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‘Phantom Thread’: el fino hilo entre el amor y la obsesión

‘Phantom Thread’: el fino hilo entre el amor y la obsesión

La Gualdra 331 / Cine

 

Son los años 50, en un Londres cuya neblina de la guerra lentamente se comienza a disipar conocemos a Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis) un afamado diseñador de modas cuyo éxito entre la alta sociedad británica es evidente. Reynolds es una persona apasionada, obsesiva y muy perfeccionista, consigo mismo y con quienes lo rodean. Eso se refleja a través de los hermosos vestidos que confecciona, y por los cuales es solicitado por las personas más acaudaladas y de la realeza británica.

Más allá de su enorme éxito y reputación, Reynolds es un hombre infeliz y conflictuado por las memorias de su pasado que lo obligan a mantenerse dentro del santuario de su trabajo y oficio para poder lidiar con el día a día. Dentro de toda esta rutina, la única persona que parece entenderlo es su hermana Sissy (Lesley Manville), quien a su vez funge como su asistente en la fabricación de sus vestidos.

Un día, Reynolds viaja al campo y en un restaurante conoce a Alma (Vicky Krieps), una mesera con quien posteriormente inicia una relación. Ella se siente impresionada por la enorme elegancia de Reynolds y hace todo lo que le ordena sin rechistar. Él le prueba todos los vestidos que hace, pues en ella ve a la figura ideal y perfecta sobre la cual hacer sus diseños.

En Phantom Thread, el octavo largometraje de Paul Thomas Anderson, el realizador crea una interesante dinámica entre musa y artista, la cual en un inicio se percibe como totalmente inofensiva, pero que conforme avanza se va tornando cada vez más oscura, compulsiva y codependiente.

Entre ambos personajes existe una clara necesidad de unión y deseo que choca con los complejos y patologías que ambos tienen y sobre las cuales están ligados bajo su propia condición humana. En ese sentido las dos partes se perciben fuertes y vulnerables a la par, y esa necesidad compartida es la que termina por crear una relación tóxica marcada por una sutil línea entre el amor y la obsesión.

El director nos sumerge en esa toxicidad a través de una cinematografía apabullante de cuyo preciosismo visual, además del manejo del sonido y los silencios, marca una tensión palpable y que guarda ecos claros con el cine de suspenso más intimista de Alfred Hitchcock.

Por otra parte las composiciones de Johnny Greenwood, guitarrista de Radiohead, acompañan y marcan cada secuencia matizada por el romance y la paranoia. Las melancólicas piezas de piano, de grandes bandas de jazz así como las cuerdas y violines angustiosos de Greenwood acrecentan y vuelven más embriagante la atmósfera de la cinta.

La clara pero sutil violencia y la posterior plenitud en el apasionado tercer acto de la película da por enterado el tipo de concesiones que se pueden llegar a tomar en las relaciones humanas, y cuyo beneficio es mayor por encima de los actos que se lleven a cabo, sin importar qué tan francamente extremos o mortales se tornen.

Si bien el año pasado hubo directores que plantearon con ingenio y naturalidad romances que se podrían catalogar como poco convencionales en el cine (Call me by your name, The shape of water), es justo decir que con Phantom Thread Paul Thomas Anderson llega más lejos, al demostrar que en este mundo siempre existirá alguien dispuesto a conocer y comprender los deseos y secretos más profundos de nuestro corazón, sin importar qué tan oscuros sean.

 

 

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