El Santo Oficio Cero

El Santo Oficio Cero

La Gualdra 332 / Río de palabras

 

Sólo veo mis libros, las paredes de mi dormitorio,

una ventana en medio de la penumbra y la claridad.

Roberto Bolaño

A Miguel Donoso Gutiérrez

 

Hoy, 26 de febrero está nevando en Roma. Mientras acá, al otro lado del mundo, los pensamientos, las ideas, se me hacen bolas. En ese desorden me hago muchas preguntas y nomás no encuentro respuestas claras. Escucho en la radio música instrumental. Me espera la novela de Manuel Vázquez Montalbán Asesinato en Prado del Rey y otras historias sórdidas. Me dispongo a vestirme el pijama. Cené té y una rebanada de pan tostado. El día 26 de febrero está por concluir. Volteo la mirada junto a la cama y veo una vaca azul turquesa con la cara rosada, los ojos bizcos, una amplia sonrisa y unas grandes orejas. El cuerpo gordo y las patas cortas. En la panza se mueven unas cuantas monedas. Una gallina igualmente gorda, amarilla, con el pico naranja y la creta roja, los ojos saltones, las alas color naranja… En el vidrio del reloj de pared se refleja la lámpara china, blanca, redonda, de papel. Escucho un zumbido. El día se acaba irremediable y hay nieve sobre la Plaza de San Pedro, y en el Coliseo. Faltan pocos días para que acabe el mes. Pronto será primavera. Menos de un mes. Desde el dormitorio puedo escuchar el paso de las bandadas de garzas graznando… «Son como una parvada de viejas argüenderas». En el florero, sobre el escritorio, los claveles blancos, fucsia y la roda rosa. Hasta él le llega la música proveniente de la plaza principal. Machacona, monótona, ruidosa. Ahora vienen los cohetees, pienso. Siempre están tronando cohetes. Todos los días hay una tronadera de cohetes. El libro resbala de entre sus dedos. Él dormita. Suspira. En la radio…. Las sirenas emergen desde las oscuras profundidades de ese océano desordenado y se sientan al sol, sobre los riscos de los arrecifes. Los ojos azules, el cabello rubio, largo, rizado, revolotea con el aire. Los pechos puntiagudos, con gruesos pezones oscuros. La parte inferior del cuerpo, cubierta con escamas azules, agitan la cola de pez. Y se ponen a cantar: canciones de Natalia Lafurcade, Consuelo Velázquez, Chabuca Granda, Él está mirando a las sirenas. «¿cómo iba el poema de los gatos» se pregunta. »los gatos rodean al mundo con sus terciopelos, con sus caricias, con los recursos enguantados de la noche…» Un desorden aquí, adentro, entre sirenas cancioneras, barcos perdidos, encallados en costas desconocidas, vacas y gallinas bobaliconas con la panza llena de monedas, canciones que escucho en la radio, todo como mezclado, como una olla podrida, como capirotada, como un caldo gallego, , un pretexto para saborear una cerveza clara bien helada, un vaso de vino peleón, una mujer que abre las piernas permitiéndote la entrada a sus humedades, unos brazos amorosos, una boca , una lengua traviesa, unos senos redondos y pesados con pezón grande…caderas grandes… que solo están en la memoria… ¡Uuuuuf! Sigo sin terminar el libro de Manuel Vázquez Montalbán, me hace falta leer el último texto.

 

 

 

 

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