Palabras

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Ante la elección de un nuevo presidente de la república, estamos bastante confundidos: probablemente esta psicosis social tenga un origen muy antiguo; la figura presidencial en México históricamente ha sido poco cuestionada. Es decir, nacimos como Federación, de un vientre bélico y autoritario para vivir las décadas de paz bajo un yugo tecnócrata y autocensurado.

Pero es importantísimo reconocer la mutación de la concepción del ente superior en el pueblo mexicano. Con la llegada del nuevo milenio, las tecnologías de la información y la comunicación, la pluralidad partidista y una serie de factores que sucedieron a la par, nos hicimos irreverentes: no contestatarios necesariamente, pero sí insolentes. Bajamos del pedestal al señor presidente para convertirlo en bufón:

Fox con su Marthita, sus botas, sus chiquillos y chiquillas.

Calderón con sus cubas, su Marina, y sus guayaberas.

Peña con su Gaviota, su infracstutucho, y sus pasos de cumbia.

Nos hemos ido por el camino de la insolencia, porque es más ameno, pero somos ese pueblo que avienta la piedra y esconde la mano; o mejor dicho, somos la clase de personas que en redes publicamos lo incapaz que es el gobierno, pero morimos por una selfie con el tlatoani. Nos convertimos al descaro porque no podíamos seguir con miedo. Sin embargo, sólo fuimos de un extremo a otro: mientras que en el primero no establecimos un canal de comunicación eficiente con el titular del Ejecutivo nacional por la propia censura de los gobiernos más grises, por el otro nos hicimos un pueblo poco cuestionador: sólo observador y señalador de los errores, pero nunca crítico.

México es el escenario. El pueblo el comediante. El gobierno el chiste. Nuestro país es un stand up.

Hace muchos años el reto era perder el miedo, y ahora que lo hemos perdido lo hemos utilizado para escenarios cómicos, porque también a nosotros nos gusta ser el centro de atención. Pero, ¿dónde quedaron los cuestionamientos relevantes? La duda es indispensable para la creación de conocimiento, para la búsqueda de la verdad. Y lo lamentable es que últimamente tenemos pocas preguntas y muchos memes.

Somos poco conscientes de las libertades que ostentamos todos los días; nuestra libre expresión le ha costado al mundo muchas vidas, y en cada palabra que decimos y escribimos, arrastramos la lucha histórica de la libertad. Ergo, lo que hay en México no es falta de libertad de expresión, incluso es todo lo contrario; ante un exceso de escenarios y un público constante, hemos pervertido nuestro derecho humano al punto de ser productores de recreación y no de reflexión.

Decía Alex Lora que los mexicanos somos los únicos capaces de reírnos de nuestras desgracias y aunque esa actitud ante la vida es plausible, es indispensable dejar la comedia para empezar a asumir compromisos; todos somos generadores de opinión en alguna medida, y ante un proceso electoral tan grande como el que se avecina para el 1° de Julio, reconocer nuestra propia palabra como una alternativa de cambio es el primer paso que debemos dar en lo individual, para que en lo colectivo, empecemos a tocar las bondades de la democracia participativa.

La transición tan anhelada para dejar de ser un país enteramente representativo y convertirnos en una nación participativa, radica en la palabra: en lo que construimos en el día a día, lo que conversamos en casa, en la escuela, en la oficina y en la calle. Lo que consumimos y lo que producimos.

Construir escenarios de diálogo responsable, de intercambio de ideas, de contraste de proyectos: ése es el reto para la ciudadanía en los espacios públicos y privados.

Si al señor presidente en México nunca se le tocó; quizá es momento de quitarle al todo-poderoso un poco de la superioridad que le hemos conferido. En la medida en que seamos capaces de crear puentes de diálogo entre la ciudadanía y los servidores públicos, iremos desarmando el brazo incansable del poder presidencial, entendiendo que el poder, al igual que la materia no sea crea ni se destruye, sólo se instala en diferentes cuotas y cotos. Así que ¿para cuándo vamos a dejar de reírnos y vamos a asumir lo que nos corresponde por derecho, por ley y por legado?

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