Los otros muros

Los otros muros

Hace un año y dos meses, después de una campaña un tanto agresiva contra algunos segmentos de la población migrante de los Estados Unidos, específicamente la de origen mexicano, cierto personaje de cuyo nombre prefiero no acordarme, empresario y personalidad de los medios y del jet set de ese país, tomó posesión como su presidente número cuarenta y cinco. Su ciudadanía, aunque no contundentemente, lo eligió y pues, ahí está, despachando desde la oficina más poderosa en la faz de la tierra.
Aceptándolo o no, las leyes y principios que gobiernan a los vecinos del norte, son para su política interna la voz que rige su razonamiento y su mejor manera de defender sus formas de vida.
Algo le han de haber hecho los mexicanos residentes en esos lares que ha mantenido al menos en el papel una política de desprestigio y de rechazo hacia los paisanos dentro de sus fronteras, principalmente aquellos que han decidido buscar el sueño americano sin llevar las formas y los trámites migratorios adecuados y que permanecen ahí ilegalmente, ganándose el mote de criminales. Un duro concepto para las formas de razonar de los nacidos de este lado, pero así es como se las gastan los vecinos y ni modo.
Lo que más comezón ha provocado es su insistencia en levantar un muro a lo largo de la frontera entre ambos países para prevenir y reducir de algún modo el flujo migratorio, no sólo de mexicanos, sino de centroamericanos, sudamericanos, caribeños y ahora hasta de otros continentes, entre los que además de pobres y perseguidos políticos, pueden colarse gentes con intereses contrarios a los de los estadounidenses. No se tratará en este escrito lo que muchos ya han escrito hasta el cansancio, ni siquiera si hay razón o no en esta iniciativa; algún día se tratará este tema desde una perspectiva estrictamente ambiental y altermundista, pero, eso será otro día, si llega.
Para particularizar, únicamente se hará un somero análisis desde la visión mexicanista de este lado de la frontera y lo que afecta a los paisanos de aquel lado por los riesgos de deportación y criminalización desde el punto de vista antes expuesto; pero, nos escandalizamos ante la idea del presidente del otro lado por erigir un muro, tal cual, de piedra y lodo y alambres de púas o como se les de su regalada gana y olvidamos que aquí al sur de la frontera se tienen infinidad de muros que abatir y se mantienen cada vez más sólidos y fuertes y no parece en el corto plazo que vayan a ser derribados:
Para empezar, el más degradante de todos los muros internos, el de la discriminación. La racial sigue sentando sus reales. Todavía se considera a los de tez blanca como superiores a los de color serio y más si se trata de aquellos pertenecientes a alguna de las etnias de los pueblos originarios; se puede ver el desprecio que la mestizada y los blanquitos les otorgan y si acaso un buen sentimiento les arrancan es de lástima. Y así va la escalera, los originarios son menospreciados por todos, los mestizos, por los mas güeros y en la cumbre de la pirámide los extranjeros de origen extranjero. Casi casi como en la Colonia. Doscientos años de “Independencia” no han servido de mucho.
Luego sigue el muro de la posición económica. A mayor solvencia económica, mayores oportunidades y canonjías. Los ricachones tienen el mundo a sus pies y la clase media y los muy pobres ven disminuir sus posibilidades de supervivencia y desarrollo únicamente por el hecho de no contar con caudales financieros, no importa que tanto talento e inventiva muestren; hasta en la política existe la discriminación financiera; como un día lo acuño el profe Hank: “Un político pobre, es un pobre político”.
Otra pared que divide a la mexicanada es el de la denominada cultura, entendida hoy día como el acceso a medios de comunicación y la tecnología digital. Se acabaron los tiempos en lo que rifaba era el número de libros que se leían, las revistas en que se documentaba, los editoriales periodísticos analizados, películas y asuntos por el estilo. Hoy se manejan los canales y las cantidades de información a que se tiene acceso por los medios enunciados y la calidad de la tecnología empleada aunque la información que se domine sea vana y tendenciosa.
Hay muchos muros que dividen todos los días y a todas horas a la sociedad; quizá los más aberrantes sean los de la ignorancia y la estupidez que alimentan como el pan nuestro de cada día y conducen a los fenómenos que se sufren con brutal resignación: machismo, delincuencia, corrupción, degradación humana, por citar sólo unos cuantos, ¿cómo pueden caber tantas aberraciones en una triste columna?
Quizá debiéramos hacer exámenes de conciencia colectivos y empezar a derribar algunos que aprisionan nuestras vidas. Luego ayudaremos a otros a derribar los suyos o, al menos, a encontrar formas alternativas de borrar fronteras.
Stephen Hawking derribó muchas de las barreras que nos separaban de los confines del universo. Ahora él mismo explorará desde otra dimensión las inconmensurables conciencia y presencia cósmica con que fue dotado. Que su legado sea útil para entender nuestras pequeñas mezquindades y también nuestra ilimitada universalidad.
Cuando se logre ese equilibrio, se estará más cerca de la divinidad… y de la paz.
Descanse en paz.

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