Perros. Esos lectores profundos de nuestra vida

Perros. Esos lectores profundos de nuestra vida
Juan Carlos Villegas, Canela. Óleo sobre tela.

Los perros aman a sus amigos y muerden a sus enemigos, casi al contrario de las personas, quienes tienden a mezclar amor y odio.

Sigmund Freud

 

Cómo será el cielo de Ramón López Velarde sin el relámpago verde de los loros, preguntó el pasado 18 de septiembre la periodista Tere Gil. Publicaba, maneras que tenemos de conmemorar los que estamos en este medio, un reportaje acerca de los sismos del 85.  De sus dolorosas secuelas, sin imaginar siquiera que unas horas después la tragedia volvería a escena, calendario y reloj impíos, un recuento hecho y vuelto a hacer que sin embargo ha olvidado lo apuntado en la noticia de Gil. Cuántos animales murieron en los sismos de hace treinta y dos años.

Cuántos, Tere, le contesté espantado, cómo saberlo. Frente a la seguridad y la protección humanas, me recordó, los animales pasan a segundo término, pero ese deslinde, aparte de dejarlos fuera de toda atención, puede también afectar al ser humano. Qué grave, le dije. Así es, replicó. Siempre me ha gustado mucho la película “El día de la Independencia”, ¿te acuerdas?, donde la esposa del capitán Will Smith y su hijo logran salir del desastre creado por los extraterrestres, aunque nunca dejan de proteger a su perro. Y sí, la recordé.

Un día después vino el nuevo sismo. El estrépito de la tierra, el crujir de las estructuras, la incertidumbre sobre las hijas, los gritos de mis vecinos y los ladridos de los perros, muchos perros, muchos ladridos, sin naves enemigas ni extraterrestres a la vista.

Si alguien me preguntara cuántas veces ha temblado en la gran ciudad los últimos meses, no sabría contestarle; si alguien me preguntara sobre las veces que se ha activado la alerta sísmica, tampoco. Si alguien me preguntara qué recuerdo más de entre esos momentos de emergencia, contestaría con un listado de imágenes donde destacan las de hombres y mujeres abrazados a sus perros. Muchos perros ladrando de una manera especial, accidentada, acompañando en cada uno de esos interminables instantes a quienes les (auto) llamamos los amos.

Dicen que la deuda que tenemos para con los perros es muy difícil de saldar. (¿No fue Frida, la perra de la Marina, quien pronto se convirtió en héroe, emblema e imagen de los acontecimientos de esos días del pasado septiembre?). Cualquier esfuerzo por el resarcimiento, no obstante, es bienvenido. Como bien vendría, le propongo ahora yo a Gil, acudir a Dejar huella. Perros de papel, de la memoria, de la imaginación, una discreta antología de Anamari Gomís acerca de los perros como personajes literarios en la narrativa mexicana reciente.

Un simple acercamiento, no por ello desdeñable, en vías de la apropiación de cada lector, y quien al avanzar en sus relatos evocará a sus perros, su perro, identificados no sólo como esos “lectores profundos” de sus territorios sino “de nuestra vida”, como apunta Alicia García Bergua en “Mi vida entre los perros”.

Juan Carlos Villegas. Manola y Jánea. Óleo sobre tela.

Juan Carlos Villegas. Manola y Jánea. Óleo sobre tela.

Aquí una muestra de los escritores y sus perros…

 

Ángeles Mastretta: Gioco… “duerme sobre las camas, ensucia los sillones de la sala con sus patas mojadas de lodo, ha desbaratado los barrotes de las bien amadas sillas que nos heredó la bisabuela, y el postre de su desayuno ha sido siempre un par de calcetines”.

 

María Luisa La China Mendoza: Petronio y Petronia… “jijos de la jijurria, consuelo de mi vida  (…) mis hijos-perros, dulces amores, hijos mudos de Dios, alebrestados dueños de mi cuarto, invasores de mi vestidor, trepadores osados de mi cama, de día y de noche (me pasan por encima como sobre tarima de jarabe tapatío… nomás los siento y sigo dormida)…”.

 

Sandra Lorenzano: Johny… “Era la patria que llegaba en versión canina [tras llegar al país, la familia de la autora, proveniente del exilio argentino, mandó traer a su mascota]. Ahora sí la familia estaba completa. La extrañeza ante los nuevos olores, los ruidos, las costumbres, las palabras, desaparecía cuando llegamos a casa y el perro movía la cola de plumero, tan feliz como nosotros con el reencuentro”.

 

Rafael Pérez Gay: Lucas… “Algunos de los mayores misterios de la ciudad los guardan los perros. Lo sé porque Lucas me lo ha enseñado. Después de un incidente de violencia callejera, el alto mando de la casa decidió que Lucas saliera a la calle de vez en cuando y bajo rigurosas medidas de seguridad. Lo ponen nervioso y lo enfurecen los perros que marcan territorios falsos, terrenos que forman parte de su pasado. Con los humanos, un pan de Dios. Hablamos de un bóxer de poco o nulo pedigrí, por sus venas corre la sangre violenta de los callejones oscuros, las peleas a dentelladas húmedas no le son ajenas. Las orejas completas, sin el corte clásico del bóxer, le dan extrañas expresiones humanas de duda, de melancolía”.

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Completan esta compilación perruna (chaw chaw, pastor belga, bearded collie, shitzu, gran danés, cocker spaniel, basset hound, maltés, labrador, terrier, rottweiler y poodle beagle) textos de Sergio Pitol, David Martín del Campo, Eusebio Ruvalcaba, Naief Yehya, Orfa Alarcón, Eduardo Cerdán y Mario Bellatin.

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Dejar huella. Perros de papel, de la memoria, de la imaginación, Anamari Gomís, compiladora, Cal y Arena, México, 2018, 128 pp.

 

* @mauflos

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