Y que el mercado nos proteja… amén

Y que el mercado nos proteja… amén

Ya es mantra. Así como la gente suele culpar a los médicos de lo que sale mal, y agradecerle a la Virgen de Guadalupe de lo que sale bien, a nuestros gobernantes se ha hecho costumbre responder culpando al mercado de lo que sale mal, autofelicitarse con lo que sale bien.
El mercado, ese ente abstracto y nebuloso que todo controla, es el responsable de todo lo que nos falta, y también de los altos precios que pagamos por lo poco que tenemos.
Es con el mercado, como justifica Gerardo Ruíz Esparza, titular de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes la falta de conectividad aérea que vive la entidad y que evidentemente repercute en el desarrollo del estado.
La prueba está para cualquiera que quiera verlo, en ocasiones es más barato viajar en avión a Colombia o Costa Rica si la salida es desde Aguascalientes, que viajar de Zacatecas a la Ciudad de México en un vuelo directo. En el colmo del absurdo llega a ser más barato salir de la Ciudad de México hacer escala en Tijuana y luego de ahí a Zacatecas, que viajar directo desde la capital del país hasta acá.
Esta circunstancia dificulta la atracción de turismo y de inversiones a tal nivel, que no hay forma de que nuestra rica agenda cultural o los múltiples estímulos que preste la secretaría de Economía puedan compensarlo.
La misma respuesta, un asunto de mercado, dio Ruíz Esparza para hablar de la falta de telefonía celular en el semidesierto zacatecano. Y pues al mercado no le ha convenido atender a la gente que vive ahí, poca, pero gente al fin que requiere atención médica, hablar con seres queridos y comunicarse.
En Mazapil, por ejemplo, en julio de 2015 ocurrió un trágico accidente en el que un camión de carga aparentemente sin frenos embistió a decenas de personas matando a 27 de ellas. En los días siguientes, según contaron en aquel entonces las autoridades que se hicieron presentes en el lugar, un problema para hacer llegar la ayuda, para transmitir información, y para organizarse fue justamente la falta de señal telefónica. El mercado fue indiferente a eso.
Ese mismo argumento se utiliza para justificar otras cosas de índole económica. No es que tengamos combustibles muy caros, el problema es que esos son los precios en el mercado internacional, y pues si eso cuesta la gasolina en Estados Unidos, tenemos que pagarlas al mismo precio. Poco importa para esto que el salario mínimo ronde los diez dólares por hora en ese país, mientras que en este se paga eso mismo por día y medio de trabajo.
La situación local es igual. Se gastan altas cantidades en facilitarle hasta los uniformes a las grandes empresas con tal de poder presumir que se generan empleos, sin importar que éstos son precarios y con salarios bajísimos.
Cuando esto se reclama, el gobierno estatal da la misma explicación: el mercado. Y dice que el día que haya tantas grandes empresas que se disputen la mano de obra, entonces tendrán que pujar por pagar mejor para que los empleados prefieran irse con ellos.
No se necesita mucho para saber que a la competencia por un empleo que se tiene con los cercanos (en sentido geográfico) hay que sumar la que se da con gente que está dispuesta a viajar a otros lugares movidos por la necesidad, y además, en esta época se compite también con obreros del resto del mundo cuyos gobiernos están dispuestos a conceder soberanía, territorio, estímulos o cualquier cosa con tal de quedarse con la estrellita de haber llevado cien empleos más por precarios que éstos sean.
Paradójicamente admiten que apenas llegan a instalarse, las grandes empresas observan los bajos salarios de la entidad y aunque había disposición para pagar más, disminuyen el salario a ofrecer, pues por más empleadores que hay, son más las manos dispuestas a trabajar hasta por 12 o 16 horas con tal de compensar los pobres ingresos. Y eso, siempre y cuando no haya una máquina que haga prescindible la mano de obra que supuestamente motivó la instalación.
Luego de tan generosos resultados que nos ha dejado poner todo en manos del mercado, dicha política se acrecienta. Ya son en algunos municipios empresas privadas las que se encargan del alumbrado público, son empresas privadas las que realizan estudios clínicos porque las instituciones públicas no invierten en ello.
¿Llegará el día en que no tengamos agua, electricidad, escuelas porque no somos atractivos al mercado? Llego ya quizá, ¿y a quien reclamarle? Al mercado. ■

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