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Los jóvenes en las prisiones: pesadilla social de la reintegración fallida

Los jóvenes en las prisiones: pesadilla social de la reintegración fallida

Es enorme el número de jóvenes que está en las prisiones. Y es un espanto el índice de reincidencia: 7 de cada 10 jóvenes regresa a las actividades delictivas. ¿Qué consecuencias sociales hay de este fracaso de reintegración social?, o, en otras palabras: ¿cuál es el costo social de la reintegración fallida? Pues que se entrena a jóvenes que regresan con más rencor y capital delincuencial, y ello se traduce en secuestros más violentos, asaltos agresivos y un mayor número de homicidios dolosos. El impacto social negativo de la reintegración fallida de jóvenes delincuentes es enorme.

Naciones Unidas ha insistido en que los gobiernos tengan programas de la llamada “prevención de tercer tipo”, la cual se refiere a prevenir justamente la reincidencia en la actividad delictiva. Es el tipo de prevención más complicado. Es más difícil lograr que jóvenes desistan del delito, que evitar que incurran a ello por primera vez. Mucho más difícil. Los jóvenes que ya realizaron un delito han roto amarras morales y quebrado limites, esa experiencia se integra a su subjetividad y su zona interna de horizonte normativo. Deshacer eso pasa por un proceso enorme de deconstrucción de personalidad y expectativas que implica una serie de dinámicas que las prisiones no otorgan. Sólo pensemos en esto: los factores de resiliencia juvenil requieren de trabajo decente, cultivo de capital humano y capital social, y ninguna de estos factores se consiguen en las prisiones. ¿En las prisiones se les prepara para trabajo decente a jóvenes que tienen como escolaridad máxima la secundaria?, ¿se les dota de capital social encerrados en prisiones punitivas rodeados de bandas delincuenciales? Curiosamente lo que les da la prisión es capital delincuencial: se profundiza la pertenencia a bandas y sus formas de lealtad. Esto debe llevar a preguntarnos, ¿cuál es el objetivo de la reclusión? Sobre todo una reclusión que trata de la misma manera a jóvenes que están ahí por robo, drogas o delitos sexuales.
El gobierno de Zacatecas debe pensar en cambiar de modelo en el trato de los jóvenes en conflicto con la Ley. El modelo actual es socialmente suicida. Pueden muy bien empezar con un modelo de prueba, o llamado ‘piloto’ que supere las desventajas del actual sistema penitenciario. Modelo que permita proponer las modificaciones legales necesarias para hacer de la prevención terciaria un éxito. Toda la sociedad lo agradeceríamos. Excepto aquellos que creen que la única función de las prisiones es el castigo y no la reintegración psicológica y social de los individuos que se separaron de las reglas vigentes. Pero la visión puramente punitiva es muy negativa porque evita saber de los costos sociales de la reincidencia que arriba comentábamos; se interesa únicamente por la venganza del Estado sobre en infractor. En suma, si las autoridades zacatecanas se preocupan auténticamente por el problema de la reintegración fallida, deben crear las condiciones para transitar a nuevos modelos que sí resuelvan el problema y no lo reciclen como actualmente ocurre. En las autoridades está que los jóvenes sean la esperanza de México y no su pesadilla.

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