Un hueco en el librero

Un hueco en el librero

La Gualdra 329 / Libros / Literatura

 

Hace algunos meses salió a la venta una colección de libros de Stephen King. Cualquier persona en el mundo sabe quién es este señor. Tal vez ha leído un libro o visto alguna película basada en su obra. En lo personal, me gustaron mucho El resplandor y Sueños de fuga en el cine; en el papel, El resplandor, Misery y Carrie. En fin, cada mes iba a mi puesto favorito y compraba mi novela. Dos mil pesos invertidos en ese pequeño tesoro. En realidad no tengo el tiempo para leerlos todos, pero el verlos ahí, al lado de mi escritorio, pensando en que podrían estar ahí por siempre, esperando a que los tome y los lea, llenan un pequeño hueco de mi enorme vacío.

Debo confesar que es probable que sea un acumulador. Tengo tantos libros que no podría leerlos en mi vida entera. Del mismo modo, tantos cómics y tantos discos. Lo sé, pero no puedo parar. Si encuentro un libro que me guste, simplemente lo tomo. El fin de semana encontré Fausto, de Goethe, en una edición de 1925. Lo compré. Con éste tengo ahora cinco versiones. Tengo discos de vinil repetidos, sólo porque me los encontré en los lugares más inverosímiles.

Hace unas semanas mi disco duro enloqueció: de la nada pasó de ser un formato Fat 32 a tener un formato Raw. Es la cosa más absurda del mundo. Todos mis datos están en él, pero no puedo acceder porque por alguna estúpida razón una pequeña partición del disco se cambió. Es simplemente doloroso. Saber que mis películas, mi música, mis fotos, datos e información que me llevaron años de paciencia en recopilar se han perdido, probablemente para siempre.

Pero más doloroso que eso fue llegar a casa y encontrar un hueco en el librero. Un hueco muy notorio, pues el ejemplar que falta tenía (o tiene) cerca de mil páginas. Ahí estaba esa ausencia, justo al lado de Cell y el volumen dos de It. En el lugar donde debería estar el volumen uno de It, estaba simplemente un enorme espacio. Dos cosas me hieren de manera profunda: la primera es saber que a uno de los tomos le falta su par; la otra, que falta un ejemplar a una colección de veinte libros. Eso es comparable a un hijo sin madre, a un LP sin tocadiscos, a un invierno sin frío.

No puedo dejarlo ir así nada más. Su desaparición hace que me sienta mal, vacío de una costilla a otra. Cuando volteo hacia ese lugar es como ver La Nada devorando Fantasía: cada vez más irreal […] No había nada, absolutamente nada. No era un lugar pelado, una zona oscura, ni tampoco una clara; era algo insoportable para los ojos y que producía la sensación de haberse quedado uno ciego.[1] No soporto ver ese lugar, es como cuando se pierde un apéndice del cuerpo, sabes que no está ahí, que donde solía haber un brazo o un pie ya no hay nada más que un terrible muñón y, sin embargo, lo sigues sintiendo.

 

[1] Ende, Michael, La historia interminable, Alfaguara, Colombia, 1992, p. 39.

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-329

 

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