Los ceiberos trashumantes

Los ceiberos trashumantes
Balam Rodrigo_Foto de Josué Bello

La Gualdra 330 / Poesía

 

 

Camino de Centroamérica:

Deja que pase tu gente.

Deja que trafique, que siembre,

que cante.

Alberto Ordóñez Argüello

Hacia Guatemala, entonces.

Tapachula […] al borde casi de la frontera.

Un taxi nos llevó hasta el río y entramos a Malacatán,

una aldea húmeda y solitaria.

Alejandro Rossi

 

1.
Voy a cruzar con mi padre el río Suchiate.
Estamos en Frontera Talismán.
Iremos a vender a Guatemala,
a desandar las calles, a traficar.
Un pequeño hombre de rostro amoratado
llevará nuestra mercancía sobre su espalda.
Confiamos en él. Desconfiamos de la policía,
la migra y la fiscal en México.
Desconfiamos de los verdes y los kaibiles
en Guatemala.

2.
Nos quedamos sobre el puente mirando al hombre
que desciende trabajosamente al río
entre crujires de cardio y de maleza.
Se quita la ropa hasta quedar casi desnudo.
Respira hondo y vuelve a colocar la mercancía
sobre su espalda. Cruza las aguas del Suchiate,
río ya sin memoria: no es agua la que corre hacia el mar,
es la sangre de niños, mujeres y hombres
venidos de toda Centroamérica: buscan la tortilla,
no el pan. Buscan mejor vida, no la mejor tierra.
Buscan arrancar de sus cuerpos el odio y el hambre:
buscan olvidar la injusticia de los hombres.

3.
La muerte cruza por el aire el Suchiate.
El hambre cruza por el aire el Suchiate.
La enfermedad cruza por el aire el Suchiate.
El odio cruza por el aire el Suchiate.
Estas palabras cruzan por el aire el Suchiate.

4. (Intermedio migrante)
El río Suchiate es una larga cuchilla que corta pueblos,
ciudades, sueños de retorno. Quien cruza hacia el otro lado,
cruza hacia el silencio, sin regreso: sólo nos queda
la inmensa voluntad de roer los gajos de luz
que destila el horizonte, no la esperanza.
Nuestro único viaje seguro es al pasado, a la memoria
que terca nos arranca y arrebata la estación del futuro.
Lo que tus ojos no han podido herrumbrar
lo harán las llamas del desierto en el norte.
He aquí el verdadero american way of life:
nuestros párpados como un par de cuchillos
atizando el fuego inextinguible del olvido.

5.
El hombre ha cruzado el río y desaparece
bajo el puente. Ahora nosotros tenemos que cruzar.
No hemos sacado registro ni pase local.
No tenemos visa, ni pasaporte.
En Guatemala no nos piden FM-14.
Para nosotros no existe la frontera:
somos como el viento, como las nubes, como el humo.
Vamos de un lugar a otro, de un país a otro,
sin que nada nos detenga. Estamos hechos
de la misma sustancia del aire y nadie puede colocar
murallas o alambre de púas sobre el aire.

Nuestra casa está en el aire: no caminamos, flotamos,
danzamos de puntillas en el aire. Somos como la música,
como el polen, como estas palabras.

6.
Nos dijo el hombre en Frontera Talismán:
“los espero al otro lado, cerca de los buses”.
Al llegar, una sonrisa. Es un hombre de palabra.
Veinticinco quetzales, su paga. Nos dividimos la mercancía.
Si los verdes preguntan de quién es, nada sabemos.
Es una bendición. La zona fronteriza sin verdes ni policía,
sin soldados ni kaibiles. Llegamos a Malacatán
y comenzamos a trabajar, a vender nuestra mercancía
en las calles. Luego vamos a San Marcos y también mercamos.

Dios está de nuestro lado: Él tampoco necesita pasaporte.

