La sobrevivencia del periodismo

La sobrevivencia del periodismo

¿De qué deben vivir los medios de comunicación? Es una pregunta que leo, que escucho, y que incluso me hago con frecuencia desde hace tiempo.
Lejos están los días en los que a Zacatecas llegaban los periódicos por la tarde, cuando se agotaban en un ratito, y el mismo ejemplar era leído en voz alta para que más de uno abrevara de él, o bien era prestado y heredado cuando se terminaba de leerlo. Lejos están también los días en los que pasaban horas para saber qué algo de trascendencia había sucedido.
La radio y la televisión no son ya artículos de lujo para unas cuántas familias privilegiadas. No vemos ya a gente siguiendo un partido de futbol por las televisiones de tiendas de electrónica que llamaban la atención de los transeúntes con las pantallas.
Hoy nos informamos con un aparato que cargamos en el bolsillo, y que tiene la posibilidad de traernos hasta ahí, casi al instante, la información que se genera al otro lado del mundo.
Las ventajas de esta tecnología no sólo han llegado al receptor, sino también a los -cada vez más- múltiples emisores que pueden poner un medio de comunicación, hacer vídeos de youtube, podcast, infografías, o cualquier cosa, de una forma barata y sencilla.
Esto ha multiplicado las opciones, ha pluralizado las formas y medios de información que tiene el público en general, haciendo que éste, cada vez más, en lugar de leer de portada a contraportada un solo impreso, deambule de página en página leyendo una columna aquí, otra en la competencia; enterándose de política en uno, y de economía en otro, etcétera.
Ante ese panorama, el modelo de negocio basado en vender lectores a quien quisiera difundir algo está modificándose porque ese lector, antes cautivo y fiel, hoy es más bien un navegante con amor en cada puerto, sólo fiel, en todo caso, a la red social de su preferencia que además ofrece estadísticas de penetración más precisas para el cliente.
Si a eso agregamos que en parte con soberbia, y en parte con algo de razón, las oficinas de comunicación social suelen creer que no requieren a los medios para informar pues ahora pueden hacerlo directamente en sus cuentas de redes sociales, tenemos que los medios ya no pueden vivir, al menos tan holgadamente como antes, de la publicidad oficial.
Ante ese panorama, algunos giran la mirada hacia la iniciativa privada esperando encontrar ahí el asidero ante la tormenta, en el que además de la certeza financiera, podría encontrarse libertad de expresión. Pero ésta tampoco es puerto seguro por dos razones:
La primera, es que al igual que la publicidad oficial, la privada opta por pagar directamente a Facebook, Google o campañas a través del correo electrónico en lugar de hacerlo a los medios de comunicación. Y aunque aún muchos de ellos se anuncian en radio, televisión, y algunos también en impresos, son cada vez menos los anunciantes, y también menores los montos que se destinan a estos tipos de campañas.
La segunda razón es que la iniciativa privada no ofrece ninguna certeza de total libertad editorial. Las empresas también tienen incidencia en lo público, y también tienen contratos gubernamentales, por lo que también les incomodan los reportajes que hablan de la contaminación ambiental que generan, de las corruptelas con las que se hacen de ciertos contratos, los abusos a los trabajadores, etcétera.
Es en ese contexto que tiene tanto mérito la cobertura que La Jornada Zacatecas ha hecho de la devastación y desolación que dejan las empresas mineras en la entidad, lo cual le valió obtener el reconocimiento del Premio Nacional de Periodismo en la categoría de derechos humanos.
La distinción, más allá de distinguir el loable trabajo de quienes hacen este medio posible, es un oportuno y justo recordatorio de la función del periodismo como un servicio para la gente. En este caso, para visibilizar esas casas agrietadas, esos suelos resquebrajados y sobre todo esa lucha justa de quienes tienen valores más grades que lo que el dinero puede comprar.
Por supuesto, la existencia de estos premios, y el reconocimiento del periodismo pensado así, para su público, y no para lo que tradicionalmente han sido sus clientes (sus anunciantes) no resuelve la pregunta inicial. Quizá incluso la complica porque un reconocimiento de tal calibre también compromete.
Qué bien que así sea, porque en la era de las fake news, y del uso de nuestros temores y pasiones para la manipulación, hacer periodismo, de a de veras, es no solo la única manera de sobrevivir, sino un deber ético con quienes siguen ahí, dando un poco de su tiempo para ver, leer y escuchar. Enhorabuena jornaleros.

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