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“Resulta que Miroslava tuvo la culpa de que la mataran”

“Resulta que Miroslava tuvo la culpa de que la mataran”
Familiares, amigos y colegas de Miroslava Breach visitaron la tumba de la reportera. Foto La Jornada

Chihuahua, Chih. En la lápida de Miroslava Breach Velducea están grabados unos versos de Paul Eluard que los trovadores latinoamericanos de los años 70 popularizaron y que ella, de adolescente, escuchaba una y otra vez hasta hacer enloquecer a su mamá: “Por el miedo que te tienen, por tus pasos que vigilan, yo te nombro… libertad”.

Le decía la madre: Ay, Miritos, ya párale. Pero nada le gustaba más a aquella jovencita recién bajada de la sierra que gritar a los cuatro vientos: Libertad, libertad.

Y también hay un montón de rosas rojas que le llevaron sus hermanas, flores indicadas para lo que ella llamaba el momento romántico. Así como una botella de tequila que se fue agotando entre un pequeño grupo de personas –congregado en el centro de un cementerio– que se dejó tostar por el sol de mediodía.

Familiares, amigos y colegas de Miroslava que pasaron las horas de la canícula narrando –entre risas y lágrimas– anécdotas y recuerdos de una mujer que fue ruda y amorosa, divertida e implacable, antisolemne y periodista valiente, asesinada hace un año. Buena periodista.

Tres hermanos Breach –otros dos no pudieron estar porque no radican en el estado– vistieron unas camisetas negras que mandaron a hacer, con el nombre de la hermana rebelde bordada en rojo y la leyenda: No se mata la verdad matando periodistas. Así, con el trasfondo de un trovador de excelente voz que iba desgranando los amores musicales de Miroslava, fue como remataron en el cementerio la jornada conmemorativa en honor a la reportera indómita con una promesa: seguir pisándole los callos al diablo, seguir la pista de los asesinos, no cejar hasta que, contra viento y marea, e incluso contra los obstáculos que levantan las autoridades, haya justicia y verdad en el caso.

Eso de pisarle los callos al diablo fue la razón por la cual la mataron, según les dijo el gobernador Javier Corral Jurado en una reunión privada el 3 de enero en el Palacio de Gobierno. Fue su culpa, insistió, removiendo el dedo en la llaga, un poco al estilo del peruano Mario Vargas Llosa que entiende la incontenible sangría de periodistas mexicanos asesinados como consecuencia de un exceso de libertad de expresión.

El jueves, La Jornada reveló esa frase de Corral Jurado, como parte de un doble discurso que en público asegura que el crimen se va a aclarar y que en privado responsabiliza a la propia víctima. Ese día el mandatario norteño recurrió a todos los epítetos, en todos los foros, medios y redes a su disposición, para jurar que el dicho del diario donde Miroslava laboró durante 20 años era falso de toda falsedad.

Pero ayer, primer aniversario del homicidio, frente a la emblemática Cruz de Clavos que se levanta frente al palacio de cantera, en un discurso que pronunció en nombre de la familia Breach Velducea, la hermana Brisa desmintió al gobernador. Es que su hermana se dedicó a pisarle los callos al diablo, les dijo a tres hermanos Breach –Rosy, Brisa y Jacobo– y a una sobrina, Alcira Velducea, lo que interpretan como una desafortunada declaración de subordinación ante el narcotráfico. Y también como una bofetada para la familia.

Pero en lugar de poner la otra mejilla, la familia recoge el desafío porque –añadió Brisa Breach–pisarle los callos al diablo no sólo es parte de la labor periodística, sino de la sociedad en general, quitarnos la mordaza, exigir un cambio y enderezar a este pobre país.

La Cruz de Clavos fue levantada frente a la sede del gobierno estatal en 2001 en memoria y en protesta por los feminicidios que entonces –y aún ahora– asolaban a la zona fronteriza de Ciudad Juárez. Fue removida por un gobernador en turno y repuesta al año siguiente (2002) por el movimiento popular, que en ese entonces estaba en efervescencia, robusto, activo y organizado. Y entonces la Cruz, pintada de rosa, con sus clavos atravesando prendas femeninas, fue el epicentro de todas las protestas y duelos: masacres, feminicidios, asesinatos de informadores, campesinos, desaparecidos, violencias diversas. Miroslava no dejaba de cubrir ni una de estas manifestaciones. En ocasiones era la única reportera presente.

Ausentes, las voces que dio voz

Ayer, sin embargo, muchas de las cabezas de esas organizaciones a las que Miroslava dio voz y presencia estuvieron ausentes. Dejaron sola precisamente a la que nunca las dejó solas. Ni la abogada Lucha Castro, ni la activista Alma Gómez, ni el líder barzonista Gabino Gómez, ni la defensora histórica de los indígenas de la Tarahumara, María Teresa Guerrero, ni Víctor Quintana, dirigente de izquierda. Todos ellos se han incorporado en algún nivel al gobierno de Corral Jurado. Ninguna de esas voces se escuchó ayer exigiendo justicia para Miroslava Breach, con excepción del jesuita Javier El Pato Ávila, quien también es funcionario.

Aun sin ellos, el acto no desmereció. Abrió con la lectura que hicieron tres jóvenes aspirantes a ser periodistas como ella, que leyeron titulares y frases de algunos de sus reportajes y notas más destacadas, así como fragmentos de sus expresiones durante esa conversación telefónica que sostuvo con el vocero panista del estado, Alfredo Piñera –aún en funciones y sin una investigación penal, por increíble que parezca– que la grabó sin su conocimiento y la entregó, en una memoria, a un enlace del cártel de Los Salazar, que controla la plaza de la Sierra, de donde bajaron los homicidas para matarla. Porque el silencio es complicidad y es lo que ha generado todo este desmadre, le decía Miroslava al panista. Ahí, en cartulinas, en consignas, en las voces de otros, retumbaron ayer las palabras de nuestra corresponsal en Chihuahua.

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