablo, la distinción entre “carne y espíritu” no se refiere a la dualidad “cuerpo y alma”, sino a una manera de vivir. Dicha manera de vivir es justo la que se deriva de esperar la venida (primero) y la constitución (después) del Reinado de Dios, como forma de cumplimiento del tiempo mesiánico. Lo cual implica cierta “fuga mundi”, fuga-del-mundo. A lo cual tampoco debemos asociar (como lo hicieron ciertas herejías gnósticas) con la separación de la materialidad del mundo y el llamado a la vida ascética. Es, como lo dice Rahner, de acuerdo al principio-fundamento de Ignacio de Loyola, no renunciar a las cosas del mundo, sino integrarlas al servicio del proyecto de Dios. Se les ‘deja’ en el sentido de que se les transfigura. Dice Rahner: “usar y dejar no son, en el fondo, distintos y yuxtapuestos, sino dos caras de un mismo proceso (…) ella hace posible la auténtica relación positiva con las cosas, el logro de su transfiguración”. Esto es, no se rechaza el mundo ni su materialidad (eso haría de la encarnación un absurdo), sino que se le espiritualiza, lo cual significa, se le usa para el cumplimiento de la promesa.
La idea de separación ascética de las cosas contraviene la idea central de donde todo proviene: la creación. Todo es creación y el proyecto de salvación no viene de leyes de naturaleza (o leyes de la historia a la manera de la ciencia moderna), sino de actos deliberados de creación. Donde ‘el haber llegado a ser’ se traduce en acciones que deiforman a los hombres, los hacen ‘hijos de Dios’ o adquieren esa filiación especial que los convierte en realmente humanos. La existencia cristiana está formada por esa expectativa. Espera que hace de la vida ‘inquietud’. No se está sobre el mundo para conseguir la serenidad de la quietud (a la manera del budismo), sino que es una forma de existencia que pone a la esperanza militante en el centro. El tiempo marcado por los acontecimientos salvíficos: una militancia de la creación, que se le llama “santificación” o Deiformación. Crear y Crear-Se, ese es el llamado. Pero, así como la creación es darle origen al tiempo, la actividad humana debe dar origen a nuevos tiempos cualitativos, nuevos mundos. Pero todos ellos pasan por rechazar la ilusión de los ídolos, que la tradición bíblica llamó “fornicación”. Esta última (coinciden los escrituristas) es una metáfora bíblica habitual para describir la apostasía de Israel, cuando Israel se parece a Babilonia, cuando ha cedido a los ídolos: hacer de las cosas valores absolutos. Olvidarse de su “para qué fueron creados o hechos”. El olvido de su finalidad. Así, el poder tiene por finalidad la construcción de la justicia, quererlo por sí, es prostituirlo. El dinero y las riquezas son para que todos vivan en la abundancia, no para apropiárselo a su uso privado. El mal es producto de ese engaño: pensar que el poder o las riquezas tienen realidad por sí mismas: el hacerlas ídolos es quitarles el espíritu de Dios (que significa dejar de usarlas para el fin que fueron creadas). En suma, la existencia cristiana vive en esa vigilancia y esa militancia inquieta: crear nuevos tiempos.

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