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Un día para decir adiós

Un día para decir adiós
Tarcisio Pereyra (1953-2018). Foto de Alejandra Celis Almanza

La Gualdra 330 / Río de palabras

 

A Chicho

 

La muerte, inmensa palabra que atemoriza al hombre desde el momento que adquirió conciencia sobre su existencia. Por más que para algunas religiones signifique el paso a un mundo mejor, la verdad es que es un evento catastrófico; pero no para quien lo padece, sino para quien se queda atrás, quien tendrá que vivir con la ausencia del otro, quien recordará a cada momento el tiempo compartido, pues el mundo que le rodea no será jamás el mismo: la cama vacía, la mesa sin sobremesa, el libro sin comentar, la plática sin escuchar.

Quien está ahora en el sueño eterno se desliza en el vasto universo donde el tiempo y el espacio son una única cosa: un enorme hoyo negro que detiene el vertiginoso movimiento de la vida, que se traga la luz y la materia llevándole a otra dimensión totalmente desconocida. Quien muere olvida que vivió, que conoció, se lleva consigo su corazón y su memoria, el tiempo prestado es lo único que obtuvo, y con él las experiencias, las emociones, las ideas y sus creaciones.

Hay humanos que nunca mueren, o que viven después de muertos. Su legado, su huella por el mundo se transforma en una fuerza, un signo o un símbolo que representa a todo un movimiento. Una idea se materializa en acción, en barro, en óleo o en tinta. Un lúcida e intrincada parte del cerebro creador se niega a desparecer, por eso encuentra eco en el espectador, el lector, el oidor. Sus restos descansan en la tumba, en un museo, en el papel o un rincón, esperando el momento para poseer a quien les contemple, generando una chispa energética en la sinopsis de una mente atenta.

Quien se queda en el mundo llorará quizá sin consuelo. Sus lágrimas exprimirán su dolor y el tiempo ingrato le hará enfocarse en la vida misma, mientras el eco del pasado cada vez extenderá más sus ondas hasta hacerlas tan grandes que a su órbita le tomen años, lustros, décadas para volver a la memoria. Y así, en un suspiro cósmico, quien alguna vez lloró se dará cuenta que pronto él será el llorado.

No hay nada peor que no poder ver una última vez a la abuela, al amigo, que el baile de Shiva, cada vez más fulminante nos lleve entre los pies, que nos obligue a dejar de lado lo que realmente es importante, que no podamos ver entre tanto ajetreo la respiración calmada del mundo, que no apreciemos las auroras ni los ocasos, que no comprendamos que a este mundo venimos a conocer la sustancia de nuestra eternidad, pues allá, en la infinitud, las distancias serán tan grandes que nunca volveremos a vernos el rostro ni a sentir nuestra calidez.

El tiempo concedido es lo único que importa en este valle, el amor al otro, la risa compartida, la música escuchada, las obras construidas y las obras contempladas, el aquí y el ahora, la familia amada, la puerta abierta y la carta jugada, los sueños soñados y las palabras pronunciadas.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_330

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