7. (Intermedio migrante)
Atrás, el sordo rodar del río Suchiate:
rema la sangre a contracorriente de las venas y se detiene,
muerde pedazos de meandro, besa la orilla con labios de agua,
gotea sed y ahoga el mar que nos recorre cuerpo adentro:
iceberg negro que atraviesa los ojos y la noche.
Recuerdo pedazos de insomnio en el camino:
no hay en mi mano un ala, sólo vacío, vacío que late
como un trino: cierro mi puño y ahogo un ave
que chilla silencio en las ramas de la oscuridad.
De Centroamérica vienen recuerdos cruzando este río:
los escucho partir piedras y el lecho que soporta el peso
por la honda respiración de las aguas.
En la orilla, en los playones sepia de la ribera,
hay un ángel en cuclillas. Está ciego, como ciego estoy yo
por el camino y los golpes del sol y la tortura.
Aletea luz negra el ángel, hace invisibles mendrugos
con el viento. Posa los dedos de la mano izquierda
sobre la arena y lee —celestial brailleo— el infinito libro del caos.
Se yergue y camina sobre las aceitadas aguas del río
(debo decir aquí: desuella el ángel la espesa yugular
de la noche). Niebla el ángel, niebla que cae
y disuelve alas mientras silba luciérnagas y escupe una polilla.
Mastica y paladea zurdos y negros fonemas.
Luego extiende la palma de la mano derecha
dentro de la niebla que lo envuelve: braillea
los granos de vapor del agua y los lee,
tal como yo leo la última cifra de mi sangre en la arena.

8.
Por la tarde, casi con el crepúsculo, regresamos a la frontera.
En el camino de regreso vemos la danza de los trashumantes,
la danza de nuestros hermanos que viajan hacia el norte.
Ellos quieren llegar al menos a México, a mi país.
¿He dicho, mi país?
¿Tengo acaso país, me envuelven las ropas de alguna patria
o es capaz de sujetarme alguna frontera con sus límites?
¿Acaso me pertenece alguna tierra para que diga:
esta heredad es la mía?
Ni siquiera me pertenecen las palabras.
Siempre escapan en voz por mi garganta o se derraman
en mi cabeza, evaporándose como la oscuridad con el alba.

9.
Mientras dormía en el parque de San Marcos, tuve un sueño,
escuché una voz que me dictaba:
Aquí ya no hay guerrilla, pero las heridas de treinta años
de odio aún no cicatrizan. Casi no hay pájaros en Guatemala.
Sin libertad, el quetzal muere en su jaula.
Y los centroamericanos somos quetzales.
País o jaula jamás podrán contenernos, ni sujetarnos.
Migrantes, proscritos, extranjeros, nómadas, errantes.
Somos ceiberos trashumantes: jaguares apátridas.

10. (Intermedio migrante)
La distancia, ese verde cuaderno ceñido
por un largo cordón umbilical hecho de asfalto,
lengua de hulla: verbo negro. Pasan postes a mi lado,
árboles yertos y desnudos, erectos carbones,
lápices ahogados en brea que apuntan,
que escriben siglas en la faz del cielo
donde oscuros relámpagos y nubes de azahar
hacen de la tarde óleos de yodada añilería.

De los postes cuelgan invisibles frondas
estranguladas con lazos de cobre: nómadas guitas
de las que cuelgan pájaros y aladas notas al vuelo,
ahorcadas en este cielo vertical: larga techumbre,
voz de Dios que toca su fronteriza melodía.

En esta inmóvil ventana del bus viajo hundido en alquitrán,
betún o pavimento: escribo en un papel carbón
sobre el que marchan letras blancas que siguen guiones,
también albos: la carretera panamericana
es una línea interminable, un inacabable y negro mar
que toca, al fin, el borde de los sueños, este abismo,
este país, esta frontera.

11.
Hermano: ven a la sombra de la ceiba.
Ven a los brazos de la hermosa Centroamérica.
Aquí nos espera el descanso
de nuestra larga jornada por la tierra.

(La muerte vuelve a cruzar por el aire el río Suchiate).
Nos espera la muerte sentada en su hamaca.
Nos espera desnuda la muerte en la Casa del Aire.
Buscaremos eternidad en la Casa del Aire.
Centroamérica, Patria del Aire, Casa del Aire:
nosotros somos la misma sustancia del aire.

 

[El poema pertenece al libro Marabunta (CECAN, 2017;

Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2017)].

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_330

 

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